Juan José Hinojosa
El presidente electo, Vicente Fox, ha designado a dos panistas, Luis H. Álvarez y Rodolfo Elizondo, para que busquen acercamientos con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional y el subcomandante Marcos, tendientes a lograr la pacificación en la zona en conflicto. Durante la campaña electoral, Fox expresó en varias ocasiones que le bastarían 15 minutos para encontrar puntos de acuerdo que desataran el nudo. En sus declaraciones, señaló que los Acuerdos de San Andrés serían punto obligado de referencia en las negociaciones para acortar distancias, buscar coincidencias y edificar una paz consistente, duradera, justa y con visión de horizonte.
Han transcurrido siete años desde la declaración de guerra al gobierno de la República, el desconocimiento de los poderes existentes y el objetivo claramente definido de un avance fulgurante del EZLN desde las montañas de Chiapas hasta Palacio Nacional. Durante tan largo tiempo el EZLN ha mantenido en pleno vigor la declaración de guerra. En contrapartida, el gobierno ha mantenido el estado de sitio, la presencia abultada de soldados para rodear a los rebeldes potenciales en una proporción tal vez de 500 a uno en cuanto al número e infinitamente mayor en cuanto a recursos bélicos: tanques, cañones, helicópteros, aviones, transportes, comunicaciones. En evidente objetivo, el cerco de la fuerza y la intimidación como recurso para sostener una paz ausente de justicia.
A partir de este despliegue militar, de este monstruoso cerco de intimidación y amenaza, ha lanzado la convocatoria al entendimiento, al diálogo, la pacificación, bajo el cobijo de una figura hipócrita, “comisionado para la paz en Chiapas”, ha promovido un destile de “comisionados” sustituibles, desechables, de “quita y pon”, con dos caras, ángeles o querubines guardianes de la paz y demonios implacables armados hasta los dientes.
En el otro extremo, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que hasta hoy no ha sido ejército, permanece en las montañas, no avanza, no retrocede, no ataca, simplemente permanece en terca presencia, no dispara y evade el enfrentamiento con el ejército del gobierno. Sus armas han sido, durante siete años, la comunicación, Internet, las cartas, casi epístolas, en las que retoza el buen humor, el buen decir, la exigencia indomable de la justicia para los marginados, los sin voz, los que nada tienen, el pago de centenarias deudas.
Marcos ha sido, durante siete años, la espina en el ojo del gobierno, de dos presidentes, Salinas y Zedillo, el terco llamado a la conciencia nacional para dolerse en el dolor de los indígenas.
Estamos a cuatro meses de distancia para la llegada de un tercer presidente, Vicente Fox, contados a partir del conflicto en Chiapas. Fiel a su estilo impaciente, “ya, hoy”, busca tender los puentes para encontrar una solución, encomienda las tareas a dos mexicanos valiosos, Álvarez y Elizondo, con biografías que respaldan buena fe y capacidad de diálogo. Es deseable que, apoyados en estas cualidades de excelencia, tengan éxito. Es conveniente recordar que no se puede llevar al adversario la rama de olivo pacificadora colgada en las ametralladoras, los tanques, los aviones, los helicópteros y con una retaguardia de millares de soldados. El retiro del ejército previo al diálogo, como prueba y testimonio de buena fe y voluntad, es condición irrenunciable para construir los caminos de la concordia, el entendimiento y la reconciliación.
La firma de los acuerdos de paz no será el desenlace de un problema centenario, será el punto de partida para iniciar el pago de la deuda que los mexicanos no hemos sido capaces de pagar a los indígenas de Chiapas. Debemos recoger la santa ira de Fray Bartolomé de las Casas y adecuarla al aquí y ahora del México 2000. A Chiapas, como Estado Libre y Soberano, le sobran recursos para cubrirla. No es en el inventario de dones y bienes un desierto abandonado de la mano de Dios. Traer a presencia su riqueza, en ejemplos tomados al azar, puede dar evidencia y seguridad para proyectar en visión de largo alcance la certidumbre del rescate. Chiapas genera 30% de la energía eléctrica que todo el país consume, tiene petróleo, bosques que han sido monstruosamente depredados y aún así sus reservas son inmensas y las posibilidades de recuperación son viables, cultiva café, el agua abunda, tiene posibilidades amplias para promover turismo nacional y extranjero, puede convertirse en cuenca ganadera. Frente a esta riqueza potencial ha sido víctima del feroz centralismo que en impuestos devora a los Estados y les deja las migajas del banquete.
Es posible que en buen fe y recta intención Luis H. Álvarez y Rodolfo Elizondo establezcan los contactos iniciales, rompan los sedimentos de rencor acumulados, tiendan puentes para transitar de la cerrazón al diálogo, de la terquedad a la comprensión y a la buena voluntad. Es posible que el retiro del ejército o por lo menos su disminución parcial, despierten la confianza para la plática honesta y fértil, allanar los fantasmas jurídicos para adecuar la Constitución al espíritu que anima y nutre los Acuerdos de San Andrés; es posible que los 15 minutos mágicos o milagreros se conviertan en 15 semanas de intensa consulta y de serios avances para el reencuentro entre las partes. Tal vez lo que en siete años ha resultado tarea imposible se convierta en mutua y vigorosa voluntad para la firma del acuerdo.
Lo más importante es fijar los objetivos. Puede llegarse a la firma, a la ceremonia que testimonia el buen deseo de las partes en conflicto para levantarse las manos en señal de entendimiento y de victoria. Pero eso no basta. Será, en el mejor de los casos, el punto de partida para mejorar las condiciones de vida de los indígenas chiapanecos, hermanos en el lenguaje de Marcos que combina poesía y humanismo. Multiplicar escuelas, hospitales, caminos, empleos, llevar al campo abandonado la eficacia de la tecnología, abrir a los niños de hoy los espacios para realizar en su tierra la carrera que va desde el jardín de niños hasta la facultad, devolver a los chiapanecos de la marginación parte de la riqueza generada, abandonar la ideologización enfermiza o de gabinete y sustituirla por los recursos que transformen las sombras en luces, los rencores en amor, los sueños en realidad, la enfermedad en salud, el analfabetismo en escuela, cultura y educación, la frustración en esperanza, los 15 minutos del acuerdo en los seis años del rescate. Todo esto acumulado sería un buen diez para el gobierno del presidente Fox.








