En sus comunidades, el rechazo. El sida se extiende, propagado por los emigrantes

Julio Aranda, Pedro Matías y Francisco Castellanos

En Ixtlán de Juárez, Oaxaca, todos les dejaron de hablar. A ella le quitaron el empleo. Sobre sus cinco hijos caían burlas. A la niña más grande la expulsaron de la escuela primaria. Alguien les dijo: “Mejor váyanse, la gente no los quiere, nos pueden afectar”.
Muerto su esposo Filogonio a mediados de 1999, Soledad y sus hijos se refugiaron en una paupérrima choza afuera del pueblo.
La causa: Un médico reveló que Filogonio murió por el sida que le fue contagiado al tener relaciones bisexuales cuando trabajaba en Tijuana y luego en Estados Unidos. Filogonio transmitió el mal a su esposa. Sus hijos se salvaron. El Consejo Estatal del Sida (Coesida) les regaló despensas. Soledad, para evitar que “pasaran hambre y sufrimientos”, decidió en enero pasado darlos en adopción. Ahora ella se encuentra en la fase terminal de la enfermedad.
Marcos regresó a Puebla a “bien morir”. A sus 32 años de edad, oriundo de Acatlán de Osorio, en el corazón de la Mixteca poblana, tiene el pelo encanecido y llagas en el cuello y las manos.
“Estaba en Nueva York hace seis años. Fui a una fiesta y gané a una prosti. Estaba borracho, fumé mariguana. Lo hice sin condón. Hace tres años regresé para la Navidad, tuve relaciones con mi novia y regresé dos años después. Cuando nos íbamos a casar nos hicimos los exámenes prenupciales y nos dijeron que teníamos sida. Se hizo el chisme, nadie nos quería hablar. Me gritaban ‘ahí viene el pinche sidoso’. Cuando iba por una banqueta la gente se bajaba a la calle. De plano ya no salíamos de la casa. Nos venimos a la capital (Puebla) para el tratamiento, pero mi esposa ya entró en la fase final. Cuando me fui a Estados Unidos era para traer mucho dinero, pero me pegaron esta puta enfermedad”, cuenta Marcos.
A más de 450 kilómetros de distancia, el 6 de junio de 1998, desde Uruapan, Ulises trasladó de urgencia a su esposa Doris al Hospital General “Doctor Miguel Silva” de Morelia, Michoacán. Dos días después, mediante cesárea, dio a luz un varón. Poco más tarde, “sin el consentimiento de sus padres” y por una orden del Consejo Estatal del Sida, fue trasladado, en los brazos de un médico, al hospital Infantil.
Otro doctor le informó a Ulises que su hijo murió porque “había nacido seropositivo, por ello arrojaba sangre por todas partes y que necesitaba su autorización para hacerle la necropsia e investigar la causa de su muerte (sic)”. Le informaron que el cuerpo lo tenían que sacar inmediatamente, porque “no contaban con refrigeradores” en el hospital.
La discriminación fue percibida por Ulises semanas antes, según la recomendación 98/3393-1 del 30 de marzo de 1999 de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, turnada al gobernador Víctor Manuel Tinoco Rubí. Los médicos del Hospital General de Uruapan “se echaban la bolita uno al otro” para atender a la esposa de Ulises antes del parto. Le decían que mejor se fuera a Morelia o al Distrito Federal, pero cuando alguien la atendía “se juntaban hasta ocho, todos en forma morbosa, para ver a una mujer embarazada con Sida”.
A Ulises -quien radicó en Estados Unidos en unión libre con su esposa originaria de Perú, ambos con antecedentes de drogadicción múltiple- enfermeras y médicos lo acusaban de ser el culpable de la enfermedad de Doris. “Si nace el niño -le advirtieron- no podrá vivir con otros niños porque los infectaría”.
Querétaro en los últimos años registra una doble migración: los campesinos que trabajan en los estados estadunidenses de mayor riesgo de sida, cuando se infectan retornan a sus pueblos, pero no por mucho tiempo: El rechazo popular los obliga a trasladarse a la Ciudad de México o a otras entidades.
Es el drama de los inmigrantes mexicanos: Expulsiones ordenadas por “el pueblo”; amenazas de quema de casas de matrimonios afectados por el mal; intentos de lapidar a enfermos en la fase terminal en comunidades rurales e indígenas; familias enteras infectadas por el padre que emigró en busca de empleo; atención médica discriminatoria, insuficiente y onerosa; desconfianza de las mujeres hacia los hombres por el miedo al contagio; acelerado rompimiento familiar pues los enfermos ya no regresan a sus pueblos y cuando vuelven es sólo para morir…
Y es que el problema de la migración de mexicanos a Estados Unidos lejos de resolverse se agrava. Las cifras oficiales reflejan la incertidumbre de los inmigrantes: En 1996, el consulado mexicano de Los Ángeles, California, estimaba que en Estados Unidos vivían 5.5 millones de mexicanos como residentes legales y 1.5 millones como ilegales.
Según el Consejo Nacional de Población (Conapo), actualmente entre 8.2 y 8.5 millones de mexicanos residen, “de manera autorizada o no”, en territorio estadunidense, lo que equivale a 8% de la población nacional. La diferencia entre entradas y salidas -que revela la cantidad de mexicanos que se quedan a residir en ese país- se multiplicó en más de 10 veces en las últimas tres décadas, al pasar de 260 mil a 290 mil entre 1960 y 1970, a 3.3 millones en la actualidad.
Sin embargo, cifras del gobierno de Puebla, retomadas de estadísticas de dependencias estadunidenses, señalan que en Estados Unidos viven 15 millones de mexicanos, cifra a la que anualmente se agregan casi 150 mil a los sectores agrícola, servicios y manufactura.
Del flujo registrado por Conapo, 95 de cada 100 son hombres, con un nivel de escolaridad de primaria. El 70% son personas de entre 12 y 34 años de edad. Dos de cada tres son indocumentados y tenían trabajo y más de la mitad estaba involucrada en actividades industriales y de servicios antes de viajar. A diferencia de 1960 y 1970, los inmigrantes han dejado de ser predominantemente rurales, ya que en la actualidad 55% procede de áreas urbanas y centros metropolitanos.
A mayor migración más casos de sida: el Consejo Nacional para la Prevención y el Control del Sida (Conasida) estimó que 20% de los 27 mil nuevos casos detectados en todo el país en 1996 laboró en Estados Unidos. Para 1999, de 39 mil 390 enfermos, 25% notificó tener antecedentes migratorios en el mismo país, según el estudio “Salud y Seguridad Social en la Problemática Migrante”, de la Comisión de Salud del Senado.
Investigaciones y estadísticas del Conasida consideran a los inmigrantes afectados por el sida como un factor decisivo en la “ruralización” de la enfermedad en México, esto es, la propagación del mal en comunidades con menos de 2 mil 500 habitantes.
Según las previsiones del consulado mexicano, para el año 2050 habrá poco más de 30 millones de mexicanos en Estados Unidos, el país con el mayor número de casos de sida en América.

