Si alguna vez ha resultado ocioso comparar primeras con segundas partes es ahora con Misión imposible 2 (Mission: Impossible 2, E.U. 2000).
De la primera versión realizada por Brian de Palma (1996) el cantonés John Woo no guarda más que el título de la célebre serie televisiva de espionaje, un mínimo de referencias desperdigadas más por gusto estético que por fidelidad al gélido de Palma y al inevitable Tom Cruise, protagonista y productor de la cinta. Los elementos originales se encuentran tan diluidos como el tema musical original de Lalo Schiffrin en la actualización de la Limp Bizkit y Danny Elfman.
Capricho megalómano de un actor que revela un gusto por las escenas de máximo riesgo y que puede pagarse el lujo de actuar en una película inspirada en su programa favorito de la infancia, Misión imposible 2 posee la obviedad del fenómeno publicitario que garantiza el éxito de taquilla. Hasta aquí todo estaría dicho.
Pero resulta que Tom Cruise se obstinó en que lo dirigiera John Woo, el más inspirado de los cineastas del género de acción que encabeza el éxodo de Hong Kong a Hollywood. Para quien ha seguido la carrera de esta legendaria figura del cine asiático, Misión imposible 2 representa el trofeo de Woo después de siete años de enfrentarse a una institución que respeta tan poco la noción de “autor” y a la que “todo se decide en juntas administrativas con inversionistas”.
Con el aplauso que recibió Contracara (Face off), el maestro adquirió suficiente confiabilidad para tomar sus propias decisiones e imprimir su verdadero sello a cada escena.
El guión fue adaptado a la medida de sus obsesiones: el agente Ethan Hunk (Cruise) debe renunciar a sus vacaciones para recuperar un virus exterminador con su respectivo antídoto que un grupo de mafiosos planea explotar. Quimera se llama el terrible monstruo y Bolerofonte el exterminador de esta amenaza; “al héroe hay que crearle un monstruo”. Nada más simple que el enfrentamiento del bien contra el mal, la menomanía de Woo; pero su maniqueísmo, además de sincero es nostálgico y muy peculiar, desgarrado entre la violencia y la fe. Normalmente sus héroes no se reclutan en el bando de los buenos, pueden ser ladrones o asesinos profesionales; son los viejos códigos de la caballería andante la religión de este hijo de la parroquia, admirador de Kurosawa, Scorsese y el francés Melville (El samurai). “Soy cristiano, marcado por creencias religiosas acerca del amor, el pecado y la redención. El espíritu de caballerosidad que existía entre los guerreros de antaño fue destruido, ahora tenemos que enfrentar al mal solos”.
El cine de John Woo no es espiritual, es sentimental. El asesino (The Killer, 1989) ilustra mejor que cualquier otra su profesión de fe. Cualquier cinta posterior dentro de su filmografía encuentra aquí una referencia: la iglesia y las palomas; el reconocimiento de la hermandad de los verdaderos caballeros (el policía y el asesino); el sacrificio de amor; el fuego y la danza de las balas. En la producción millonaria de Misión Imposible 2 John Woo se permite cualquier capricho y aprovecha todos los recursos para dirigir una espléndida coreografía en la que cada movimiento, cada toma, busca integrarse para representar un estupendo ballet.
La paradoja del cine de Woo, que raya en el absurdo, es lograr armonía en la violencia, en los choques espectaculares y en su máxima obsesión: las explosiones. Vemos el acceso a una fortaleza incendiándose después de una explosión, una paloma vuela entre las llamas que se reflejan aterradoramente en la pupila del malvado Dougray Scott, Hunt cruza elegantemente la escena que dura tan sólo unos instantes. El trompo que hacen dos carros al chocar al borde del precipicio, es una danza de flamenco. Así como el bien y el mal se pueden alternar, los rostros se intercambian; la ultraviolenta pelea del malo contra el relativamente bueno se intercala con imágenes de olas que revientan. Hollywood era la Quimera de John Woo, Misión imposible 2, su Beleforonte.








