Una de las diferencias esenciales entre la revolución de 1910 y las dos anteriores, es la presencia emergente de una nueva clase: el proletariado.
Ni en la independencia, ni en la Reforma, existen síntomas de las aspiraciones y la capacidad de acción autónoma de una clase obrera urbana industrial. En los años 1910-1920 en cambio, aparecen con toda nitidez. Aun cuando no constituyen un factor decisivo en las luchas por la hegemonía y el poder, los obreros condicionan los actos de los principales actores del drama revolucionario.
Durante el porfiriato, México conoció una primera minirrevolución industrial. Su aspecto más impresionante es el desarrollo de los ferrocarriles. En 1876, el país sólo contaba con 640 Kms. de vías férreas, mientras que en 1910, estas alcanzaban la cifra de 19,280. Zonas antes completamente aisladas unas de las otras, quedaron unidas por camiones de hierro que superaron obstáculos geográficos considerados durante siglos, como invencibles. Sólo la península se mantenía al margen del proceso cada vez más acelerado de integración del mercado nacional.
En los mismos años, la producción industrial se duplicó. A principios del siglo XX, el censo registraba más de cinco mil empresas industriales, sin incluir los talleres industriales. Entre ellas había tres químicas, dos fábricas de zapatos, ocho de cementos, veintiuna de fierro y acero, treinta y siete plantas cerveceras, nueve de municiones y cuatro que producían pinturas. En Orizaba, surgieron fábricas textiles que por su tamaño y maquinaria eran comparables a las más modernas del mundo. Los ingenios azucareros de Morelos, competían con los de Puerto Rico y Hawai. Después de la Nueva legislación minera de los años 1884-1886, que renunciaba a la propiedad de la nación sobre el subsuelo y otorgaba importantes exenciones fiscales el capital extranjero fluyó masivamente hacia las industrias extractivas. La faz de la nación estaba cambiando. El Norte, antes solitario y atrasado, impulsado por la expansión de la red ferrocarrilera, la minería y la exportación de ganado y algodón, crecía a un ritmo mucho más acelerado que el resto del país. Todo eso entrañaba inevitablemente el desarrollo acelerado de una clase obrera industrial.
Sin embargo, no sabemos mucho acerca de ella. Las preguntas acerca de su cuantía, origen, ramas de concentración, formas de vida y mentalidad, siguen todavía sin respuestas satisfactorias. Los trabajadores ocupados en la industria manufacturera, minería, construcción, gas, electricidad, petróleo y transportes representaban alrededor del 16% de la fuerza de trabajo, pero no todos eran obreros. Rodney Anderson (Mexican industrial workers 1906-1911) calculaba que en 1895 los ocupados en el sector industrial moderno representaban el 2% del total de la fuerza de trabajo y hacia 1910, su porcentaje había ascendido al 6%.
Bajo el régimen porfiriano, el número de los artesanos tradicionales se redujo y el de los obreros industriales, aumentó. Como puede verse, estos datos globales –los únicos con los que contamos– no dicen mucho acerca de la estructura social de la nueva clase y su peso en el seno de la nación pero constituyen una marca indeleble de su creciente presencia.
Según García Cantú (El socialismo en México, Siglo XXI) la primera organización obrera surgió en 1850, en Guadalajara. Pero se trata de un caso aislado, las sociedades mutualistas no comenzaron a multiplicarse, sino quince años más tarde y eso entre los artesanos: zapateros, sastres y carpinteros. La mayoría de ellas sólo se proponían promover el bienestar de sus miembros por medio del establecimiento de servicio médico colectivo, fondos de desempleo y retiro, cursos para adultos y librerías. Pero una minoría cada vez más activa, veía en ellas un instrumento en la lucha contra el capitalismo. Las primeras huelgas se produjeron en 1865 cerca de la ciudad de México, durante el gobierno de Maximiliano.
La década de los setenta fue muy fructífera en el desarrollo de las organizaciones obreras y artesanales. En 1870, se formó en la ciudad de México, el Gran Círculo de Obreros de México que se propuso formar una organización nacional. Cinco años más tarde contaba con veintiocho ramales en doce estados, incluyendo las más importantes fábricas de textiles y muchos artesanos.
En 1883, después de una ola de represiones, el gobierno federal clausuró el Gran Círculo. Con ello, terminaba el período mutualista del movimiento obrero. Las mutualidades que sobrevivieron, se redujeron a actividades de crédito y seguridad social para sus miembros.
La década de los ochenta, fue muy difícil. Varias ramas industriales estaban estancadas y los patrones reducían los salarios o aumentaban las cuotas de producción para mantener sus tasas de ganancias. La mayoría de las cincuenta huelgas que se produjeron entre 1881 y 1889 se oponían a esas medidas. Pero se trataba de luchas desconectadas, sin coordinación nacional.
Pese a la prosperidad de los noventa, la actividad huelguística se mantuvo casi al mismo nivel que en la década anterior, pero las causas de los conflictos cambiaron. De las cuarenta y cuatro huelgas registradas en ese período, diecinueve fueron en la industria textil y once en los ferrocarriles, las ramas más dinámicas de la economía.
La sustitución del mutualismo por el sindicalismo, representaba un importante avance, pero durante veinte años, los esfuerzos para crear una organización nacional, fracasaron. A principios del siglo XX, la opinión pública casi no abordaba los problemas obreros y la mayoría de los observadores extranjeros consideraban al proletariado mexicano como un conglomerado dócil y sumiso. Sin embargo, este estado de complacencia terminó abruptamente a mediados de la primera década del siglo. Se produjeron sucesos que demostraban que bajo su apariencia plácida, la nueva clase acumulaba energías que sólo esperaban la ocasión propicia para manifestarse.








