La carta

El VII Festival de Verano de la Filmoteca de la UNAM incluye este año una selección de películas a las que difícilmente tendríamos acceso en otro contexto. Notable es la presencia de autores orientales como el japonés Takeshi Kitano, el chino Zhang Yuan, el iraní Abbas Kiarostami o el coreano Jan Sun-Woo, censurado en su propio país. Entre los representantes europeos destaca el portugués Manuel de Oliveira, ya nonagenario, con La carta (A Carta; Francia-Portugal, 1999).
La carta es una transposición a la época actual de La princesa de Cleves, la celebérrima novela de Madame de Lafayette publicada en 1670, durante el reinado de Luis XIV. Manuel de Oliveira encuadra entre dos conciertos de rock la historia de esta princesa que lucha contra la pasión y la tentación de adulterio en una sociedad en la que los valores de la heroína, casada con un hombre al que no ama, parecen al más completo anacronismo, aun desde el punto de vista religioso.

La piedra animada

La actitud de Madame de Cléves (Chiara Mastroiani), sus propósitos que hacen un constante eco al discurso de su madre (Madame de Chartres, interpretada por Francoise Fabian) tenderían al absurdo de tan rígidos si se pasara por alto el contenido jansenista de la obra original; una de las visiones más pesimistas de la historia sobre la naturaleza humana, el pecado y la culpa. Manuel de Oliveira sólo nos proporciona como dato el retrato de la madre Angélique Arnaud; señal y destino de la heroína, esta pintura de Philippe de Champaigne transmite la severidad y la fascinación de la gran herejía del siglo XVII en la que se vieron involucradas figuras de la talla de Blaise Pascal y Jean Racine.
El lenguaje cinematográfico de La carta, estructurado en planos fijos y secuencias en las que predomina la línea recta, evoca el clasicismo de la escritura de Madame de Lafayette en la que cada palabra encontraba su justa mesura, a pesar del tono preciosista. Las estatuas de piedra y las pinturas tienen a su cargo no sólo el juicio de la conciencia, sino también la expresión de las emociones más profundas de los protagonistas. La piedra se contorsiona, Pan y Baco, dioses del delirio y la orgía, reflejan el deseo y la pasión del rockero Pedro Abrunhosa (como le señala acertadamente Stephane Bouquet) por la inabordable señora de Cléves; el estilizado lenguaje del siglo XVII fluye con naturalidad en la boca de estos peculiares modelos de la alta burguesía francesa de hoy en día, el conjunto escultórico de estos personajes se anima en un escenario intemporal.

La carne petrificada

La marmórea belleza de Chiara Mastroiani está sujeta a la más estricta codificación en el movimiento de cuerpo y rostro, “era como actuar con un corsé” (declara la actriz a Cahiers du cinéma, no. 535). De negro y con sombrero, Madame de Cléves casi nada puede expresar de esa pasión que la tortura; condenada por el realizador a ser estatua en cada gesto, sólo cuando se sincera con su amiga religiosa (Leonor Silveira) o cuando emprende la famosa confesión de su “inclinación” por Pedro de Abrunhosa a su marido, resuenan las emociones. Un simple “¡oh!” ahogado al instante basta para inducir la desgracia. Durante la agonía, la madre moribunda adquiere un tono terroso que la petrifica durante el resto de la historia como guardián invisible pero implacable de la conducta de la hija.
¿Qué aporta, además del placer de la belleza plástica y el sutil diálogo entre cine y literatura, el drama de esta princesa cuya mórbida resistencia contra el gozo y el amor nos llenaría ahora de escándalo? El jansenismo, como afirma Paul Bénichou, “condena toda una moral, todo un conjunto de ideas sobre el hombre, y más allá de estas ideas, un sistema de relaciones sociales”. El discurso a contra pelo de los valores actuales que articula este realizador cuya obra atraviesa el siglo XX, está más allá de la hipocresía farisaica o del moralismo de pacotilla capaz de excomulgar a los divorciados.