Juan Gabriel publicara su propio libro para desmentir las calumnias del libelo: “me quisieron chantajear”

Carlos Marín

Con 30 años apenas y un éxito popular sin paralelo en el medio artístico, Juan Gabriel parece no escuchar las fases de la estrategia que sus representantes han formulado para contrarrestar el libelo difamatorio que un sedicente “exsecretario” suyo ha puesto en circulación.
En torno de una gran mesa ejecutiva de cristal, en el despacho de su abogado, Juan Gabriel apenas asiente o responde con monosílabos a las propuestas y comentarios que se le dirigen.
–Lo de Alarma no tiene nombre…
La editan los mismos de Impacto…
–Viven de truculencias y cazan homosexuales.
–Pero Alarma tiene mucha penetración…
–Hay que hacer un libro tuyo, con tu vida, Alberto, Un libro que llegue al mismo público al que llegan éstas.
–Pero que sea un libro barato, que cualquiera pueda comprar… Dos o trescientos pesos.
–Sí. Que conozcan la realidad.
–Que sepan tu verdad.
–Que…
–Que…
Impecable conjunto sport, suave la voz y finas maneras. Alberto Aguilera Valadez, Juan Gabriel, cruza y descruza una pierna, gira el sillón hacia las voces que se alternan, se mantiene altivo, pero no logra disipar la desazón que priva en su entorno.
–Es una vileza.
–Por eso es muy importante que salga tu libro.
–A las dos hay que estar en la Procuraduría, para que firmes.
“¿Qué horas son?” –pregunta el artista.
–Las once. A ver si podemos adelantar lo de la firma.
“Sí, que se adelante, por favor. No he dormido y en la tarde tengo que actuar en San Luis, imagínense…”
En 1972, estando en Acapulco, un compositor de 17 años y poca fama aceptó fotografiarse con un grupo de muchachos gays.
“El fotógrafo entregó una copia a un pasquín que se editaba en la ciudad de México, La verdad, de donde me llamaron para pedirme 5,000 pesos a cambio de no publicarla. Yo vivía en Tlatelolco, no tenía esa cantidad y en la RCA, donde comenzaba a grabar discos, no quisieron prestármela. Era mucho dinero. La foto se publicó y allí empezó todo el escándalo.”
Hace dos meses, con unas mil composiciones y un millón de discos de venta asegurada por cada nuevo LP, Juan Gabriel recibió en su casa de Ciudad Juárez la llamada de su examigo Joaquín Muñoz Muñoz:
“Me habló para pedirme 30 millones de pesos a cambio de no publicar un libro lleno de mentiras y calumnias, no me dejé chantajear y ahora, a mi abogado, los editores le han exigido 100 millones de pesos por no distribuirlo.”
No le es fácil a Juan Gabriel asimilar el golpe de Joaquín Muñoz Muñoz, autor de Juan Gabriel y yo, en el que se presenta con sevicia la supuesta vida íntima del personaje, ilustrada con fotografías que, según el compositor y cantante fueron “trabajadas” con superposiciones.
Dice a Proceso.
“Muñoz Muñoz, nunca trabajó conmigo. Tuvimos, sí, una relación amistosa porque hizo construir en mi casa de Juárez, por un millón de pesos, una barda por la que me pedían dos millones. La barda se cayó después pero él se hacía el aparecido donde quiera que yo llegara, lo supuse amigo y, en realidad, se convirtió en un parásito que buscó, robó y adulteró fotografías y escribió una sarta de indecencias para hacerse millonario.”
En el libelo, dice, se violenta la moral, la intimidad, “el derecho que tiene todo ser humano a que se respete su vida”.
Comenta Juan Gabriel que su figura, desde el punto de vista sexual, ha sido también explotada por la televisión, lo mismo a través de imitadores que en algunas entrevistas. De las imitaciones se muestra generoso:
“No me importa, creo que en cierta forma contribuyo al sostén de algunas familias.”
