Frente a la posmodernidad, es decir, frente a un mundo fracturado por los relativismos, la Iglesia está desconcertada. No encuentra la manera de defender los valores que han conformado la grandeza y la dignidad del mundo cristiano y se desespera. Ajena a una pedagogía para enfrentar las estructuras de pecado en que vivimos, responde con el anatema y, en algunos sectores de la jerarquía, con la búsqueda de acuerdos cupulares que le permitan un acceso a los medios de comunicación y una injerencia en la educación.
El asunto es grave, sobre todo, porque detrás de este desconcierto se siente no sólo una desconfianza en la libertad de los hijos de Dios y en la acción del Espíritu, sino también una incapacidad para articular su vocación primera, que es el acogimiento y el amor.
Si me refiero a esto es porque recientemente, junto a la actitud sin matices que ha asumido la Iglesia ante el uso de los anticonceptivos, a los vergonzosos intentos de acuerdos cupulares que antes de las elecciones el “Club de Roma” intento realizar con el PRI y Gobernación (recordemos los desfiguros de Onésimo Cepeda: adhesión desvergonzada al candidato Francisco Labastida e intentos de manipulación del voto en Ecatepec), el periódico Reforma (9 y 10 de julio) divulgó una noticia desconcertante: la reiteración del Vaticano de que las personas divorciadas, vueltas a casar y que tienen relaciones sexuales con su nueva pareja, no pueden participar del sacramento de la comunión.
La noticia es desconcertante no por lo que contiene de Verdad en relación con la doctrina de la Iglesia (la sanción de excomunión del sacramento de la eucaristía para los divorciados en la Iglesia católica es ancestral y está perfectamente documentada en el Catecismo de la Iglesia católica, 1644 a 1650), sino por lo que muestra de falta de tacto para defender la santidad del vínculo matrimonial: ante la crisis del matrimonio en el mundo posmoderno, la Iglesia responde con el anatema sin matices; nada dice de las posibilidades de declaración de nulidad que tiene la propia Iglesia, nada dice de una pedagogía para reconstruir el matrimonio en el seno de una sociedad desgarrada. Por el contrario, con su anatema lanza a los hombres y mujeres que han sucumbido al poder de las estructuras de pecado y no encuentran en ellas un punto de consuelo a la desesperación o, en el caso de quienes han perdido el sentido profundo del sacramento matrimonial, al cinismo o a la claudicación.
Con esto no pongo en duda el valor fundamental del vínculo matrimonial ni las sanciones que la Iglesia prescribe cuando se rompe, cuanto la forma en que se expresa. ¿Cómo es posible hacer valer un universo espiritual y ético, cuando las estructuras que le dan sentido y lo sostienen, es decir, cuando el común de la sociedad ha perdido esos valores? O, en otros términos, ¿cómo es posible defender el vínculo matrimonial y su indisolubilidad y fidelidad de donación recíproca definitiva, en un mundo cuyas estructuras son la reestimulación erótica a través de los medios, la exaltación del hedonismo sin límites, el consumo indiscriminado, la relativización de los valores; cuando las formas económicas que privilegian el mercado sobre el valor humano destruyen el bien común y arrojan a las familias a su desintegración? Pensemos en los indocumentados que dejan familias y se ven constreñidos a reemplazar el amor de pareja en otras tierras para sentirse un poco amados; en las mujeres que quedan con el peso de su miseria y buscan un poco de afecto; pensemos en las cientos de parejas que, hijas de la desintegración del sentido, no pueden construir una unidad, un mismo corazón y una misma alma y que se ven en la necesidad de separarse y construir otra familia. En otro tiempo, cuando existieron la comunidad cristiana y la cristiandad, el anatema de la disolubilidad matrimonial funcionaba. Había un común, es decir, un mundo en el que los valores matrimoniales eran práctica de todos y permitían su sostenimiento. Hoy en día ya no existen la comunidad cristiana ni la cristiandad, sino un mundo fracturado en una pluralidad de sentidos. Frente a él el anatema es un gesto absurdo.
¿Qué decir entonces, que habría que rebajar el valor del vínculo matrimonial a la puerilidad de las exigencias posmodernas? No, sino dirigir la lucha no contra el síntoma: la destrucción del matrimonio, sino contra aquello que lo genera: las estructuras de pecado. No se resuelve nada anatemizando a aquellos que, débiles, no han podido con las estructuras de pecado que nos rodean y sucumben. “Las estructuras de pecado -lo dijo Juan Pablo II en Sollicitudo Rei Socialis- condicionan las conductas de los hombres”. Se resuelve en cambio con el acogimiento, el don y la búsqueda por reconstruir una estructura social en la que los sentidos profundos de la vida puedan vivirse plenamente.
En un mundo fracturado, los ideales cristianos son un horizonte del Reino, un punto de llegada, no de partida, una realidad que debe construirse y no un absoluto que puede encarnarse mediante un anatema. Frente a ello, la Iglesia debe de recapitular y buscar las formas de esa reconstrucción. El propio Juan Pablo II, en la exhortación apostólica Familiaris Consortio habló de la ley de la gradualidad por la que el hombre y la mujer, a través de su libertad, de sus historias concretas y, gradualmente, van tratando de encarnar el horizonte de la plenitud a la que son llamados, y exhorta: “Pertenece a la pedagogía de la Iglesia hacer de tal suerte que, ante todo, los cónyuges reconozcan claramente la doctrina Humanae vitae como norma para el ejercicio de la sexualidad y se vinculen sinceramente para establecer las condiciones necesarias para su observancia”. Este llamado se dirige a buscar una pedagogía acorde con estos tiempos, en los que las viejas fórmulas del castigo y del anatema sólo hablan de la imbecilidad totalitaria. Construir esa pedagogía es la tarea de la Iglesia. Es un reto difícil, pero no menos difícil que vivir la fe en estos tiempos. Si la Iglesia quiere cumplir con su misión salvífica debe abocarse a ello y no a escudarse en la estupidez del anatema que, lejos de manifestar su deber primordial: el perdón fraterno, el acogimiento y la dirección paciente y paterna que permita a la ley cumplirse, sume a los hombres en la desesperación y la desesperanza. En un mundo roto, en un mundo en donde muchos hombres están exentos de la esperanza humana, reducidos a los poderes del siglo, el deber fundamental de la Iglesia es proporcionarles la esperanza teologal que se basa en el amor de Cristo que entregó su cuerpo y su sangre por todos y cada uno de los hombres, sin exclusión de nadie, y ayudar a construir un mundo cuyas estructuras permitan al amor encarnarse. Condenarlos es caer en el saduceísmo que anteponía el primado de la ley al del amor y que tanto despreció Cristo, es olvidar esas dos hermosas enseñanzas de Chesterton: “La Iglesia es un hospital de pecadores” y “el cristianismo es ir de la mano de alguien a algún sitio”.
Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés.








