José Antonio Alcaraz
Como, desafortunadamente, el cronista no conoce la ópera del maestro Federico Ibarra (1946) basada en El Principito (1944) -con libreto de Luis de Tavira (1949), estrenada el 30 de junio de 1988 en la Universidad Estatal de California en Los Ángeles- tendrá que limitar este artículo, destinado a memorar el primer centenario del nacimiento del escritor francés, a la reseña de ciertas características y particularidades (enteramente lejos de lineamientos convencionales) en Vuelo de Noche (1937-38); asumiéndole como la obra más notable que se haya producido hasta ahora en terrenos musicales, vinculada a la literatura de Saint-Exupéry.
Esta ópera en un acto de Luigi Dallapiccola (1904-1975) proviene de la novela homónima (1931), escrita por Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944). El propio compositor elaboró su libreto -conciso, directo, innovador, terso- en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, cuando la amenaza del fascismo montante provocaba en él una postura abierta y clara:
“En 1934, el joven y ya perfecto músico… -que se había hecho un maravilloso caparazón de cristal, de modo provisorio, con obras que parecían volver la espalda decididamente a la época presente, y escapar a sus contradicciones y horrores- de un golpe percibe que su destino es irreversible, que debe asumir valientemente su posición en el mundo, en un tiempo y en un espacio que son los suyos” (Antoine Goléa).
Para ello, la textura dramática, así como entidades metafóricas que discierne en Vuelo de Noche, le resultan preciosas, estimulantes al extremo: habrán de permitirle explicitar sus actitudes e ideas firmemente enraizadas en el humanismo florentino, con sus cargas libertarias, vertebrando una ideología enemiga del totalitarismo mussoliniano y hitlerista.
Cuando el escritor supo que un joven músico italiano planeaba componer una partitura a partir de su relato -y solicitar su autorización para ello-, se mostró intrigado, así como razonablemente inquieto.
Tuvo que ocurrir el primer encuentro entre ellos, para que Dallapiccola lo calmara exponiéndole una de sus mejores ideas: la del telegrafista en funciones de narrador, “proveniente de la Tragedia Griega quien actúa como intermediario entre lo que sucede en la trama y el drama de que se desenvuelve más allá de las nubes”. Ante este recurso estratégico Saint-Exupéry supo percibir de inmediato las grandes posibilidades del trayecto escénico y sonrió satisfecho, dando su anuencia.
Quienes a diferencia, se mostraron irritados y desaprobaron por completo fueron los nazis, una vez que el músico concluyó la partitura. El estreno mundial estaba previsto -en principio- en la ópera de la ciudad alemana de Brunswick. Abrumado, Carlheinz Gutheim -intendente de ese teatro- escribió el 11 de marzo de 1939 a Dallapiccola:
“No hemos dejado piedra sin remover, hemos hecho todo lo que cabía… Pero ha sido imposible obtener el permiso del Ministerio de Propaganda del Reich, del que dependemos. Nos apena mucho en consecuencia, tener que hacer a un lado este proyecto y tantos otros…”
El dictamen de los suprematistas de la raza aria llegó, incluso, a intentar disuadir al editor Ricordi, intentando convencerlo de no publicar la ópera, ni
-menos aún- traducirla (al alemán) o publicitarla: “… a pesar de la escenificación en el Maggio Musicale (de Florencia) en 1940. Experiencias anteriores han mostrado que el público de los teatros alemanes rechaza esa clase de música que es demasiado atonal”. (Continuará)








