Héctor Rivera J.
Los amantes de María (Maria’s lovers), película norteamericana dirigida por Andrei Mijalkov Konchalovski (1984) e interpretada por Nastassja Kinski, John Savage.
Amame menos, le dice María (Nastassja Kinski) a su amantísimo marido, el recién repatriado combatiente de la Segunda Guerra Mundial (John Savage), atormentado por la impotencia sexual en Los Amantes de María, la primera película norteamericana del soviético Andrei Miajalkov Konchalovski (El primer maestro, Romanza de enamorados, Siberiada).
Impotencia selectiva que le impide consumar, transitoriamente, su matrimonio al protagonista de lo que se inicia como un drama psicoanalítico para desembocar en una reflexión pálida y distanciada sobre el hombre y la mujer enfrentados a la intensidad del amor. Ciertamente, asumida Los amantes de María como un simple drama psicológico que se vertebra a partir de tres momentos sustanciales del relato de Mijalkov –uno de los más importantes cineastas soviéticos de la relativamente nueva hornada, al lado de Andrei Tarkovski, Gleb Panfilov y Nikita Mijalkov–: su punto de partida, con escenas de combatientes entrevistados por psiquiatras militares, extraídas del documental de John Huston Let there be light (1945), que se enlazan con la imagen de Ivan Bibic manifestando su voluntad de regresar a casa; la narración por éste de su experiencia traumática en un campo japonés de prisiones, asociada con sus fantasías eróticas con María; y la descripción del sueño que libera del trauma al joven exsoldado, el resultado parecería demasiado esquemático y casi banal. El esfuerzo narrativo de Mijalkov, cuyo discurso se estructura fragmentariamente, entrecortado, busca en efecto mayores profundidades.
Personajes que se desmontan como imperfectas maquinarias sentimentales, huyendo de la luz y buscando sus reflejos en la intimidad o enfrentándose a ella como a la autodevaluación y a la vergüenza en su contexto sociodoméstico de comunidad yugoslava en el exilio sureño norteamericano, los de Los amantes de María, que viven su vida abreviada, pueblerina, públicamente agónica e intensamente solitaria, van adaptando dolorosamente su amor profundo a esa suerte de invalidez, de mutilación, de castración: de ruptura con el placer. Y van rehaciéndole al mismo tiempo, sin que su amor se atrofie para ser, al final, después de hacerse pedazos y conocerse en trozos, otros y los mismos.
El drama psicológico, la solución psicoanalítica pueden ser sólo la coartada que permita narrar, con sobriedad y delicadeza al lado de la audacia vista con naturalidad, una novelesca historia de amor llevada poéticamente a los más románticos extremos: enamorado de María, Iván renuncia a ella en favor de su anodino pero viril pretendiente; enamorada de Iván, María entrega su virginal inocencia a un pobrediablesco seductor profesional (Keith Carradine). Mientras tanto, no sólo los símbolos fálicos acechan: en el lejano rastro a donde Iván ha llegado huyendo de su impotencia, el corazón de una bestia sacrificada late aún vivo ante sus ojos. Es tiempo de volver, de recuperar el placer del amor.
Y es cierto, poco importa aquí si el hilo dramático se adelgaza tanto en ocasiones que parece romperse, o si flaquea de pronto la consistencia de un discurso que se empaña en hurgar, abajo de la pasión y la lujuria, en las entrañas del alma, en la esencia del amor: hay que ver cómo lo emprende un cineasta con la sensibilidad y la capacidad de Andrei Mijalkov.








