Para el cineasta de Cilantro y perejil, “20 años de una gran mentira” Rafael Montero iniciará Corazones rotos, el desplome de la clase media

Es su noveno largometraje. Antes de filmar Cilantro y perejil, Rafael Montero comenzó a escribir Corazones rotos. Son siete historias en las que se reflejan los últimos 20 años de México.
Su relato, que empezará a filmar el 17 de julio, lo enfoca a la crisis económica “que acabó con la clase media”.
Comenta que le ha dedicado un considerable tiempo a Corazones rotos:
“Es un proyecto que he tenido en la cabeza durante mucho tiempo. Mi preocupación, por la que me involucré para hacer cine, es reflejar lo que vive la clase a la que pertenezco, esa clase media urbana del Distrito Federal, sus partes buenas, malas y feas. La clase media es muy contradictoria, está llena de fantasmas. Desde el principio me fui sobre ese punto, hablo de lo que conozco. Tampoco es estar viéndome detrás de un espejo, también estoy vinculado con el exterior, con lo que pasa en otros lugares.”
-Desde El costo de la vida, filmada en 1988, no había hecho un guión que usted mismo filmara, ¿por qué?
-No sé, siempre que se los presentaba a los productores me acusaban de ser demasiado crítico, o no respondía a las deficiencias del momento. Me acomodé de una manera natural con la comedia, con las películas que realicé en Televicine y Cilantro y perejil. Entonces tuve la posibilidad de vincularme con un género que no me había planteado, y lo puedo hacer, lo asumo y me gusta, pero tenía esa espina clavada: contar las historias que traía en la cabeza desde hace tiempo, y se concretó en Corazones rotos. Empecé a escribir el guión en 1995.
-Entonces, ¿son varias historias en el largometraje?
-Son relatos cruzados de muchos personajes, no quería contar la historia de un solo personaje o una sola pareja. Mi intención es demostrar un mosaico de lo que siento, pienso y creo. Las historias de base son siete y se suman otros relatos internos. Es un reto contar la historia de una unidad habitacional, de Villa Olímpica, ubicada al sur de la Ciudad de México. La estructura del filme debe resultar interesante, que no sea como un muestrario de desgracias humanas.
-¿Cuál es el punto central de la historia?
-Es el de la crisis económica y cómo le afecta a la gente la falta de dinero. De pronto las personas que pudieron lograr un poder adquisitivo, lo pierden todo por falta de empleo. Esto provoca una serie de crisis morales. Son historias duras, tratan de reflejar lo que vive una familia de tantas que habita en la Ciudad de México. Además, por parte de las autoridades siempre hubo un discurso político de que estábamos en franca recuperación y no era cierto. Ahora hay matices de clase media acomodada, clase media media, clase media baja, en fin. Eso es a partir de que hemos sido golpeados y golpeados. En la cinta hay un vislumbre de esperanza. El proyecto es el reflejo de los últimos 20 años en los cuales hemos vivido una gran mentira.

