PRD: el reencuentro

Mauro González Luna

Nos puede salvar la derrota. De entre los escombros del PRD y del PRI debemos buscar las piedras de toque o las claves del arco político con las cuales redescubrir, reimaginar la arquitectura de la esperanza popular. La recomprensión de origen y destino, de bandera y programa, es empresa radicalmente apremiante.
Estas claves, estas ideas primigenias, estaban sepultadas antes del colapso por los superfluos y envejecidos andamiajes burocráticos que impidieron se hiciera visible al rostro esencial del comienzo.
En la búsqueda, los menos idóneos para el reencuentro son los liderazgos de sectas que centraron la lucha en los andamiajes partidistas, apartando su vista cansada de lo verdaderamente esencial. A ellos la historia los orilla a descansar. Los hombres y mujeres (otrora líderes) que abandonaron el debate de las ideas, no tienen derecho a la existencia política y están condenados a la bancarrota.
El largo letargo acrítico parece llegar a su fin. Es indudable que el caos de hoy determina una inextricable confusión de ideas. ¡Que se aclaren las cosas!
Grave error, gravísimo fue substituir el imperativo de la alianza interna, fraternal entre personas y grupos del partido por la anecdótica necesidad de volver la vista afuera para vivir el triste capítulo de las alianzas con fantasmas pseudo políticos. El aceptarnos los unos a los otros con nuestras debilidades y grandezas, en el empeño común de transformación personal para transfigurar al país, fue suicidamente descartado.
El capítulo fatigoso de las “alianzas externas” significó un típico aventurerismo político de incalculables consecuencias. El testimonio de la esperanza, escrito con sangre, de los cientos de perredistas asesinados, que constituyen la suprema asamblea del PRD, fue suplantado por el antitestimonio oportunista y faccioso de una mayoría de directivos sin genio político para descubrir lo muerto en lo que parece vivir, la estulticia en lo que parece brillar.
La más patente y patética prueba de ausencia de visión y genio políticos de los dirigentes perredistas fue su conducta oscilante, mencionada por varios analistas, entre los centros hegemónicos de poder y las fuerzas democráticas; al final no se logró el apoyo de los primeros y se perdió mucha de la confianza de las segundas, y también su actitud en torno al PAN. En lugar de señalarlo sin tregua como cómplice del salinismo-zedillismo, del delito de destrucción del porvenir popular, inocentemente en el mejor de los casos, se dedicaron  por años a coquetear con dicho partido, legitimándolo (en apariencia) frente al pueblo. Ayudaron a fortalecer al cuervo que comenzará a sacar ojos y que continuará con la tentativa neoliberal de socavar el Estado nacional.
Es pertinente reiterar lo que señalé en la LVI Legislatura: el salinismo-zedillismo paulatina y premeditadamente fue destruyendo los cimientos del priísmo. Ojalá ahora con serenidad se entienda eso.
¿Qué clase de democracia quiere el pueblo? La democracia integral, la que está vitalmente impregnada de humanismo cristiano, de valores éticos trascendentales, no la desecada, que oculta programas y actitudes autoritarias, que desprecia a los pobres, a los humildes, lo moreno, lo mestizo. La democracia integral exige pensamiento de vanguardia, mínimos niveles de justicia y bienestar económico como condiciones para  ejercer la libertad. Resulta insensato abandonar la lucha por la justicia, esperando con la óptica de la derecha antihumanista y arrogante, que una vez surgida esa democracia desecada, la justicia se dará por añadidura.
Los actuales dirigentes del PRD salvo escasísimas excepciones, pretenden sacrificar el pasado y el futuro del partido, es decir su destino, por un presente efímero y anecdótico, saturado de fariseísmo, mezquindad, ceguera y cinismo políticos. Deben formularse para comenzar, nuevos estatutos que prevean un consejo nacional no domesticado, formado por un número que aliente el debate, con verdadera autoridad que acote al comité ejecutivo y que inicie la reflexión profunda.
El partido se superará depurándose. ¿Qué hacer, qué soñar de nuevo? Realizar la utopía posible de la mayoría verdadera: una patria fiel a sí misma, fraternal y justa para todos; volver la vista potente hacia dentro para contemplar lo que vicia y lo que salva a la persona y a la institución. La clave no está afuera, está en el corazón de sus bases, en el alma del pueblo mexicano. La derrota derrumbó las construcciones parasitarias. Es tiempo fundamentalmente de silencio y búsqueda. Es la hora del reencuentro con lo esencial.