Jan van Herck
El 21 de junio pasado se inauguró la exposición Luis Barragán: la revolución silenciosa en los edificios de Vitra, en Birsfelden, Suiza. La exposición queda abierta al público del 22 de junio hasta el 29 de octubre de 2000, después viajará a América Latina.
No es el primer reconocimiento al arquitecto Barragán en el extranjero: Se han editado libros de su obra en Barcelona, Tokio, Nueva York, etcétera. Ya en 1980 ganó el Premio Pritzker, de la Fundación Hyatt de los Estados Unidos. Y se ha escrito mucho sobre su obra, y no solamente arquitectos, también escritores (Octavio Paz, Elena Poniatowska…), poetas, pintores, filósofos… Luis Barragán ha influido en muchas generaciones de arquitectos, aún hoy tiene seguidores, el más conocido y exitoso es el arquitecto Ricardo Legorreta.
Luis Barragán ganó fama internacional por el tratamiento de los muros, por el recurso del agua -de influencia árabe-, y por el uso de los colores vivos de la arquitectura tradicional. Escribió Octavio Paz: “En la arquitectura popular mexicana se funde la tradición india precolombina con la tradición mediterránea. Las formas son cúbicas, los materiales son los que se encuentran en la localidad y los muros están pintados con vivos colores -rojos, ocres, azules- a diferencia de los pueblos mediterráneos y moriscos que son blancos.” (Artes de México 23, p. 16).
En México no se respetan las obras de Luis Barragán. Ya se han perdido varios edificios y conjuntos. He visitado su propia casa en Tacubaya, de 1947: “Una de las absolutas obras maestras de la arquitectura del siglo -dice el arquitecto-poeta Juan Palomar-, la casa y el jardín son un todo
inextricable, cada cuarto es el resultado de una larga meditación sobre la manera más efectiva de lograr la mise en scène de la memoria y de los sueños”.
Y otro rendido admirador, Alberto Ruy, dice: “Tal vez la obra más significativa de este arquitecto fue salvada y habrá de convertirse en un importante centro de cultura: casa-manifiesto sobre sus principios creativos y a la vez casa-testimonio de su concepción del mundo: eje desde el que se despliega la espiral del aliento que anima su obra”. (Artes de México, p.6).
Sin embargo, la casa Barragán se está desmantelando.
El corazón de la casa, el lugar de privilegio, es el salón biblioteca. Dice el poeta Vicente Quirarte: “Y existen esas bibliotecas de trabajo, donde cada libro está tan a la mano como debe estar el juego de escuadras, la goma suave o los lápices graduados en formación casi militar.” (Artes de México, p. 52.)
Hoy en día, la biblioteca está vacía. Se han llevado todos los libros a Guadalajara y a Suiza. Varias organizaciones pelean la representación de Barragán, con todas sus
consecuencias.
Su taller está vacío. En vez de encontrarse lleno de maquetas, de planos en la pared, de pruebas de colores, de materiales… de ruido, de movimiento… está vacío. Ni se nota que es un taller de arquitectura.
Toda la casa parece casa fantasma; el personal, desaparecido; todo desnudo, en silencio, depurado, los herederos han sacado todo lo posible. Ni huellas de una vida personal, un retrato de un amor, una foto familiar, sus pertenencias personales. Lo que queda de la decoración mínima… sólo dejaron los “santitos” regados por todas partes. Qué ironía, primero vacían la casa y después la hacen museo.
Una fiesta de colores es su última obra, de 1976, en Tacubaya, Ciudad de México. Dice don Luis: “En la última casa que construí, la del señor Gilardi, los colores juegan un papel muy importante. El patio es de color lila, muy vibrante. El corredor prepara el viaje a través de la casa para llegar a un espacio importante, el comedor con una alberca cubierta. De pronto, emerge del estanque un muro rosa que corta el agua y casi llega a tocar el techo. Ese muro da sentido al espacio, lo hace mágico, crea tensión alrededor. Desde el hecho de una linternilla baña al muro de luz y enfatiza su papel”. (Artes de México, p. 61)
Hace unos días visité la casa, y al llegar me encontré con una fachada muy descuidada, véase las fotos, lo contrario de lo que ha dicho don Luis: “Las paredes están hechas para volverse a pintar. Pienso que cada dos años la obra se debería pintar de nuevo” (Artes de México, p. 61).
Los habitantes actuales están hartos de tanto arquitecto que va a visitar su dulce hogar, atraídos por tantas bonitas fotos a todo color (¡y vienen del mundo entero!). Se han escondido en planta alta. El agua de la alberca no es azul, es turquesa, es turbia. En años no se ha usado esta alberca. El comedor con paredes beige tampoco se ha usado en la última década. El patio en donde existía “un árbol muy hermoso” se encuentra totalmente separado de la casa. ¿Cómo es posible proyectar un patio como corazón de una casa y no abrirla a él? El pasillo amarillo, la alberca de colores y el comedor se encuentran completamente separados de la vivienda. El árbol muy hermoso está levantando los pisos y los muros del patio. Hecho no tan grave, porque solamente entran arquitectos visitantes. Los habitantes actuales no se han apropiado de la casa, huyen, están alejados del área más espectacular de su vivienda.
Con el paso del tiempo, y por descuidos técnicos, se han acentuado algunos problemas; según muestran las fotos de su última casa, es una arquitectura que requiere mucho mantenimiento, una escenografía bastante delicada, por el acabado de los muros, los aplanados, humedad por capilaridad, etcétera. Otra de sus limitaciones es que los edificios están proyectados como objetos terminados, que nunca cambian, que no crecen, que no se adaptan a nuevas necesidades… algo que la arquitectura popular, tan admirada por Barragán, sí hace. El interior de una vivienda es algo muy personal, algo temporal, donde el habitante se tiene que apropiar de su espacio, es algo tan cargado emocionalmente que el arquitecto no puede decidir hasta el último detalle.
El arquitecto proyecta el caso que usan siempre diferentes habitantes para organizar en él su propia vida, sus propios conceptos, gustos y juicios.