Y sobre las entrevistas que se le han hecho para descorrer la sábana de su vida íntima, Juan Gabriel dice:
“Yo siempre he visto que por allí se enfocan las preguntas y he tratado de evadirlas o de responderlas con talento. Yo quiero que conozcan al artista, porque lo demás es muy mío. Supongamos que lo que dicen de mí es verdad, yo no lo he hecho público. Quisieran que yo me encontrara en una situación como ésta para poder hacer y deshacer, pues ellos suben el raiting cuando me presento cantando o cuando me presento en una entrevista.”
Subraya:
“Cuando se trata de una entrevista, siempre es por ahí la cuestión, por la personalidad. Por eso evito entrevistas con la prensa, por eso evito entrevistas con la televisión. No digo lo mismo de la radio, que se ha portado conmigo siempre respetuosamente.”
Enciende un segundo cigarro, interrumpe una pregunta del reportero para precisar:
“A mí el señor Ochoa (Guillermo) siempre me ha tratado como un señor y jamás ha tocado mi vida íntima. El señor Roca (Ricardo) por ahí más o menos quiso rascarle pero se dio por enterado y se rindió, se tuvo que rendir y dijo `yo son su admirador y mis respetos, es usted un señor’, y de señor no me bajó.”
Cansado y pensativo se muestra Juan Gabriel. No había dormido la noche anterior y una hora después de la entrevista tendría que ir a firmar algún oficio del pleito legal que ha entablado contra los autores intelectuales y materiales del libelo. Quizá contra distribuidores y expendedores. Por la tarde actuará en San Luis Potosí.
“Todos los días trabajo. Mi trabajo es lo que más me interesa en la vida.”
Pero hay además un velo de preocupación en su mirada. Lamenta:
“Tengo un mercado grandísimo de niños que no quiero que piensen que para llegar a ser como Juan Gabriel tengan que pasar lo que se dice de mí.”
Acepta que hasta las intimidades de los personajes públicos se vuelven de interés, pero pone dos condiciones por satisfacerse; que no haya como en el libelo, el propósito concreto de explotar una intimidad para obtener dinero fácil y que el personaje en cuestión esté ya muerto.
–Hay artistas e intelectuales que luchan por su libertad sexual y lo expresan públicamente, con el propósito de combatir el morbo y la represión, así sea psicológica, que sufren los homosexuales– le comenta el reportero, pero sale al paso:
“Yo estoy muy poco enterado de eso. Lo que creo es que cada quien tiene su vida privada y su derecho a vivir. Yo no soy de las personas que se desahogan en la sexualidad sino en la creación artística. No soy borracho, mujeriego ni drogadicto. Mi vicio es escribir. Para llegar a ser quien soy y para llegar a donde he llegado se necesita ser muy hombrecito. Nadie puede llegar, como yo, a que todo lo que se diga de uno signifique dinero. Lo que sea, hasta calumnias, vende. Pero puedo morir ahora y estoy ya en la historia.”
¿Qué va a hacer Juan Gabriel?
“Voy a defender mis derechos. Aquí se trata de un libelo que va contra los derechos humanos. Nunca había pensado en escribir sobre mí, pero publicaré un libro en el que diga mi verdad.”
¿Un negocio más de Juan Gabriel?
“No será un negocio. Pienso en un libro de bajo precio, que cualquiera pueda comprar y en el que sólo se libren los costos (ni modo que me ponga a regalarlo a todos cuantos se interesen). Yo no necesito de 60 ó 100 mil libros porque estoy muy por encima de lo que pudiera ganar con ellos.”
El incidente, dice, no lo ha afectado porque sale al escenario como es y tiene “la suerte” de que todo mundo le reconozca y le quiera.
¿Influencias como recurso contra el libro del chantaje?
“No, de ninguna manera. Esto me resulta tan penoso que me hubiera dado vergüenza comentarlo siquiera.”