Tolerancia: la virtud que nos falta

Intensos aprendizajes colectivos, los de estos tiempos electorales. Estamos aprendiendo democracia, dicen; mucho aprendimos en las campañas, más el día mismo de la elección y mucho más ahora, al ir asimilando el significado de los hechos y comprendiendo los desafíos de lo que viene.
Los tres momentos mencionados plantearían tareas específicas a una pedagogía de la democracia que, partiendo de los sucesos electorales, fuera permeando la vida cotidiana y edificando aquella “democracia como forma de vida” de que habla el artículo tercero de la Constitución.
Virtudes específicas requería el primer momento, el de las campañas, en las que debieron brillar el sentido de equidad y la civilidad, pero no podemos afirmar que ya sepamos competir; esas virtudes estuvieron notoriamente ausentes sobre todo en las tres semanas que antecedieron al 2 de julio. Mejores calificaciones obtuvimos en el segundo momento, el día de la votación, respecto de las virtudes requeridas: el cumplimiento de la obligación de sufragar, el desempeño de medio millón de ciudadanos que se responsabilizaron del proceso, la disciplina, el respeto a las reglas; pero la limpieza del voto mayoritario no debe hacernos olvidar las numerosas irregularidades en las zonas rurales en las que reapareció la cultura política tradicional. Y virtudes muy concretas requerirá el tercer momento que estamos empezando a vivir, y que son fundamentalmente dos: saber perder y saber ganar. La primera implica reconocer la derrota y aceptar la justicia del veredicto sin caer por ello en la autodenigración y el desaliento; implica también aceptar colaborar con quien ganó, no por oportunismo, sino por sentido del bien colectivo. Ya tenemos ejemplos de los dos extremos que hay que evitar: la directiva nacional del PRD declaró que rechaza “la tentación de colaborar con el gobierno de Vicente Fox para no darle la coartada de un régimen plural”, y el líder ferrocarrilero Víctor Flores, miembro del bronx priísta, acudió raudo y veloz a un personal besamanos con Vicente Fox, con notorio servilismo. La otra virtud, la de saber ganar, es bastante más difícil: supone magnanimidad, capacidad de perdonar y la indefinible humildad. En estos días seguiremos presenciando las reacciones de perdedores y ganadores y esclareciendo nuestros propios comportamientos.
Pero hay una virtud mayor en el aprendizaje de la democracia, que atraviesa los tres momentos y los trasciende, y sobre la cual conviene examinarnos con mayor detenimiento: la tolerancia. Aunque el término es desafortunado (según el diccionario, tolerar significa soportar lo que nos repugna, y una sociedad democrática no puede consistir en que todos nos aguantemos nuestras antipatías respecto a todos), utilicémoslo por ser un concepto político establecido. Aprender tolerancia significa saber convivir constructivamente con “el otro”, con los que piensan diferente; es una cualidad indispensable en una sociedad dividida por diferencias religiosas, morales, étnicas y culturales, y también políticas; sin ella, no funciona la democracia.
Es difícil determinar si en estas elecciones avanzamos, y cuánto, en el aprendizaje de la tolerancia política. Las reacciones de alegría por los resultados de la elección de quienes no votaron por quien ganó, indicarían que avanzamos. Otros hechos indicarían lo contrario: el sectarismo de algunos partidos que recurrieron al denuesto personal y a la calumnia del adversario, la manipulación tramposa de las encuestas o el fanatismo con que algunos cardenistas condenaron el voto útil por Fox, calificándolo de apostasía. Por otra parte, apenas en estos días empezamos a entender que los partidos políticos y los ciudadanos debemos asumir funciones distintas después de una elección; de la competencia, pasar a la colaboración que reclama el bien del país.
