El síndrome teresiano

Carlos Castillo Peraza

Sexenio tras sexenio, el PRI practicó un feroz canibalismo contra el presidente saliente y buena parte del equipo que se iba con él y con su música a otra parte. La seguridad de que ganaría la elección presidencial del modo que fuese, le permitía ese juego de la ruptura verbal que era la máscara de la continuidad real. El partido, sus dirigentes y su candidato podían hacer trizas al dios sexenal que ellos mismos habían adorado hasta la ignominia. Después de un lapso razonable, la divinidad herida volvía a los altares secundarios del panteón tricolor, moría en paz y sin penurias y tenía garantizadas algunas loas anuales ante su tumba, así como una dotación razonable de calles y escuelas con su nombre, y hasta una que otra estatua en su tierra natal o en la de aquéllos a los que más había beneficiado.
Tal vez, al inicio de la campaña que terminó el 2 de julio, el PRI no cayó en la cuenta -o no quiso reconocer- que en esta ocasión podía perder la elección de elecciones. Sólo así puede explicarse que su candidato y todo el partido hubieran escogido el lema y el tema del “cambio con rumbo” como uno de los ejes mayores de su discurso de contienda. Jugaron el juego del pasado. “Cambio”, evidentemente, no podía referirse más que al doctor Zedillo Ponce de León y las políticas públicas diseñadas y ejecutadas entre 1994 y 2000. Pero resulta que el presidente postrimero estaba, al mismo tiempo, recibiendo de los mexicanos una alta calificación. Y que la elección podía perderse como, finalmente, acaeció. ¿Por qué hacer del cambio, de la ruptura, un tema de campaña? ¿No se daban así argumentos a los partidos distintos del PRI? Por supuesto que no fue Labastida Ochoa el único ni el iniciador del asunto. Ya Roberto Madrazo, Humberto Roque y Manuel Bartlett habían hecho de esa crítica el “rollo” de sus respectivas campañas contra Labastida, dibujado por los tres como el candidato de Zedillo.
A mayor abundamiento, el tema del cambio era el de Vicente Fox Quesada, es decir, el de la fuerza más importante de la oposición en liza. No podía el PRI ser más “cambista” que el panista. Así, mitigó el ataque hablando de “cambio con rumbo” que, finalmente, es un cambio amortiguado, mucho menos seductor que el cambio a secas, sin adjetivos, propuesto por el PAN y, mucho menos, creíble que ése, visto que el candidato priísta había sido miembro destacado del equipo de Zedillo. El juego de la ruptura no funcionó. Ya había fracasado en Chihuahua cuando el candidato panista Galindo hizo de la crítica a Francisco Barrio el tema de su campaña; y también en Aguascalientes, donde el priísta Olivares ejecutó una operación análoga en relación con su colega Otto Granados. Tanto Galindo cuanto Olivares perdieron por distanciarse de sus respectivos compañeros de partido, Barrio y Granados, bien calificados, por cierto, por sus conciudadanos. Y es que si el compañero critica al compañero, le da  razón, penetración, credibilidad y fuerza a los argumentos de los adversarios de los dos.
Dejemos de lado la operación “nuevo PRI”, cuyo inmediato aborto fue público y notorio, además de otro error discursivo y propagandístico, dado que de inmediato resultaban visibles los rostros del PRI más viejo en torno de Labastida Ochoa.
Concentrémonos en el inmediato antisalinismo desplegado por Labastida Ochoa en cuanto consiguió la candidatura de su partido. Tampoco fue él quien inició el guillotinamiento de Carlos Salinas de Gortari. Su partido la emprendió contra el expresidente, a troche y moche, desde que constató que aquél carecía de fuerza y medios para defenderse. Cinco años dedicó el PRI a demoler a quien fuera su amo y señor, obedecido sin chistar por sus huestes, salvo liliputienses excepciones. Los priístas gozaron más de su propio festín, en la medida que adversarios y medios de información magnificaban la operación destructiva de uno de ellos mismos. Pero el antisalinismo era el tema de Cuauhtémoc Cárdenas y sus acólitos. No podían el PRI ni Labastida Ochoa ser más antisalinistas que los negroamarillos. Pero, como en el caso del cambio foxista, sí fortalecían el discurso de su otro contendiente. Les daban la razón al PAN y al PRD, pero tibia y a veces hasta vergonzantemente. El doble canibalismo fue terriblemente dañino a Labastida Ochoa y al PRI, que se convirtieron en los críticos principales del priísmo y de los gobiernos priístas, lo que, reiteramos, daba la razón a sus competidores y permitían a éstos ser todavía más radicales y convincentes que ellos.
