La fille mal gardée

Si usted es de las personas que piensa que el ballet clásico es por definición nostálgico y pesimista, debe ir a las funciones infantiles de La fille mal gardée que la Compañía Nacional de Danza del INBA (CND) está dando para darse cuenta de su error.
A pesar de ser una de las obras más antiguas del ballet -su primera función se llevó a cabo en en Bordeaux, Francia, en 1789-, la vigencia y vitalidad de La fille mal gardée  radica en su perfecta estructura dramática, capaz de arrancar la carcajada franca ante una comedia de enredos que destaca por su redondez y efectividad a prueba de todo público.
La anécdota es muy sencilla:  una madre dominante -Mamá Simonne-, que es interpretada por un hombre caracterizado
de mujer, intenta casar a su hija Lissete con un Alain, un bobo de pueblo aficionado a capturar mariposas.
La joven a su vez se encuentra enamorada de un apuesto campesino llamado Colin, que la adora. Ambos tendrán que enfrentar todo tipo de situaciones chuscas para realizar su amor.
Estrenada por la Compañía Nacional de Danza en 1964, la obra es una adaptación coreográfica de Laura Echeverría a partir de la original  de Jean Dauberval que sólo dura una hora y  se -promueve las mañanas  de los fines de semana en el teatro de la danza del INBA con el ánimo de convencer al público infantil de que el ballet es divertido e interesante.
La idea no es mala, desde hace años se ha hecho el intento de utilizar obras dancísticas como una opción más dentro de la deficiente cartelera de eventos infantiles que existen en la Ciudad de México. Contra las ultracomerciales propuestas de productores sin escrúpulos, que intentan incorporar de manera directa a los niños a los mercados de consumo sin calidad, La fille mal gardée resulta una aguja en un pajar.
Pero además de ofrecer una opción diferente a los esquemas mercantilistas, la de la CND es también un acierto en cuanto a la integración de sus elencos.
Si uno tiene la suerte de que los cubanos Jorge Vega y su esposa Aurora Vázquez tengan  a su cargo los papeles principales, la función puede ser un verdadero deleite. Esto es claro porque, además de las dificultades técnicas del montaje coreográfico en sí mismo, y que implica tener un entrenamiento feroz que permita a los bailarines destrezas típicas del ballet, es fundamental tener una sólida formación dentro de la actuación y de la interpretación de estilos dancísticos, cualidades que los bailarines isleños dominan en forma pertinaz.
Con una pista grabada de la música de Ferdinard Hérold, un novedoso diseño de escenografía y vestuario de Paul Birbil, La fille mal gardée  se ha estado presentando también entre semana para que niños de escuelas públicas y privadas se sensibilicen hacia la danza clásica.
Un verdadero acierto ante los deficientes programas para el conocimiento de las artes que tienen las escuelas oficiales.