La reinvención del sector gubernamental de la cultura

El retiro del PRI significa un fin y un comienzo que, entre diversos intelectuales y creadores entrevistados la semana pasada en los diferentes diarios de circulación nacional, ha provocado incertidumbre, cierta desconfianza y una actitud vigilante ante los cambios venideros.  El recuerdo de la censura panista se mezcla con la defensa de la diversidad cultural y con un sigilo que se convierte en una convocatoria a la  participación ciudadana que garantice la libertad de expresión y de creación.
Sin embargo, más allá de la cautela siempre conveniente, es también un momento adecuado para generar una crítica y una reflexión que hace tiempo no existía en el medio cultural. Es una oportunidad no sólo para reestructurar lo existente, sino también para reinventar la relación entre la cultura, la sociedad y el gobierno. Una relación que en las últimas décadas privilegió a los creadores y no a los consumidores; al patrimonio y no a los ciudadanos; al uso político de la cultura y no al uso de bienestar social.
Hay mucho que redefinir. Para empezar, ¿por qué se acepta la separación entre arte y cultura? El arte es un tipo de creación entre muchas otras que genera la sociedad; su diferencia está en los valores simbólicos que se le atribuyen. Entonces, ¿por qué considerarlo superior a otras creaciones?
Y la educación artística, ¿por qué se define como un quehacer manual y no como la comprensión de significados?  El acceso a la cultura es algo más complejo que ver un espectáculo o leer un libro, es la posibilidad de entender, descifrar y disfrutar los valores que se manifiestan en las representaciones. Para entender las diferencias, debe servir también la educación artística.
La relación con el patrimonio arqueológico, histórico y artístico es demasiado rígida. Al patrimonio se le conserva, se le protege, se le admira, pero, ¿cuándo se goza?  La mayoría de los bienes culturales han llegado a ser tan importantes que pocos quieren estar cerca de ellos; la relación con nuestro patrimonio es poco afectiva. Y si no, ¿por qué en este proceso electoral se mantuvo la opinión pública tan indiferente a las propuestas culturales? Además, son demasiados los artistas que no se interesan por integrar sus creaciones en el devenir cotidiano de la sociedad; las becas fomentan muchas veces la inutilidad de sus producciones.
Y los creadores, ¿no deberían independizarse del paternalismo estatal y colaborar en la generación de públicos y consumidores?
Antes de resolver problemas y atender inconformidades como en el documento Ya es tiempo de darle el justo valor a la cultura: nuestra gran reserva estratégica presentado por Vicente Fox el pasado 14 de junio,  sería conveniente que el gobierno entrante elaborara un ideario cultural en el que definiera el sentido que tendrá la cultura en el programa de gobierno y en la construcción de la nación. Un ideario en el que se planteen los usos que se dará al patrimonio; en el que se establezcan los compromisos con los diferentes sectores de la sociedad mexicana, tanto con los creadores como con los ciudadanos, tanto con los más ricos como con los más pobres. Un ideario en el que la cultura sea una provocadora de conciencias, de pensamiento y de creatividad.
A partir de la información de Sari Bermúdez -coordinadora de Cultura del equipo de Vicente Fox hasta el 2 de julio-, en estos días se designará al personal responsable de elaborar la propuesta cultural para el Programa de Gobierno 2000-2006. Asegura la funcionaria que será elaborada por mentalidades plurales e incluyentes. Esperemos que en estas inteligencias predomine una actitud de respeto y servicio para la diversidad social que integra la nación
mexicana.