Otros crepúsculos matinales del medio día

José Antonio Alcaraz

¿Ya ven, muchachos, lo que pasa por diseñar y promover un ciclo como “En Blanco y
Negro”?
Claro que también pudo haberse llamado: “Ébano y Marfil” o “Poetas del pedal”. Se reciben sugerencias.
Pues resulta que -de manera casi simultánea- han surgido tres discos similares: 1) El Neorromanticismo a fines del siglo XX. Obras Pianísticas de Carlos J. Carabias Anzorena (sin marca ni número de serie); 2) Víctor. La intensidad musical del siglo XXI (V-001 Evoluciones Musicales y EXITAM); 3)Armonías del Atardecer. Claudia Carmona. Música para piano de José Luis Córdova (CDC 0001 MAUCEL).
Por fin El declamador sin Maestro tiene un equivalente sonoro. Más bien: “Dogal de amor”, “La chacha Micaila”, “El desertor”, “El seminarista de los ojos negros”, etcétera.
En consecuencia, desde ahora, el cronista se postula a la canonización. Al cabo, el milagro ya lo hizo: ejerció paciencia, caridad y estoicismo, autoflagelando sus oídos al escuchar tan conspicuo conjunto de primores.
Si estas notas toman aire de ser despatarradas, simplemente se trata de una correspondencia pimpante, de acuerdo con la naturaleza -tanto íntima como externa- de lo que ahí puede oírse. Porque en conjunto, para esos tres discos: “trivial” o “calamitoso” son piropo. ¡Oh excelsa música raída! Al borde del suspiro, en el umbral de la nostalgia postiza y la añoranza de pacotilla. Bisutería harto sentida: “bebimos nuestras lágrimas”.
Fórmulas caducas, moldes ajados, conductas archidesgastadas. Lo escribió Robert Schumann: “No podemos estar repitiendo las mismas fórmulas socorridas”. Y puso el ejemplo.
¡Ah! El influjo de la inspiración paleontológica a la luz de la luna, bajo el cerúleo firmamento nocturno, tachoneado de astros brillantes.
“Estoy preso entre las redes de un teclado”.
¡Qué dicha! Todavía hay compositores que tienen algo qué decirle al corazón. “No como esa música moderna, feyoyota, estridente y discordante, sin melodía, que ha olvidado la emoción y no tiene más que puros sonidos como si estuvieran afinando los instrumentos, porque es muy cerebral”.
Godowski y Tito Mattei ven reivindicados, así, sus lauros e ímprobos esfuerzos; de manera fértil, trascendental. Ante esta andanada de viejóvenes: Malcom Arnold, Lowell Liebermann y Vangelis están de plácemes, a causa de la aparición de los herederos legítimos de Saint-Saëns, Chaminade y Mario Nascimbene.
Para percibirlo basta oír cualquiera entre estas auténticas recitaciones destinadas al piano: albergan una mínima música recalcitrante, ejercicios estériles, fallidos, llenos de delicadeza insípida que se hacen pasar por arabescos exquisitos o apasionadas endechas, en caudalosas espesuras. Ahí un arpegio insulso se desgrana una vez, y otra, y otra y otra, dando lugar a un canto inmarcesible, seudoangelical. Pues no sólo el PRI tiene dinosaurios.
He ahí la prueba patente de cómo la honestidad no siempre es buena consejera. El ser sincero, en este caso, no sirve para nada.
Diría Perogrullo con cautela: “Una cosa es ser conservador… y otra retardatario”.
“Obras jóvenes de la Edad de Piedra”, las llamaba Juan
Carlos Paz.
Por fortuna para ellos, los maquiladores de recetas y fórmulas pueden tener una clientela. De otro modo: ¿cómo explicar este tríptico almibarado, sacarináceo, repleto de melcocha?
De nuevo: He aquí anacronismos unicelulares, dado que se trata de piececitas apenas en estado larvario.
Notable la carencia de ideas. Y menos aún -¡válganos el cielo!- aparece algo tan prescindible como las ideas propias. Se percibe el triunfo de la perseverancia sobre la ausencia de dones o talento.
Para sus autores, ésta constituye la música que habla más allá de sí misma: ominosa y serena; celestial y telúrica; pródiga en nexos con el intérprete y público “normal”.
Así, los meros títulos denotan almas concomitantes: “Nocturno en Mi menor”; “Fantasía nocturnal”; “Atardecer”; “Nocturno ‘Desper-tares’”; “Preludio ‘Armonías del atardecer’”, etcétera.
En 1952, Roberto García Morillo escribía acerca del panorama en Argentina:
“Se descubren en nuestro medio musical fósiles de todas clases (invertebrados, anfibios, reptiles, y hasta alguno que otro microorganismo suelto)”. Las afinidades electivas: en el año 2000 toca el turno a México.
Este artículo pudo haberse llamado así mismo: “Tres (muy) tristes tigres” o bien “A ninguna de las tres”, usufructuando lo ideado por Cabrera Infante o Fernando Calderón.
En resumen: Televisa no tenía un himno. El problema queda solucionado. En la intimidad del servibar.