Mas allá de nuestras fronteras

El temor a un futuro de violencia y caos ha sido uno de los espantajos esgrimidos por la derechos para tratar de convencer a la gente de que apoye la opción de la permanencia en los momentos en que un cambio social se vislumbra. Lo usó Giscard D’Estaing en su campaña electoral contra Mitterrand. Uno voto a los socialistas se hizo aparecer como un voto a la inestabilidad, el desorden, el derrumbe de la sociedad francesa. En Chile la democracia cristiana lo manejó para oponerse a la toma del poder gubernamental por la Unidad Popular.
El argumento funciona con la pequeña burguesía temerosa, incapaz de arriesgar sus pocos privilegios. Sin embargo es una táctica que, al menos en los casos mencionados, probó su ineficacia. Entre los trabajadores, las miserias de un presente sombrío bien pueden apostarse contra un posible futuro mejor, aunque el tránsito hacia éste sea arduo. Además de chantajista, un método propagandístico de ese tipo es muy pobre. Lo único que promete es más de lo mismo y un valladar a la violencia. Con todo, sigue usándose.
La semana pasada RTC difundió por todos los canales de televisión, en diferentes días y horarios, un programa titulado Más allá de nuestra fronteras. Lo anunció profusamente en los diarios como emisión “especial”.
La sequía y la hambruna en Africa fueron presentadas por medio de imágenes desgarradoras de niños y mujeres desnutridos, enfermos o a punto de morir. La insalubridad, el hacinamiento, la mendicidad se destacaron a través del ojo de una cámara indiscreta e irrespetuosa. La cancelación de las posibilidades del desarrollo fueron mostradas. La guerra en los países centroamericanos constituyó otra parte del programa. Los combatientes en las calles, casi todos jovencitos o niños. El éxodo de la población civil. Paneo y acercamientos morbosos a los cadáveres, a los heridos. Los estallidos de bombas, el derrumbe de casas, torres de electricidad, fábricas, escuelas, hospitales.
Siguieron escenas de lo que suponemos Medio Oriente. Los guerrilleros, la lucha callejera y solitaria de los francotiradores, las ciudades semi-destruidas. La desesperanza en la cara de las mujeres sobrevivientes. En suma, un desfile de horrores, un enlace de cuadros de violencia, dolor y muerte.
Acompañando a las imágenes una voz en off explica: “la guerrilla, el terrorismo llevan a que los niños abandonen las escuelas, los campesinos sus tierras de labor, los obreros las fábricas. La destrucción que trae la guerra cuesta miles de millones de dólares. Son destruidos caminos, fuentes de energía; la producción se detiene, sufre el comercio, se paraliza la industria. Se victima a miles de inocentes”. Y otros textos del mismo tenor. Ni una palabra sobre el origen de los conflictos, los participantes en las contiendas, sus objetivos. Tampoco sobre la génesis de tanta miseria presentada en la pantalla de manera tan cruda. Nada. Sólo el relato de los hechos. Todo ello para espetarnos al final el mensaje: lo que vemos sucede “más allá de nuestras fronteras”.
El caos terrible que hemos visto no nos toca porque nosotros no vivimos guerra o hambre. Este país es maravilloso; nuestras dificultades son mínimas Saldremos de la crisis. Esta pieza televisiva se deba nada menos que al maestro del estilo amarillista en la pantalla casera mexicana: Juan Ruiz Healy.
RTC pone en manos de un conspicuo realizador de Televisa el manejo de los medios de persuasión del Estado. Acepta que sean los planteamientos típicos de la derecha los que formen parte central de su mensaje. Abandona las razones para apostar todo a favor del chantaje moral y el miedo. Y así busca recuperar el apoyo que la crisis y el tratamiento gubernamental de la misma le han hecho perder.
Más allá de nuestras fronteras constituye otra prueba de que las formas de comunicación desarrolladas por la televisión comercial se acercan cada vez más al ideal que persigue el gobierno. Si ni siquiera en los matices hay ya diferencias ideológicas, RTC está en lo correcto. Por esa línea Televisa lo hace mucho mejor.