Mal fronterizo

En agosto de 1999, Arturo López Olmos, jefe de la Jurisdicción Sanitaria 2 de Zamora, Michoacán, importante centro de flujo migratorio, se trasladó a Washington para intercambiar información sobre los casos de sida entre los inmigrantes.
Descubrió que las autoridades estadunidenses tienen detectados perfectamente los casos de los mexicanos infectados. López Olmos pidió información para darles seguimiento en México, pero le respondieron que era “confidencial”.
Cuenta que, según los médicos estadunidenses ,“los trabajadores migrantes adquieren el sida en México y luego lo pasan a Estados Unidos. Les respondí que ese era un argumento para discriminar a los mexicanos. Discutimos y a final de cuentas me dijeron: ‘Ni usted ni nosotros, mejor un empate. El sida está en la frontera’”.
El Consejo Nacional de Población (Conapo) considera a Michoacán, después de Jalisco, como el estado con mayor número de inmigrantes en Estados Unidos. Según estimaciones del consulado de México en Los Ángeles, California, principal destino de los michoacanos, 650 mil michoacanos residen en esa y otras ciudades estadunidenses.
López Olmos explica: “Nuestro problema actual es el crecimiento de los casos de sida en amas de casa. Ellas están pagando los platos rotos de los braceros infectados. Les están dejando un regalo de muerte a sus esposas y familias, pues los inmigrantes sólo vienen a las fiestas del pueblo o en la temporada navideña”.
Informa que de los mil 862 casos de sida registrados desde 1986 en Michoacán, se comprobó que 433 personas fueron infectadas en Estados Unidos, principalmente en California, Illinios, Texas y Washington. El aumento de casos ha sido paulatino en los últimos tres años: en 1997 se registraron 28; en 1998, fueron 43, y 41 en 1999. Tarímbaro, Indaparapeo, Queréndaro, Purúandiro y Ario de Rosales son los municipios con más casos por número de habitantes en la entidad.
Según las cifras del Coesida, Michoacán encabeza la problemática de “la ruralización” del sida. En promedio, hay una mujer por cuatro hombres infectados, en tanto que en las ciudades la proporción es de una mujer por cinco hombres.
Campesinos y amas de casa, la mayoría esposas de inmigrantes, son los grupos más dañados.
“En la zona rural se está encontrando a más afectados porque antes no se había trabajado de manera profunda. Eso nos revela la gravedad de la propagación del virus entre las amas de casa”, señala Porcia Mendoza Hernández, directora del Coesida.
López Olmos explica que Michoacán es el único estado en el que se proporcionan gratuitamente los tratamientos médicos; sin embargo, señala que el sistema estatal de salud tiene que enfrentar una serie de obstáculos, como la Norma Oficial Mexicana para el Control y Vigilancia del Sida, que “es muy estricta, limitante y exagerada, pues solamente se pueden hacer los exámenes de sangre por voluntad propia. Con esto se evita la detección oportuna de las personas enfermas, las cuales pueden infectar a otras”.

