La ética de Fox y Marcos, y la realidad de Chiapas

Vicente Fox, el subcomandante Marcos, el PAN, el EZLN y la Iglesia, han hablado mucho a lo largo del tiempo de la necesidad de introducir la ética en la política. Nadie lo discute: la ética es fundamental en la vida; sin ella el mundo es la barbarie. Sin embargo (lo he señalado en varias ocasiones en esta columna) el mundo que hemos creado, un mundo en donde reina el pragmatismo económico, en donde el mito del desarrollo es el fundamento de la vida social, en donde la pobreza se mira como una falta, una carencia, una llaga que hay que cicatrizar con el antídoto del productivismo y el consumismo occidental y no con la devolución de sus capacidades creativas, y en donde el precio y el interés son los “valores” prioritarios, la ética parece sólo un buen discurso de parroquia: no hay nada en las estructuras sociales que pueda ampararla, hacerle posible en la realidad.
No obstante, Fox ha dicho que es posible, que de alguna manera hay formas para que la ética adquiera carne. Creo que fue esa promesa, llena de buenas intenciones, la que hizo que los mexicanos lo lleváramos a la Presidencia de la República. La mayoría de los mexicanos, contra lo que creen los demasiado ideologizados de la izquierda, no votaron por un proyecto económico, sino por una utopía: la de la posibilidad de la ética en el peor de los mundos.
Lo que ha seducido de Fox, como lo que continúa seduciendo del subcomandante Marcos, no son sus respectivas ideologías, sino sus capacidades para articular un discurso ético más allá de lo ideológico; sus capacidades para decirnos que la ética -un mundo sin corrupción, transparente, incluyente, respetuoso de la alteridad- es posible (Fox y Marcos, como bien lo analizó René Delgado en su editorial de Reforma -22 de junio-, tienen mucho en común).
Una de esas posiciones éticas es la que Fox asumió frente al conflicto chiapaneco. Vicente Fox prometió respetar los Acuerdos de San Andrés, distender el cerco del Ejército en Chiapas, desmantelar a los grupos paramilitares de la zona y reanudar el diálogo. Hizo algo más, ha pedido entrevistarse con Marcos.
La realidad, sin embargo, parece comenzar a contradecir el discurso. En el caso de Marcos, su obstinado silencio ante el triunfo democrático y la llamada de Vicente Fox para que se entrevisten habla de estrategia política y de las contradicciones que atraviesa el propio zapatismo entre grupos moderados y radicales que,  al estilo del CGH y del peor perredismo, quieren todo en contra de la democracia. En el caso de Vicente Fox, ciertas posiciones que recientemente ha asumido ante el conflicto de Chiapas hablan de las contradicciones que, ahora como presidente electo, tiene que sortear frente a su partido y a las estructuras del antiguo régimen.
En su reciente entrevista con el Ejército, Fox condicionó el retiro de las tropas a un pacto con los zapatistas. Junto a eso, el PAN, a través del senador Gabriel Jiménez Remus, y Santiago Creel, como representante del gabinete de transición, manifestaron que Acción Nacional no piensa retirar del Congreso su iniciativa de reforma indígena.
Estas contradicciones son graves, dicen que la ética puede continuar siendo una pura retórica. Recordemos que una de las actitudes que deslegitimó al gobierno de Zedillo fue su capacidad para traicionar y anteponer las cortas razones de su ideología económica sobre la justicia.
Aunque todavía es prematuro pedirle cuentas a Vicente Fox, las actitudes que está asumiendo en el caso de Chiapas como presidente electo obligan a una llamada de atención. Para hacer realidad la ética que comprometió en su palabra viva y Fox asuma la Presidencia legítimamente, es necesario que desde este momento sostenga lo que prometió; para ello debe dar los pasos necesarios que le permitan realizar sus promesas: pedir al gobierno de Zedillo y a los altos mandos del Ejército distender el cerco militar y detener a los paramilitares como un acto de buena voluntad democrática, y exigir a su partido el retiro de su iniciativa de reforma indígena. El Estado mexicano y el EZLN firmaron los Acuerdos de San Andrés, mismos que aparecen en el documento de la Cocopa, en febrero de 1996. Son esos acuerdos los que la mayor parte de la ciudadanía reconoce porque fueron firmados por el gobierno; son, por ello, los únicos que deben ser discutidos en el Congreso.
Por su parte, Marcos y el EZLN deben aceptar el paso democrático que dio el país, respetar, como siempre lo han pedido, la voluntad del pueblo y, en el momento en que Fox dé pruebas de su congruencia para crear las condiciones de reanudación del diálogo, estar dispuestos a negociar.
Marcos, en 1994, y Fox en su campaña, emprendieron desde diferentes realidades ideológicas y desde diferentes estrategias un mismo camino ético para el país. No pueden traicionarse ni traicionarnos.
La ética empieza con un ponerse en acuerdo con lo que es bueno en sí -respetar los Acuerdos de San Andrés, distender el cerco militar, detener a los paramilitares y sentarse a dialogar, lo es-; continúa con mantener la conducta dirigida hacia ese bien y nunca traicionarlo. No hay ética sin equilibrio y sin acuerdo, y ese equilibrio y ese acuerdo deben hacerse en nombre de un principio superior que es la justicia y cuyo sentido es darle a cada quien lo que necesita de acuerdo con su ethos, no lo que creemos que necesita en función de las ideologías en boga. Por lo mismo, no es legítimo invocar la ética para imponer voluntades o traicionar el sentido que la hace posible. Hacerlo así es plantear el problema al revés. No se gobierna bien invocando únicamente la ética; es preciso gobernar bien para que la ética se realice. La ética por sí misma carece de fuerza para establecer la justicia; es la justicia la que da su sentido y su presencia a la ética.
Nadie tanto como la ciudadanía de este país, que el 2 de julio con admirable sentido de la justicia fue a las urnas y votó por la utopía, puede desear ese orden superior en el que, en una nación en paz consigo misma, los indios tengan su parte de dignidad de acuerdo con lo que son, donde cada uno pueda trabajar sin amargura y sin envidia, y encuentre su sitio y su grandeza en una economía plural.
Sin esta congruencia, la ética será sólo lo que hasta ahora ha sido: un águila que planea sobre el mundo de las ideologías sin alcanzar su presa, un buen sermón dominical, una palabra.
La ciudadanía no tiene gusto alguno por un mundo en que la traición a la justicia genera violencia y ruido, y en donde lo mejor de nosotros mismos se agota en una lucha desesperada. Si el 2 de julio votó por la utopía y está decidida a trabajar por la fundación de un orden que sea por fin justo, también, lo ha dicho con su manera de oponerse a la violencia en Chiapas, con su capacidad de movilización para instaurar la democracia, con la solidaridad que ha demostrado en las grandes catástrofes nacionales, que está decidida también a rechazar las traiciones y a pedir cuentas por ellas.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.