El rescate

Con Corazones rotos, Montero, nacido en el Distrito Federal en 1953 y egresado del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), trata de recuperar el melodrama familiar y ese tipo de acercamiento a la vida en la ciudad del cine de los años cuarenta, de Alejandro Galindo y Roberto Gavaldón.
Aunque incluye historias que no corresponden al género del melodrama: unas están contadas en un tono de humor negro, otras son tragedias. El realizador del corto Adiós David explica que su intención es darles un tratamiento específico a las historias, que no sean contadas desde el mismo punto de vista, cada una tiene un planteamiento estético.
Pondrá énfasis en el color de los departamentos, los vestuarios y la resolución cinematográfica de cada relato. Hay historias, comenta, que van a ser tratadas en plano secuencia, otras como de video clip, en fin.
-¿Por qué rescatar el melodrama familiar de los cuarenta?
-Siento que ha habido un vacío entre las generaciones de cineastas de los sesenta, setenta y la de nosotros, somos una generación ahí medio sándwich y también la de los jóvenes realizadores. Siempre se ha tratado de copiar el estilo del cine estadunidense o el francés. Cuando entré al CUEC quería hacer cintas francesas, para mí era lo máximo esa cinematografía, sobre la incomunicación de la pareja, pero de pronto, en el desarrollo del trabajo, fui descubriendo lo maravilloso del cine mexicano y, en este sentido, el melodrama familiar es uno de los pilares de la cinematografía nacional de los años cuarenta. En los setenta hubo intentos, con El castillo de la pureza, de Ripstein, y Los cachorros, de Jorge Fons, de rescatar el melodrama familiar.
-¿Pasa por una nueva etapa?
-En este momento, después de haber probado diferentes géneros y distintas posibilidades de hacer cine: cintas por encargo, por dinero para poder pagar la renta y el estudio de mis hijas y otras por estar convencido de querer hacerlas, siento que estoy en una etapa de reflexión, de hacer lo que me nazca con mi compromiso con la actualidad. Desde Cilantro y perejil recibí ofrecimientos de realizar películas, pero no estaba convencido de hacerlas. No quiero copiar ese melodrama familiar, sino ponerlo al día. Corazones rotos intenta hablar del México del 2000 y no de momentos pasados, superados, está más bien proyectada hacia al futuro: ¿De dónde vamos a recuperar esa esperanza, esa confianza?, porque al final de cuentas son historias en las que no hay salida.
-Parece moda integrar varias historias en un largometraje.
-Es una necesidad de los mismos autores, no sólo en México, sino a nivel mundial, de contar las historias desde otras perspectivas. No es moda; la cinta que me despertó el interés de buscar una estructura de este tipo fue Vidas cruzadas, de Robert Altman; a partir de ahí me he ido encontrando con películas en ese sentido. El año 2000 ha sido el año de historias cruzadas. No he visto Amores perros, pero también va como en ese sentido, también se exhibe Cinco sentidos, de Jeremy Podeswa.
-¿Son distintos enfoques para que el público tenga una visión más amplia?
-No sé, ahora se me ocurre la idea del muralismo mexicano en la cual se cuentan muchas historias y presentan a muchos personajes, pero hay un tema. Es distinto hacer un solo cuadro sobre un tema en el que no se pueden involucrar tantos elementos. Son historias más barrocas en las que se le da al espectador la posibilidad de identificarse con situaciones, a la mejor sólo una no le gustaría, pero en otras se involucra, y también es un reto estilístico cinematográfico.
El cineasta también filma un largometraje documental sobre Rockdrigo González y el movimiento rupestre de rock: Fausto Arellín, Rafael Catana, Nina Galindo, Roberto González, Eblen Macari, Roberto Ponce y Armando Rosas.
Corazones rotos es una producción del Instituto Mexicano de Cinematografía (Imcine), Producciones Volcán y Rentaimagen. Actúan Alejandro Camacho, Álvaro Carcaño, Juan Carlos Colombo, Jorge Galván, Salvador Garcini, Norma Herrera, Verónica Merchant, Cristina Michaus, Carmen Montejo, Martha Navarro, Lorena Rojas y Rafael Sánchez Navarro.