El aprendizaje de la tolerancia es un problema educativo difícil al que apenas nos estamos asomando. Los programas de estudio y libros de texto de civismo abundan en exhortaciones a ser tolerantes y respetar la diversidad, tanto la religiosa y política, como la sexual, étnica y cultural; es un principio. Pero a la luz del nuevo futuro, que ya empezó, encontramos esos libros de texto demasiado abstractos; se quedan en enunciados; no parece haber conciencia de la problemática psicológica y cultural que plantea la asimilación de la tolerancia en un país como el nuestro, y han de ser muy pocos los maestros que hayan profundizado en las dificultades de esta peculiar pedagogía. Pero el problema rebasa el ámbito escolar, todos los adultos tenemos que aprender tolerancia.
Cada mexicano tiene su historia personal de intolerancia política, entretejida con otras intolerancias. Con pocas excepciones y en grados diversos fue educado en una visión de la vida política nacional que excluía a las demás y, probablemente, las anatematizaba; a través del tiempo y en contacto con sus grupos de referencia, definió su opción; instintivamente fue seleccionando su información a través del filtro de sus preferencias, formuló su credo, definió lealtades y así fue a votar en cada elección, según sus convicciones. Probablemente nunca se preguntó por el origen de sus juicios y la construcción de sus prejuicios ni reparó en los condicionamientos familiares y sociales de su opción, tampoco se preocupó por dialogar sinceramente con quienes pensaban diferente con afán de comprenderlos; y muy pocos han de haber reflexionado sobre la relatividad de sus posiciones políticas. A muchos la convivencia plural los ha acercado a la tolerancia, pero es probable que la mayoría, no sólo los militantes partidistas, persisten en reafirmar su propia posición sin mayor reflexión ni cuestionamiento, no han aprendido a sospechar de sí mismos.
Resumamos en cuatro pasos el aprendizaje de la tolerancia política.
El primero, consistiría en reconocer las propias intolerancias, comprender cómo hemos construido los juicios y prejuicios que guían nuestras opciones y relativizar estas opciones reduciéndolas a su justa dimensión; no son opciones sobre valores absolutos ni consecuencias lógicas ineludibles de éstos, sino se ubican en la amplia zona de lo opinable y están sujetas a múltiples condicionamientos personales y grupales de los que convendría tomar conciencia. Hecho este examen introspectivo, el segundo paso sería abordar al “diferente” en diálogo directo para comprender por qué piensa como piensa y en qué argumentos y valoraciones sustenta su posición. Es probable que en ese diálogo se desmoronen los estereotipos y se descubran puntos de coincidencia y aun oportunidades de colaboración. El tercer paso, consistiría en enfatizar lo que une en vez de lo que divide, sentando las bases para una convivencia solidaria y constructiva que vaya más allá de la estricta “tolerancia”. Y un cuarto paso, debiera ser el aprendizaje de la negociación: saber hacer transacciones, ceder algo para ganar algo, aceptar que no se puede ganar todo y siempre, es esencial en una sociedad compuesta por grupos que sostienen posiciones políticas diferentes, no sólo los políticos profesionales, sino todos los ciudadanos -incluyendo directivos del CGH y otros intransigentes- tenemos que aprender a negociar nuestros intereses, no hay otra fórmula para vivir en paz.
Cada uno de estos pasos, aquí esquematizados, entraña resistencias psicológicas, y en su proyección colectiva todos ellos implican transformaciones graduales de la cultura política nacional. Los mexicanos de hoy tenemos que decidirnos a recorrerlos; sabiendo, además, que la intolerancia política es sólo un reflejo de otras que nos son connaturales, cuyo foco es, sin duda, la intolerancia religiosa, la cual tiene una problemática más compleja por arraigarse no en la zona de lo opinable sino en la de los valores que las personas solemos considerar como absolutos.
Los signos de los tiempos, el futuro que acaba de comenzar, nos urgen a aprender a ser tolerantes: la distribución de los sufragios en las diversas opciones, el gobierno plural que promete Fox, la composición diferenciada del Congreso de la Unión, todo patentiza que somos una sociedad políticamente dividida. ¿Cómo haremos para construir juntos? ¿Cómo haremos para vivir en paz?