Javier González Rubio I.
Entre las variadas incertidumbres que la consumada alternancia arroja está, sin duda, la de la política cultural que habrá de seguir el nuevo gobierno. Ni mucho menos está claro si la cultura tendrá un papel en el plan de gobierno. Hoy en día hay dudas razonables sobre el apoyo que recibirán artes medulares que poco o nada pueden hacer sin dinero: la música, el teatro, la danza y el cine.
Este último corre el riesgo de desaparecer en un momento en que, para colmo, está logrando un repunte extraordinario con la concatenación de varios éxitos rotundos. Sin embargo, la alternancia también abre la posibilidad de redefiniciones en el campo de la política cultural que pueden resultar provechosas y atractivas y tener un alcance nacional.
Está pendiente la constitución del Fidecine, establecido en la Ley de Cinematografía aprobada en 1997 y que el gobierno se tardó dos años en reglamentar. El Fidecine puede tener, si el gobierno nuevo lo desea, la capacidad para impulsar un fortalecimiento de la industria cinematográfica como tal, propiciando una mayor y mejor participación de la iniciativa privada, no sólo en lo que a productoras se refiere, pues varias han surgido ya,
sino en las posibilidades de financiamiento.
Por otra parte, es urgente que el gobierno asuma la responsabilidad y la tarea de desarrollar un programa permanente de promoción de la lectura a nivel nacional, pues nuestro atraso en la materia es cada día mayor. El asunto no radica sólo, ni mucho menos, en el precio de los libros. Las ediciones baratas por sí mismas no generan lectores. Para comprar un libro, no basta con que sea barato, hay que querer leerlo, y para hacerlo hay que estar formado en el placer de la lectura. Más importante es introducir en el ánima nacional la necesidad de leer, la experiencia de la lectura como elemento educativo y formativo fundamental en el desarrollo del individuo y en el crecimiento ciudadano.
En la misma línea es urgente redefinir los planes de estudio en secundaria y preparatoria para no pretender obligar a los adolescentes a leer obras que les son completamente ajenas (como los clásicos griegos o La Divina Comedia) y que lejos de motivarlos los agobian y fastidian por su dificultad y porque son obras a las que se llega por deseo y preparación y no por mandato. A cambio de ello se puede conjugar la indispensable información y formación en el devenir histórico de la literatura, con el disfrute de obras cercanas a los jóvenes, actuales, que los formen en el placer antes que en un supuesto
saber.
Y la apreciación de la música clásica deberá ser también un pilar en la formación de los niños, desde la primaria, máxime como está comprobado que es un elemento coadyuvante a las capacidades de comprensión y aprendizaje.
Se abre también la posibilidad para dar un impulso a la verdadera descentralización de la cultura, pues son hoy contadísimos los lugares fuera del Distrito Federal en los que hay realmente conciertos sinfónicos; en ninguno, fuera de la capital, hay ni por error la escenificación de una ópera; a ninguno, salvo por algún festival, llega un ballet internacional importante, y en muy pocos hay una constante teatral aunque sea experimental. Si por lo menos Fox ya comprobó las mieles y virtudes del Festival Cervantino, su gobierno debiera impulsar acciones similares en otros estados.
Pero lo más importante será contar con una definición, con lineamientos para una política cultural que ubique a la cultura verdaderamente, no bajo el estereotipo del elitismo, sino como parte fundamental de bienestar de la población, como elemento indispensable en su desarrollo, y como auténtica expresión de libertad individual y social, Ya veremos, y ojalá y pronto sepamos a dónde vamos.