Riqueza y muerte

Antenas parabólicas en casas de tabicón y lámina que carecen de baños o fosas sépticas, casas de cambio, iglesias en buen estado, residencias estilo californiano y camionetas con potentes equipos de sonido, se pueden observar en los poblados situados a un lado de la carretera que comunica a Izúcar de Matamoros con Acatlán de Osorio y Chiuatla de Juárez, en la franja de la Sierra Mixteca que une a Puebla con Oaxaca.
Sin embargo, en los cementerios abundan las tumbas de hombres y mujeres jóvenes. “Cuando hay que enterrar a un muertito de sida tomo mis precauciones, a lo mejor me pasa algo”, dice Isidro Sánchez, panteonero del municipio de Tulcingo del Valle.
En los últimos tres años, el sacerdote de Acatlán de Osorio, Enrique Montes Neri, asistió a cinco personas que murieron de sida: “Hay comunidades en las que a los enfermos les retiran el saludo de mano por miedo a la infección. El problema ahora es con las amas de casa, porque el número de casos creció. Es difícil hablar de castidad marital cuando el hombre se va por años a otro lugar. Después viene la infección. Y el problema es más grave porque los estudiantes de secundaria sólo esperan su certificado para irse a Estados Unidos”.
En el municipio de Piaxtla,  67% de sus 6 mil habitantes reside en Estados Unidos, entre ellos Félix Sánchez, llamado el “rey de la tortilla” en Nueva York.
En diciembre último, las casas de cambio y la oficina del Servicio Postal Mexicano de Piaxtla recibieron 5 millones de dólares para familias poblanas y oaxaqueñas de la Mixteca. En este año el municipio de Piaxtla tiene un presupuesto de 1.8 millones de pesos.
“Los jóvenes se van más por costumbre que por necesidad”, dice Germán Lauro Hernández Merino, secretario general del ayuntamiento, con apenas 23 años de edad. Cuenta:
“En la feria de agosto los hombres deslumbran a las mujeres porque traen ropa bonita, coches nuevos o por el simple hecho de venir de Estados Unidos. Hasta después se sabe que algunas de esas mujeres tienen sida. Cuando surgieron los primeros casos la gente se asustaba, ahora la enfermedad se ve como un riesgo de trabajo un poco normal.”
-Se dice que los enfermos regresan  sólo para morir…
-No. La mayoría se muere en Estados Unidos. Los traen para acá empaquetados, para que sean enterrados.
En Chinantla, el doctor Armando Pantaleón Calixto, egresado de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, señala que en los pueblos de la Mixteca “hay un desquiciamiento social” por el crecimiento de la migración y la propagación del sida, siempre acompañada del consumo de estupefacientes.
“Nuestra población no acepta a un paciente sidoso y menos si sabe que es drogadicto. En eventos sociales es rechazado y se oculta en su casa por temor a que el pueblo lo señale con el índice. El problema tiene raíces añejas: en las últimas dos décadas los hombres han dejado solas sus casas y las madres no pueden cuidar a los ancianos y a sus hijos. Eso propicia que los jóvenes no reciban una adecuada educación sexual. A los 13 o 14 años, potencialmente económicos, los niños se van y adquieren vicios a los que nunca se habían enfrentado.”
Dice que “muchos enfermos de la Mixteca se quedan en Estados Unidos, otros van al Distrito Federal por la atención médica, que cuesta 5 mil pesos al mes en promedio, y así evitan que el rechazo social sea constante. A mí me pasó con dos pacientes que contagiaron a sus esposas. Tuvieron temor y ahora reciben la asistencia fuera del pueblo”.
El problema se agrava, advierte, ante la insuficiencia de recursos humanos y materiales del sector salud. “Además, hay cerrazón de las autoridades porque sólo ellas quieren manejar los medicamentos y no existe un programa de gobierno específico para atender el problema. Hay planes para cáncer, diabetes y otros males, pero para sida, pese a su crecimiento en comunidades indígenas y campesinas, no hay una política clara”.
Según el gobierno de Puebla, en Estados Unidos residen alrededor de 600 mil poblanos, y cada año emigran 24 mil. De 1986 al 6 de julio pasado, la Secretaría de Salud tenía registrados 2 mil 684 casos de sida. Después de la capital, las jurisdicciones sanitarias de Izúcar de Matamoros y Acatlán tienen la mayor tasa de casos por número de habitantes.