No tomaron en cuenta, pues, que podían perder y repitieron el juego de subir sobre los cadáveres de sus propios compañeros, creyendo que el triunfo estaba seguro y que después montarían, si bien las cantaba, las necesarias o convenientes “operaciones cicatriz”. Si la competencia era cerrada, como desde el principio se vio, debieron guardarse sus facturas internas para después de lograr la victoria, gracias a la unidad. Multiplicaron a los enemigos dentro y los derrotaron los enemigos de fuera. Olvidaron la añosa y sabia advertencia evangélica en el sentido de que “todo reino dividido contra sí mismo perece y muere”. Y de Salinas podrán seguir haciendo leña, porque la embestida contra éste encontrará siempre eco en los adversarios del PRI. Pero de Zedillo -que reconoció de inmediato la victoria de Fox y se convirtió así en estadista y demócrata para la oposición-, no podrán hacer lo mismo: no encontrarán resonancia ni simpatías ni sonrisas ni titulares periodísticos que aviven tal llama. Por eso, a puertas cerradas, murmuran contra el presidente en una suma patológica de frustración y resentimiento sin altoparlantes. Místicos sin Dios, o cuyo único Dios es el poder, enzarzados en su derrota y sus querellas domésticas, padecen sin gozo alguno el síndrome teresiano del “vivo sin vivir en mí” y del “muero porque no muero”. Doña Dulce María Sauri de Sierra, que hizo la preparatoria bajo la tutela de las hijas de la santa de Ávila, seguramente entiende esto. O podría entenderlo, al menos, para encabezar la reorganización del PRI al que ¿llevó o dejó llevar? a la debacle más descomunal de su historia. Tal vez en este momento, los que festejaron la victoria pírrica de los “candados” se estén arrepintiendo en secreto. Quizá el doctor Zedillo Ponce de León esté pensando, entre priísta triste y presidente ayer humillado y hoy regocijado, que si hubiera podido poner a su candidato, otro gallo habría cantado.
La forma en que el PRI ha enfrentado -hasta el momento de escribir estas líneas- los resultados del 2 de julio muestra, además, que no estaba preparado para perder o, dicho de otro modo, que no tenía bien arraigada en su cultura la idea, las normas y las actitudes de la democracia. Labastida Ochoa, al menos, tuvo la gallardía de poner la cara propia y decir el nombre del ganador cuando los números ya gritaban la victoria de Fox Quesada. (Cárdenas puso la cara, pero no dijo el nombre: su priísmo es más mezquino, quizá en la medida que su fracaso fue más estrepitoso que el de sus compañeros y cómplices de antaño.)
Sin embargo, a pesar de la catástrofe que es la pérdida de la Presidencia para un partido megapresidencialista, el PRI conserva un número relevante y decisivo de diputados federales y de senadores. También una variopinta, desigual y más bien dinosáurica nebulosa de gobernadores, alcaldes, diputados locales y cuadros partidistas. Tiene, para ser precisos, una abundante materia para emprender su redefinición y su reconstrucción. Pero no logrará ni la una ni la otra si se dedica a la antropofagia post mortem ad electorem, ni si cree que, ejerciendo una oposición irracional -la que llevó finalmente al naufragio al PRD- galvanizará a sus tropas y recuperará a sus electores.
Un día, de viejos panistas, aprendí que no había que vociferar “¡Muera el PRI!”, sino luchar para crear las condiciones que obligaran al PRI a ser y a comportarse como un partido político verdadero. Me enseñaron que el PRI era algo importante en la vida nacional y que sólo podría seguirlo siendo si dejaba de ser partido-gobierno-Estado, para ingresar a la competencia política en condiciones semejantes a las de los otros partidos. Lo sigo sosteniendo. Y creo que la coyuntura actual puede favorecer una resurrección digna y una existencia normal, democrática, equitativa y capaz de conseguir victorias sin fraude y de asumir derrotas sin amargas y vindicativas soberbias. Bastaría que los que hoy encabezan al PRI fueran capaces de olvidar sus rencillas y ponerse a pensar qué debe ser y cómo debe organizarse un partido en un México cuya sociedad ya no tolera las prácticas antidemocráticas (esto vale también para el PRD), ni la prepotencia ni el “mayoriteo” ni las mañas en los comicios ni  los trucos de quien desde el poder podía abusar de quienes no lo tenían, incluso priístas.
No sé si puedan arrostrar tan grande e importante reto. Hasta donde se ve, no han podido. Es una lástima. Se dirá que en los pecados de 71 años llevan la penitencia. Es exacto. Pero nadie podrá, sensata y democráticamente, negar que sería bueno para el país que pudieran. Si no pueden, ahora sí, la culpa será sólo de ellos. El futuro será de otros.