Juan José Hinojosa
La derrota provocó entre los priístas una franca y abierta rebelión contra el presidente Zedillo. Desapareció el lenguaje zalamero, “lambiscón” en la mexicanísima versión mexicana y los reproches abundaron. En la cúpula del partido, Bartlett y Madrazo, los derrotados por Labastida en la elección interna para elegir candidato, abrieron fuego sin reservas ni limitaciones.
En el caso de Bartlett, el reproche fue implacable: “No aceptemos ser el cabús del PAN. Dulce no es la responsable de la derrota, entre otras cosas la derrota se la debemos al Fobaproa. Y en esta coyuntura el presidente no debe mandar ni un minuto más. Asumamos nuestra responsabilidad. Hablemos con sinceridad. Contar aquí mentiras sería una regresión imperdonable. Todo este sexenio, el presidente ha mandado en el PRI. Él influyó y determinó nuestros procesos. Él perdió su capacidad de conducción. Ha dejado de ser el líder moral”.
Vicente Fuentes Díaz añade: “El presidente Zedillo se equivocó el domingo”. Morelos Jaime Canseco señala: “A partir de ahora, Ernesto Zedillo es un militante más”. En la crónica de La Jornada se destaca la respuesta de “un militante más”: “Oye mano, no ha sido ni priísta”. Emilio Gamboa quiso hacer el último intento y abogó por la renuncia del CEN: “Es urgente que llegue un nuevo grupo a dirigir. Debemos estar unidos para detener a la ultraderecha, de lo contrario nos arrepentiremos”. Bartlett en una nueva intervención, le responde: “Tan estamos de acuerdo en preservar la unidad, que no debemos permitir que el CEN renuncie. Hay que ir a un proceso amplio, democrático y abierto para lograr un liderazgo real. Basta ya de liderazgos ficticios”.
El gobernador de Tabasco, Roberto Madrazo, el otro perdedor frente a Labastida en las elecciones internas, no asistió a la reunión, pero envió una carta en la que señaló sus puntos de vista: “Sería muy grave resolver las tareas delicadas de hoy con las agotadas recetas e instrumentos de ayer, y más grave aún imponerle a las nuevas formas los viejos contenidos. Tengo la impresión de que los grupos más conservadores de nuestro partido no han comprendido ni las razones ni la magnitud del fracaso del 2 de julio. Allí en las urnas nuestra militancia nos presentó la cuenta acumulada de los errores históricos, de la simulación y de la soberbia; pero, sobre todo, de la reiterada cancelación de muchos intentos de reforma democrática”.
En el denominador común, la derrota lleva al PRI a realizar un examen de conciencia y, en el desenlace, a la decisión de sacudirse 71 años de sumisión al presidente de la República, a quien durante tan prolongado tiempo le dieron el título de primer priísta. La relación fue más allá de la sumisión; desde el partido se prodigaban los elogios chorreantes de cursilería, leche y miel. La ceremonia imperial del informe daba ocasión para que el presidente en turno de la Cámara de Diputados bañara al Ejecutivo con perfumes baratos de mal gusto y de peor olor. Si López Portillo expropiaba los bancos, lo aplaudían hasta el delirio; si Salinas de Gortari los reprivatizaba, el “aplausómetro” llegaba hasta el límite máximo del registro; si el presidente Alemán sonreía, la sonrisa era mágica y casi celestial; si Ruiz Cortines se refugiaba en la austeridad, resultaba discípulo de Juárez el impasible; si Díaz Ordaz mataba estudiantes, o Echeverría guardaba un minuto de silencio por los mártires del 2 de octubre, el PRI aplaudía por igual el asesinato a mansalva o el remordimiento llorón, hipócrita y tardío; si Salinas de Gortari llevaba la economía a las crestas de la modernidad y Zedillo descubría dos semanas posteriores a la investidura que enfrentábamos la peor de las crisis en la historia de las crisis sexenales, se aplaudía con la misma intensidad al profeta de la gloria o al descubridor del desastre.
El presidente en turno nombraba y removía a los cuadros cupulares, imponía al sucesor en la monstruosa ceremonia del “destape”, “palomeaba” las listas para gobernadores, diputados, senadores, y la respuesta de los priístas era invariable, la sumisión, la aceptación irrestricta, el ave César; si el primer priísta de la República repartía la tierra entre los ejidatarios, el PRI lo comparaba con Zapata; si modificaba la Constitución para frenar o regular el reparto agrario o devolver al ejidatario la posesión de la parcela, lo llamaban profeta de la modernidad.
Y así, a través de 71 años y un diluvio de presidentes, el PRI fue siempre, invariable, momificado, el campanero para mantener las campanas al vuelo como música de fondo para entonar, todos los días, los sexenios, las décadas, tres cuartos de siglo, la gloria del emperador.
México cambió, no fue el cambio providencial o milagrero ni consecuencia del caudillo profetista montada sobre un caballo blanco, fue el fruto maduro de una tarea perseverante, pacificadora, ordenada, generosa para conquistar a fuerza de votos la democratización de México. El avance fue lento y consistente. El PRI fue perdiendo espacios de poder, se rompió el monolito, las oposiciones lograron gobernar a 50% de los mexicanos y en el desenlace largamente esperado, el 2 de julio, le quitó al PRI la tenencia patrimonialista de la Presidencia de la República.
Frente a la derrota, las mitologías fueron dinamitadas. Zedillo dejó de ser el primer priísta de la República. La tradición del “Presidente Dios”, así con mayúsculas como lo ordena la liturgia imperial, quedó reducida a escombros. Los priístas, ya muy menguados, reclaman derechos que nunca ejercieron, cambian el lenguaje, de la zalamería lambiscona al reproche abierto, “el presidente”, ahora con minúscula, no debe mandar un minuto más, ha dejado de ser el líder moral, perdió su capacidad de conducción, “ni priísta ha sido”.
En contrapartida, el PRI perdió, para siempre, el techo amparador del primer priísta que prodigaba en la clandestinidad favores, complicidades, privilegios metaconstitucionales, destapes, palomeos, apapachos, distribución de panes que al pueblo pertenecen, chambas jugosas, dedazos. Deja de ser el partido de Estado, el brazo ejecutor de los edictos imperiales para convertirse en el partido político que, en la intemperie, sin tutorías inmorales, ilegales, que ofendieron la dignidad ciudadana, tendrá que disputar el voto del pueblo.
En la disputa interna del PRI, en “la rebelión”, México será el ganador. Nace un nuevo partido; nombre, siglas, distintivo son anecdóticos. Ya lo apunta Madrazo: “Se trata de reconstruir nuestra organización para convertirla, desde la oposición, en una nueva alternativa de gobierno, creíble y viable, con una renovada y amplia base de soporte social, y sobre todo, con ánimos y hechos de democracia”.
Nunca es tarde para encontrar el camino de Damasco. Es deseable que el PRI lo encuentre para sumarse, hoy desde la oposición, a la tarea de fortalecer y madurar esta democracia cada día más promisoria y más cercana.








