¿Dónde estaban ayer los críticos de hoy?

Jaime Martínez Veloz

Recuerdo con cierta nostalgia aquellos viejos buenos tiempos en que ser priísta y disentir con la línea presidencial, por ejemplo en asuntos importantes como el conflicto en Chiapas, Fobaproa, UNAM, el programa económico o la política social, causaba la pérdida de amistades, marginalidad y cerraba las posibilidades de aspirar a una carrera política de primer orden. Eran las épocas en que ser crítico dentro del partido equivalía a vivir en el error político.
Después del 2 de julio ya no tiene chiste ni virtud ser priísta y criticar al presidente Zedillo o al excandidato Labastida. Desobedecer una propuesta del CEN del PRI se ha vuelto lugar común. Todos los que hace unas semanas atacaban a Fox y juraban fidelidad al partido, al candidato y al presidente hoy se han vuelto cruzados de la democracia interna. De golpe, priístas cercanos al poder durante largos años exigen distancia del Ejecutivo Federal y dicen que nunca más se acatará la línea de “arriba”. Líderes caducos de un sindicalismo enfermo corren con su escaso capital y su menguada credibilidad y se ofrecen a Fox.
Todo lo que hace el presidente se ha vuelto sospechoso y erróneo. Todo lo que ordena o sugiere la dirección del PRI debe cuestionarse. Se llega al grado de escatimar al presidente Zedillo el gesto republicano de reconocer el triunfo del panista. A Francisco Labastida y a Esteban Moctezuma hoy se les carga la responsabilidad exclusiva de una campaña y el que también hayan reconocido el triunfo de Fox. Se ataca el comportamiento institucional y civilizado de uno a otros.
No obstante, concluyamos que el domingo y la madrugada del lunes las instituciones se comportaron a la altura de su papel histórico. IFE. IEDF, Ejército Nacional, Poder Ejecutivo, Congreso de la Unión, partidos políticos y gobernadores actuaron como debieron. De conservarse este comportamiento en los próximos meses se habrá esfumado el riesgo de la ingobernabilidad. Este comportamiento ciudadano e institucional ha sido un logro de todos los ciudadanos y los partidos políticos, incluido el PRI.
Los nuevos y feroces críticos priístas no podrán, sin embargo, evadir su responsabilidad en la derrota del domingo 2 de julio. ¿Dónde estaban ustedes cuando los tecnócratas del gabinete trataban de disfrazar al Fobaproa? ¿Qué dijeron cuando la línea seguida por el gobierno federal echó por la borda la posibilidad real para alcanzar la paz digna en Chiapas? ¿En qué papel se colocaron cuando la sana distancia prometida pasó a ser una frase decorativa? ¿Cuál fue su discurso cuando la política seguida por casi dos décadas deterioró la política social, abatió la dignidad de la educación pública y tiró a la basura el compromiso que alguna vez tuvimos con las grandes mayorías del país? ¿Qué hicieron cuando la pobreza empezó a crecer como resultado de políticas equivocadas?
En su mayoría guardaron silencio o se disciplinaron. A los que se iban, cansados del acoso o el abandono a nuestra línea histórica, los tachaban de traidores. El aumento del IVA, la venta o liquidación de activos prioritarios, el ni los veo ni los oigo, sólo encontraron acatamiento y sumisión pública. A los que llamamos al cambio se nos tachó de profetas de un desastre que nunca llegaría. Se equivocaron. Finalmente el día, la cita puntual con el destino, llegó. Ni siquiera en medio de convulsiones sociales o políticas. En la derrota del PRI no hubo tragedia. La tranquila actitud de los ciudadanos, esos a los que habíamos prometido y no les cumplimos, nos derrotó. Tragedia no, nuestro declive tiene un tono fársico.
