Juan José Hinojosa
El Instituto Federal Electoral dio a conocer los resultados finales sobre la integración del Congreso. En la Cámara de Diputados, la Alianza por el Cambio obtuvo 223 curules, de las cuales al PAN le correspondieron 208 y a su aliado, el Partido Verde Ecologista, 15. El PRI alcanzó 209 y la Alianza por México 68, 53 para el PRD y 15 para sus aliados. En el Senado, la Alianza por el Cambio obtuvo 51, 46 para el PAN y cinco para los verdes. El PRI 60 y la Alianza por México 17, 15 para el PRD y dos para sus aliados. Quedan pequeños ajustes sujetos a resoluciones pendientes del Tribunal Electoral, a quien acudieron en instancia final alianzas y partidos. Fueron excepciones que en la suma no modifican en esencia los datos ya publicados.
Como puntos de referencia conviene recordar que la Cámara de Diputados está integrada por 500 miembros y en consecuencia la mayoría simple es de 251. En el Senado, con 128 integrantes, esta mayoría es de 65. Para aprobar modificaciones a la Constitución se requiere el voto mínimo de dos terceras partes, 330 en la de Diputados y 85 en el Senado.
En la historia del PRI, 71 años, hasta 1997 disfrutó en la Cámara de Diputados de mayorías arrasantes y en los últimos tres años las oposiciones en su conjunto lo redujeron a minoría. En el Senado, durante sus 71 años de vida feliz, el PRI fue siempre mayoría. Durante tiempo tan prolongado los Congresos priístas fueron testimonio monstruoso y repugnante de sumisión sin fronteras, restricciones, limitaciones a los presidentes imperiales. Renunció a la facultad constitucional de la iniciativa, aprobó en su integridad, sin modificar un punto o una coma, el diluvio de proyectos de ley procedente del Ejecutivo, por centenares aprobó, también, modificaciones a la Constitución que fue el deporte favorito
de los presidentes en turno, fue semillero inagotable de gobernadores que canjeaban la sumisión en el Congreso por las gubernaturas, cuota obligada para complacer al sindicalismo corrupto y sometido, tibio nido de “maromeros” -el adjetivo viene desde muy atrás-, que transitaban cómodamente del Senado a la Cámara de Diputados durante lapsos que excedieron, con frecuencia, al cuarto de siglo y fueron encabezados por “Fidel y sus lobitos”, grupo fundado por Vicente Lombardo Toledano en sus tiempos de líder continental y sus desasosiegos marxistas leninistas.
Durante estos 71 años fue primero un bostezo, vida gris y sin sobresaltos; a través del tiempo las oposiciones ganaron espacios, el bostezo se volvió Parlamento en el que invariablemente los opositores ganaban el debate, pero hasta 1997 se iniciaron los nuevos tiempos y el Congreso priísta perdía en múltiples ocasiones la votación.
En estos marcos, con estos perfiles de integración, el próximo primero de septiembre los mexicanos estrenamos Congreso. Todo hace suponer que los tres partidos se esmeraron por presentar a la consideración de los votantes candidatos capaces de convertirse en buenos legisladores. Hay como en todas las democracias maduras “repetidores”, hombres y mujeres que han consagrado sus vidas y su tiempo en practicar y perfeccionar el oficio legislativo. Junto a estas estrellas hay novatos que por primera vez se inician en este fascinante oficio; es deseable que rápidamente maduren y en la intemperie del Parlamento aprendan el difícil oficio de la legislación.
Acción Nacional ganó las elecciones para la Presidencia de la República, pero no obtuvo mayoría simple en el Congreso. En la Cámara de Diputados hay 208 procedentes de su militancia o de los amigos de Fox. Los 15 ecologistas no serán para el PAN votos asegurados, el tiempo es corrosivo, el oportunismo y el desencanto son malos consejeros, pueden caer en la tentación de apoyar a otros partidos en la votación de leyes o proyectos para la reforma constitucional. En el Senado se plantean los mismos riesgos y se abren espacios al regateo.
En la tradición democrática universal, es costumbre que los congresistas apoyen, previa búsqueda de consensos, negociaciones o cabildeos con el titular del Poder Ejecutivo, las iniciativas que del Presidente de la República proceden. Los panistas aprenderán la administración de la distancia lúcida, inteligente, audaz frente al presidente que de sus filas procede, la subordinación invariable a los mexicanos, el “sí, pero…” de su voto nutrido en el catecismo laico que define la doctrina fundadora de Acción Nacional. Serán en el Congreso freno y contrapeso, administradores fieles de la frase que Felipe Calderón Hinojosa acaba de lanzar: si la riega Fox, las consecuencias las pagará el PAN.
Los priístas serán en el Senado y en la Cámara de Diputados una fracción parlamentaria con un alto peso en las decisiones legislativas, tiene 209 dipu-tados y 60 senadores. Perdieron la Presidencia pero en el Congreso emparejan su fuerza con el PAN, son pares entre iguales, en el número están al “tú por tú” con el partido que ganó la Presidencia de la República, conocen el oficio legislativo, son políticos diestros y si la riña partidaria interna no los dispersa, representarán en el Congreso una fuerza vigorosa.
El PRD quedó bajo en la integración del Congreso: 68 diputados y 17 senadores, pero en ambas Cámaras puede ser en el lenguaje parlamentario fiel de la balanza, gozne de la puerta, aportación decisoria en una votación apretada. Si así lo entiende, si renuncia a sus dogmas, caudillos, nostalgias de un tiempo definitivamente liquidado, puede rescatar mediante una postura modernizadora en el Congreso los votos que perdió en la elección.
El presidente Vicente Fox ejercerá un poder permanentemente acotado por el Poder Legislativo. Los catastrofistas, los que en el queso sólo ven los agujeros, ya iniciaron las profecías demoledoras: la parálisis legislativa, el pantano que atrapa las discusiones. En el contraste, los optimistas de la democracia consideran que la integración del Congreso plantea a los dos poderes el desafío de buscar los consensos como fruto rico y maduro del diálogo y el entendimiento. El perfil humano de Fox anuncia la humildad como ingrediente para limar asperezas, acortar distancias, tejer alianzas. Todo hace suponer que no será el presidente atrincherado en majestades fuera de moda, que delega la relación con el Congreso en sus secretarios de Estado y se mantiene inalcanzable, momificado, como el santo en el altar.
Los mexicanos esperamos que Fox abra Los Pinos a San Lázaro, diputados, a Xicoténcatl, senadores, para construir dos poderes, una meta común, a través de la ley el México justo y bueno, ordenado y generoso, que todos anhelamos.