Cintas por encargo

-¿Llega a la necesidad de un proyecto propio luego de una trayectoria difícil, como iniciar con películas por encargo?
-Empiezas la carrera de cineasta sintiéndote el mejor director del mundo, tu primera cinta merece todos los premios, crees que lograrás la fama, dinero y reconocimiento, pero uno se da un frentazo. Se hace la primera película invirtiendo hasta la camisa, pidiéndole dinero a los amigos, a la familia, a todo mundo. En ese momento decidí no casarme con la idea de hacer buen cine. Esa primera experiencia me hizo aterrizar, poner los pies sobre la tierra. Después de El costo de la vida me di cuenta de que era una carrera de muy largo plazo, donde lo importante era tener oficio. Cómo iba a adquirir el oficio para luego tocar las temáticas que quería.
-¿Es válido primero adquirir el oficio?
-Pensaba que si me aferraba a filmar la película que quería, un guión ambicioso, me frustraría, iba a quedar condenado a no rodar una cinta. Entonces tuve que ceder mucho. Empecé a trabajar filmes y guiones por encargo, como Justicia de nadie, con Carmen Salinas. Quise hacerlo y bien, pero las condiciones eran en contra de todo. Fue una cinta que se hizo en 10 días de rodaje. Poco a poco empecé a ganar posiciones dentro de la industria, como que un director se vuelve creíble ante los ojos de los productores en el momento que tiene dos cintas.
-De pronto se abrió la posibilidad de trabajar con Televicine.
-Ahí me ofrecieron una comedia populachera, con cómicos, baile, vedettes, albures…
-Cintas muy criticadas…
-Sí, pero hubo la posibilidad de hacerla como quisiera. Le propuse a Televicine trabajar con actores de verdad, con Alonso Echánove, Leticia Perdigón y Demián Bichir. En ese momento mi capacidad de negociación empezaba a tener fuerza y me dieron la oportunidad de hacerla a mi modo. Jorge Ayala Blanco escribió una critica favorable de este largometraje y El costo de la vida lo despreció.
-¿Pero qué pasa con el creador al hacer una cinta de encargo sólo por tener experiencia?
-Siempre es una guerra, es como un tablero de ajedrez donde uno tiene que mover la pieza exacta al lugar exacto, ahí uno tiene que sacrificar una pieza para que en la siguiente jugada hagas jaque. Cedes para ganar. Bueno, hay una cinta que realmente hice por compromiso, no quiero decirte cual es (se refiere tal vez a Embrujo de rock, con Gaby Ruffo), pero me tuve que disciplinar a lo establecido, no tuve ni las ganas, fue una película muy desgastante, me enfermé en el rodaje. Fue una película en la que entré derrotado, sugería que el guión se cambiara y me decían que no. Pero dices: ‘si me peleo con ese productor no me va a pagar’, ‘no voy a ganar dinero’, ‘no tengo trabajo’. El cine es un reflejo del alma de los actores, del director, de la gente que trabaja en el equipo; después de ese proyecto me prometí no meterme en una cosa así y me fijé buscar documentales, comerciales. Fue un golpe muy duro, no hubo la posibilidad de nada.

Nueva etapa

En los ochenta, un grupo de realizadores empezó a destacar:  Juan Antonio de la Riva, Víctor Saca, Daniel González Dueñas, Gerardo Pardo, Carlos García Agraz, Diego López, Alejandro Pelayo, Luis López Antúnez, Luis Mandoki, Benjamín Cann y Milt Valdez, entre otros.
Emilio García Riera dice en su libro Breve historia del cine en México que de 1983 a 1988 se realizaron 429 largometrajes de 124 cineastas; 49 de ellos eran debutantes.
El realizador defiende a su generación:
“Traíamos toda la experiencia de los años setenta, Felipe Cazals, Arturo Ripstein y Jaime Humberto Hermosillo. Los vimos luchar, llegar al clímax, los vimos caer, estar derrotados, eso hizo que tuviéramos una actitud clara en el cine.”
-¿Qué pasó en los ochenta, por qué el cine mexicano entonces tuvo una fuerte crisis?
-Entre finales de los ochenta y mediados de los noventa hubo una etapa de reacomodo muy fuerte, en todos los sentidos. Por un lado, fue la llegada de esa generación a la industria con una necesidad de contar las historias desde otro punto de vista, también había una generación de actores con una preparación universitaria que empezaban a ser reconocida. Se entendió que el cine es un negocio, una industria. Cuesta muy caro levantar un proyecto, pero había que empezar a hacer películas con calidad.
“Eso provocó el cambio de actitud del espectador, porque ya no iba a las salas de cine, no eran garantía ni los cómicos, las vedettes, los mojados. De pronto surgieron: La mujer de Benjamín, Sólo con tu pareja, Como agua para chocolate, en fin. Entonces cae la producción, cambian las reglas de la distribución y exhibición, viene la ley de Salinas, el TLC, es una etapa de reacomodo muy fuerte, pero la gente le dio la espalda a películas mal hechas, sin contenido, sin ningún respeto al público. Ahora no están reñidos lo comercial y lo artístico, aunque se hacen menos cintas y la posibilidad de filmar es más dura.”