Héctor Aguilar Camín
En muchos sentidos, Vicente Fox, el candidato del cambio, será el presidente de la continuidad. El triunfo de Fox completa en el ámbito político el proceso de modernización desatado en México por los gobiernos priístas, a partir de 1982.
Una liberalización de la economía y una reforma del Estado como la que emprendieron los últimos tres gobiernos de México no podía terminar sino en la modernidad democrática. No era indispensable para la democracia que el PRI perdiera la Presidencia. Las instituciones ya eran democráticas: el PRI podía ganar o perder. Lo inevitable era que el PRI llegara a enfrentar en algún momento una contienda electoral sin las ventajas derivadas de su condición de partido oficial. Llegada esa hora, el PRI perdió y la alternancia en el poder completó al cien por ciento el capítulo de la modernidad electoral de México.
Es posible que Fox, sin compromiso con el viejo régimen, pueda acelerar el paso modernizador en los demás órdenes. De los contendientes del 2 de julio parece el más identificado con las reformas realizadas hasta ahora y con las reformas pendientes en el ámbito económico: liberalización, desregulación, privatización de la petroquímica, apertura a la inversión privada en el sector eléctrico, reforma fiscal, promoción de la pequeña y mediana empresa.
Fox encontrará a lo largo del camino resistencias similares a las que encontraron sus antecesores. Encontrará en particular la red de intereses, hábitos, identidades y creencias que siguen adscritas, con genuina convicción, al horizonte del nacionalismo revolucionario.
Corrientes centrales del PRI y del PRD comparten hoy las trincheras del nacionalismo revolucionario. Es previsible por ello una convergencia entre sus respectivas bancadas en el Congreso frente al adversario común que pueda representar el gobierno (neo) liberal de Fox.
Las trincheras del nacionalismo revolucionario son hoy más una resistencia que una propuesta de futuro. Constituyen una mezcla de valores fundamentalmente estatistas o antiliberales. Por ejemplo: primacía del sector público y del intervencionismo estatal, apoyo al sindicalismo y al agrarismo corporativos, nacionalismo defensivo, rechazo a las privatizaciones, a la globalización, a la economía de mercado.
Las reformas modernizadoras iniciadas en el sexenio de Miguel de la Madrid, aceleradas en el de Salinas de Gortari, continuadas y culminadas en el ámbito político por Ernesto Zedillo, fueron emprendidas a contrapelo de las creencias del PRI, al punto de que produjeron en, 1987, la escisión de ese partido. Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo dejaron el PRI en decisiva protesta contra la continuidad de las reformas modernizadora que anunciaba la candidatura de Carlos Salinas de Gortari ese mismo año de 1987.
La oposición (neo) cardenista aceleró la modernización política del país. Estableció condiciones de competencia electoral irreversibles. Obstaculizó, en cambio, la modernización económica, diciendo a voz en cuello la inconformidad con ese proceso que había en el propio PRI, aunque en el PRI se expresara apagadamente, en el lenguaje “sordo y cortesano” de la casa, según la descripción de Javier Wimer.
Las mayorías priístas apoyaron las reformas por disciplina con sus presidentes, no por convicción política. Su convicción mayoritaria siguió en las banderas del nacionalismo revolucionario. Los presidentes modernizadores forzaron la mano de su partido para ponerlo al lado de lo que el partido rechazaba: supresión de subsidios, venta de empresas paraestatales, privatización bancaria, privatización telefónica, privatización de las pensiones; la reforma del artículo 27, que puso fin al reparto agrario; el reconocimiento jurídico de las Iglesias; la autonomía del Banco de México y del Instituto Federal Electoral; el Tratado de Libre Comercio con América del Norte y con la Unión Europea.
La alianza política que permitió esas transformaciones puede verse en las listas de votación del Congreso. A partir del gobierno de Salinas, los presidente priístas no tuvieron en el Congreso mayoría suficiente para hacer reformas constitucionales. Tuvieron que contar con la anuencia de parte de la oposición.
La historia de esas votaciones muestra que fue la convergencia de la Presidencia, la tecnocracia federal y el PAN, la que llevó adelante las reformas. La Presidencia arrastró al PRI sin convencerlo y el PAN afirmó en ellas sus convicciones liberales.
Las reformas emprendidas parecen hoy menos extranjeras y menos costosas políticamente que en los ochenta. Han empezado a arrojar frutos. Al menos, han creado en los electores una fe mayoritaria en la alternancia, prueba de fuego de la modernidad democrática. En ese voto puede leerse quizá un apoyo equivalente a la modernización que falta.
La pregunta es si la modernización económica y política ha sembrado también entre las filas de la izquierda y del PRI corrientes menos tradicionalistas que puedan refrendar la alianza del cambio con el nuevo gobierno de Fox, una alianza para la continuidad del cambio modernizador. Enfrente habrá una continuidad de la resistencia a ese cambio. Lo que los encuestadores y otros brujos tendrían que medir es el tamaño de esa continuidad y los poderes de esa resistencia.








