Héctor Aguilar Camín
¿Y ahora, qué?” Así encabezó Proceso su edición especial de las elecciones que terminaron con el régimen presidencial del PRI. La pregunta resume bien las emociones y las dudas que flotan en la vida pública mexicana: euforia de principio de época, incertidumbre de horizonte inédito. La euforia domina todavía el escenario. Hay una ligereza inaugural en los ánimos, un aire de libertad nuevo por la suspensión del hábito nacional llamado PRI.
Después de la euforia, conviene precisar. La elección del 2 de julio inaugura en México la alternancia presidencial, no la vida democrática. Antes de la elección del 2 de julio, partidos distintos del PRI gobernaban ya sobre la mitad de la población. En las elecciones de 1997, la Cámara de Diputados pasó a manos de la oposición, lo mismo que el gobierno de la capital, la ciudad más grande, rica e influyente del país.
“Fin a 71 años de régimen priísta”, dice la prensa internacional. No exactamente. Contra la imagen de un régimen monolítico que se desploma, está la realidad de una transición democrática compleja que se ha ido construyendo, elección tras elección, en la última década. No es un proceso nuevo, aunque sólo sea creíble hoy porque lo valida la alternancia. Subrayo la idea de un proceso porque ayuda a pensar la alternancia en sus términos reales. El nuevo gobierno panista tendrá que desmontar muchas pirámides invisibles del viejo régimen, pero algunas pirámides mayores han sido desmontadas ya.
Algunos ejemplos: la transferencia secreta de dinero del gobierno federal al PRI. La discrecionalidad para asignar partidas presupuestales de la Federación a los estados. La red de empresas públicas, fuente interminable de clientelismo, burocracia y corrupción. Todas esas piezas del viejo régimen han sido alteradas sustancialmente o suprimidas a lo largo de la transición, al tiempo que han surgido una opinión pública y un sistema electoral no controlados por el gobierno. El nuevo poder panista podrá acelerar la limpia de esos establos, pero de ninguna manera será el primero en haber tocado el corazón del viejo régimen. Eso empezaron a hacerlo los modernizadores priístas.
El triunfo del PAN es en buena medida el resultado de la modernización política y económica venida de las entrañas del antiguo régimen. En efecto, los votantes que consagraron la derrota histórica del PRI en las elecciones mexicanas del 2 de julio fueron los votantes del México moderno. Entre más urbana, educada y joven la población más alta la votación por Vicente Fox. Fox obtuvo 60% de los votos de gente con grado universitario (Labastida 22%), y 59% de los votos de estudiantes (Labastida 19%). Fue un voto de hartazgo del pasado y de apuesta por el porvenir.
Los electores votaron por el cambio y la alternancia, por el candidato más mediático y por la continuidad de las reformas modernizadoras, iniciadas hace 20 años por el régimen priísta. Le dieron el triunfo al PAN los hijos de la modernización social de la era del PRI. Los votantes se quedaron con la modernización sembrada por los gobiernos priístas -la democracia en primer término- y votaron contra los lastres de ese mismo PRI: contra la corrupción acumulada, contra los errores de gobierno, contra la retórica vacía, contra el descrédito y el desgaste históricos del viejo régimen.
El PRI pasó a la oposición, no a la desaparición. Obtuvo 35.7% de los votos, contra 42.7 del ganador. Es la segunda fuerza política del país, conserva el poder en 21 de 32 gobiernos regionales y es la primera minoría en el Congreso. Al perder las elecciones, perdió también a su jefe, a la vez patrón y verdugo, el presidente de la República. La hora de su derrota puede ser la hora de su libertad. Un alto priísta describe a su partido en el momento actual como el niño al que le dicen que su padre ha muerto y no quiere aceptarlo. Si el PRI convierte su orfandad en un pleito de tribus, corre el riesgo de licuarse y desaparecer. Si, por el contrario, convierte su pérdida en oportunidad y reconstituye un liderato genuino, será un contendiente de temer en el futuro.
La otra derrota de las elecciones del 2 de julio fue para la izquierda representada por Cuauhtémoc Cárdenas y el PRD (16.5% de los votos). La izquierda ganó otra vez el gobierno de la Ciudad de México, pero perdió todo lo demás. El voto del 2 de julio fue también contra esa izquierda vieja -populista, chovinista y grupuscular- que no ha dado el salto a la modernidad, es decir, que no ha hecho las paces con el mercado y la globalización ni tiene una respuesta constructiva frente a esas realidades. Entre el PRD y el PRI histórico hay una identidad ideológica mayor de lo que suele aceptarse. Es previsible su convergencia en el Congreso, y aún su alianza. El nuevo gobierno puede encontrar en esa convergencia su mayor adversario político.
Un asunto difícil de atender del nuevo laberinto mexicano es que las reformas de apertura y liberalización de la economía las hicieron los presidentes del PRI en alianza con el PAN, cuyo candidato alcanza hoy la Presidencia. El PAN, que es un partido liberal, votó con el gobierno de Salinas todas las reformas constitucionales necesarias. Los priístas apoyaron esas reformas a regañadientes, movidos y hasta obligados por su presidencialismo crónico. Sin la coacción presidencial, los priístas podrían volver a sus trincheras.
Última cuestión: la vida intelectual y periodística de México ha quedado libre de varios estereotipos que facilitaban, hasta nulificar, muchos de sus esfuerzos analíticos. Han acabado de morir nociones como las del eterno dinosaurio priísta, la siniestra maquinaria del partido de Estado, el invencible contubernio PRI-gobierno, la maquiavélica dictadura perfecta. Libre de estos estereotipos, la discusión sobre la vida pública de México vive una hora semejante a la del PRI: la realidad le ha robado las certezas. Se acabaron los lugares comunes, los culpables fáciles, las banderías políticamente correctas, la bienpensante demolición del dinosaurio. ¿Y ahora, qué? pregunta la revista Proceso. Ahora, el campo abierto, la exigente libertad.