Huir dos veces

Enclavados en la Sierra Gorda, límite natural con San Luis Potosí y Guanajuato, Arroyo Seco, Jalpan y Landa de Matamoros son los poblados de Querétaro que aportan más mano de obra al exterior. En esa zona, desde 1987, la Secretaría de Salud ha detectado 23 casos de sida, 19 de ellos de infectados en Estados Unidos. Los restantes son amas de casa.
“Esos campesinos regresaron por al no poder trabajar o cuando fueron detectados por el sistema de salud. Las comunidades no han logrado captar toda la información sobre el virus. El paciente es rechazado y abandonado hasta por sus propios familiares, incluso evitan comer con ellos. Esto afecta el tratamiento, porque, además, de la presión psicológica, tienen que enfrentar el rechazo de la comunidad y de sus familiares”, señala Mario Osorio Rosas, jefe de la Jurisdicción Sanitaria 4, con sede en Jalpan.
Si los enfermos “pueden emigrar otra vez, pero a otros estados, lo hacen. El paciente trata de evitar que la gente se entere. Quieren discrecionalidad, privacidad y anonimato, pero en los poblados rurales y pequeños eso es poco probable. Se van a otros lugares porque ya no quieren sentir el rechazo de su propia comunidad y ahí es donde nos cuesta trabajo monitorearlos”, dice Osorio Rosas.
En las carreteras y las cabeceras municipales de esta región abundan los anuncios con las leyendas: “Evita riesgos. El sida es mortal. No infectes a tu pareja. Usa condón”.
Osorio Rojas explica que esos mensajes buscan que “el inmigrante cuando esté en Estados Unidos evite o se proteja en  las relaciones sexuales con personas de alto riesgo, esto es, prostitutas y homosexuales. Y cuando venga para acá pues tome todas las medidas preventivas para cuidar a su pareja”.

Entre dos filos

En 1998, la doctora Gabriela Velázquez Rosas, director del Coesida de Oaxaca, viajó a Los Ángeles para entrevistarse con líderes de inmigrantes oaxaqueños.
“Cuando les expliqué los avances del sida, respondieron angustiados, aterrorizados, porque desconocían el problema. Pidieron mucha información sobre lo que estaba pasando en su estado. Vieron que el vínculo con Estados Unidos no sólo era riqueza, sino también problemas, como drogadicción y enfermedades mortales.”
Ubicado en la quinta posición de expulsión de campesinos hacia el norte, superado por Jalisco, Michoacán, Puebla y Guerrero, Oaxaca es un caso excepcional: ocupa el primer lugar nacional de enfermos de sida en población migratoria -con 24% total de los casos-, debido a de tres razones: por lo menos 500 mil oaxaqueños laboran en Estados Unidos; un número indeterminado de jornaleros agrícolas viajan semestralmente a diferentes partes del país, y la creciente inmigración de centroamericanos.
“Estamos entre dos filos: El Istmo es la primera parada de los ilegales de la frontera sur. Hay casos de alto riesgo. Por ejemplo, desde Tapachula, Chiapas, niñas de Guatemala o Nicaragua, de 12 o 13 años, se prostituyen o son obligadas a ello para poder llegar a Estados Unidos. Carecen de la mínima información sobre las enfermedades sexuales y se convierten en un fuerte foco de transmisión”, dice Velázquez.
Da otro ejemplo: en el Valle de San Quintín, Baja California, donde trabajan miles de oaxaqueños, “los dueños de los campos llevan en camionetas a prostitutas con las mínimas condiciones de higiene. Tuvimos que dar capacitación a los dueños, pero el problema persiste. Los jornaleros, además de las infrahumanas condiciones en que viven, están expuestos a un enorme riesgo”.
También en las comunidades oaxaqueñas hay un fuerte rechazo a los afectados. En 1995, en Santa Ana,  los pobladores trataron de incendiar una choza donde vivían varios enfermos. Hay casos “donde la gente lanza piedras a los enfermos en fase terminal. En Ixtlán de Juárez creen que por tener contacto físico pueden ser infectados”, señala Velázquez.