Hoy que casi toda la gente celebra nuestra flamante entrada a la democracia, gracias al triunfo de Vicente Fox, nadie quiere recordar que hace apenas unas semanas los medios televisivos que hoy se lavan la cara apoyaron abiertamente, con tiempos y estilos, la campaña de Labastida.
Igualmente, que hicieron todo lo posible para que la candidatura de Cárdenas naufragara en la falsa disyuntiva del “voto útil”. Y que ganaron varios millones de pesos a cuenta del erario para transmitir spots pagados.
Los datos que da el IFE prueban lo anterior. Desde que se inició la campaña oficialmente y el monitoreo, es decir, el 19 de enero del 2000, los cuatro principales noticiarios nocturnos de televisión que difunden desde el DF: Televisa, TV Azteca, CNI-40 y Canal Once colocaron, al menos en lo que se refiere a tiempo al aire, en tercer lugar a Cárdenas y el PRD a una distancia de 10 y más puntos porcentuales. Y también todos ellos le dieron el mayor espacio al PRI. Esa falta de equidad se fue consolidando hacia el final de la jornada, aunque todavía el IFE no presenta los resultados totales.
Si la atención de los noticiarios hubiese cambiado a lo largo de los cinco meses y medio de campaña, se entendería que el espacio hubiese sido otorgado de acuerdo con la importancia que iba adquiriendo cada partido en las preferencias electorales o bien por el tipo de actos -más llamativos unos que otros- de los candidatos… pero no fue así. La tendencia fue sostenida en términos estadísticos.
Nunca antes como en esta campaña los medios fueron protagonistas. Tanto radio como televisión marcaron pautas informativas y propagandísticas. Canales y estaciones organizaron debates al margen de los acordados por los partidos. También, programas especiales, mesas redondas, entrevistas en el estudio. Y utilizaron nueva tecnología para hacer controles remotos, para citar a tres candidatos al mismo tiempo en un estudio y hacerles preguntas por medio de un conductor. Por supuesto, fueron los grandes organizadores de los debates a través del CIRT y modificaron horarios y calendarios para hacer seguimientos de varias horas continuas a ciertos hechos de campaña y de precampaña.
Radio y televisión se desbordaron cuando el PRI realizó sus comicios internos para elegir candidato. Parecía que se trataba de la cobertura de las elecciones presidenciales.
Hace por lo menos tres años que Vicente Fox se dedicó a orquestar una campaña en medios, especialmente en los televisivos, para lograr primero que el PAN lo postulara, y segundo, para darse a conocer entre la ciudadanía. Será difícil saber, ahora que es presidente electo, cuánto dinero gastó en la precampaña. Sin embargo, ahí están los spots que se difundieron a lo largo de casi dos años previos al período electoral.
También hay evidencias de cómo Televisión Azteca se dedicó, desde que Cárdenas tomó posesión en 1997, a socavar el prestigio de su gestión. El caso Stanley fue el punto de inflexión para declarar una guerra que aún no termina y en la cual se usaron todas las armas posibles: hoy sabemos que hasta se “actuaron delitos” para difundirlos como hechos reales, según TV Azteca sin que los directivos de los informativos supieran del asunto y, por tanto, sin su consentimiento.
Todo lo anterior tuvo que haber pesado en el ánimo del electorado, sobre todo de aquel 19% de indecisos y de otra cantidad indescifrable que se fue con el efecto, medido en otros países, de “subirse al carro ganador”, en un México reforzado por el llamado “voto de castigo” o “voto anti-PRI”. Y tal vez también, por saturación, el abstencionismo llegó al alto 34%.
Si la democracia ha de consolidarse en este país, el oportunismo de los medios tiene que dejar su lugar a una regulación mediante la cual se acoten las funciones y los alcances de instrumentos que por su influencia no pueden dejarse fuera del control de la sociedad, en manos privadas únicamente.