Pero también en esta obra el presidente tiene una responsabilidad inequívoca. Se cerró a las críticas internas y externas y siguió adelante en un proyecto que era claramente impopular. Propició los cambios cosméticos y no apoyó lo suficiente aquellos que nos hubieran permitido cambiar en lo interno y rediseñar una estrategia externa más comprometida con la sociedad mexicana del siglo XXI.
En las semanas y meses siguientes nuestro reto no es ni siquiera ganar el poder sino tan solo sobrevivir. Es decir, refundar el partido, rehacer su organización y definir nuestro espacio ideológico. Todo esto lo perdimos o lo subordinamos a la acción del gobierno federal. La imagen de un Consejo Político enfrentado y en lucha facciosa, ni siquiera de ideas o propuestas, no hace sino desgastarnos más entre nosotros mismos y ante los ojos de los ciudadanos. No hemos sido un partido político. Los próximos días veremos si somos capaces de transformarnos para consolidar nuestro lugar o seremos testigos de un divisionismo que no nos conviene ni a nosotros ni al país. Mientras, todos los priístas somos en alguna medida responsables.
Antes de pensar en reagruparnos alrededor de un caudillo con recursos financieros o poder local, pero sin ideas ni propuestas de futuro, habremos de hacer una autocrítica sin destrucción. Una dura evaluación que asuma responsabilidades, pero que nos aliente a la unidad. Una unidad no como la de antes, que se daba alrededor de la voz presidencial, sino entorno de ideas y planteamientos políticos, se ve difícil pero no imposible.
El 3 de julio nos trajo dos grandes partidos nacionales en crisis, el PRI y el PRD, y una propuesta de derecha que pudo vender a fuerza de ilusiones y palabras altisonantes una idea de cambio sin contenido. Los ciudadanos y ciudadanas olvidaron las contradicciones, a veces groseras, de Fox, dejaron atrás sus calumnias y perdonaron su incultura. A los priístas nos cobraron facturas reales. Ni modo. Ganó Fox, hay que reconocerlo, pero eso no le quita su aire de derecha ni su autoritarismo apenas disimulado. Si los ciudadanos se equivocan, en la democracia tienen la oportunidad de corregir. Esa es nuestra esperanza. Si la alternancia existe, podemos regresar.
Fox tiene ante sí dos caminos: el primero, más obvio y fácil, es apoderarse de los mecanismos del presidencialismo. Un presidente panista con la estructura residual del poder construido por el PRI a lo largo de 71 años. El otro camino es el más difícil: completar la transición en términos de política social, proyecto económico, educación, solución al conflicto de Chiapas, redefinir la soberanía, consolidar la democracia, combatir el narcotráfico y la corrupción gubernamental, llevar adelante una política fiscal justa y equilibrada, fortalecer el municipio, propiciar el desarrollo sustentable y fomentar el federalismo en todos los órdenes, entre otras tareas.
Supongamos sin conceder que Vicente Fox, presidente de la República, tiene este empeño ¿qué requiere para llevarlo a cabo? En primer lugar, un proyecto de cambio real, más allá de frases y gestos populistas. En segundo término, sumar a la sociedad al proceso de transformación. Debe lograr la creación de canales institucionales y sociales de participación y ser capaz de despertar el entusiasmo de ciudadanas y ciudadanos. El cambio debe llegar, por así decirlo, a las calles. En tercer lugar, no perderse en ánimos revanchistas que lo conduzcan a una cacería de brujas efectista, pero peligrosa. En cuarto lugar, gobernar con respeto y tolerancia a las minorías políticas, culturales, étnicas, sexuales. Para ello, tendrá que mantener a raya a muchos cuadros destacados del panismo con vocación de intolerancia. Muchos de ellos tocarán a su puerta ¿les abrirá?
Los operadores políticos que rodean a Fox se debaten entre la ideología gerencial, propia de la vida empresarial, pero impráctica en la cosa pública, y el desgastado discurso de una transición que no supieron ni llevar a cabo en las oportunidades que tuvieron en otros partidos, o en los gobiernos que han tenido bajo su responsabilidad, caso concreto Baja California.