El INBA abandona la valiosa colección de la casa de cultura juchiteca que donó Toledo

Ernesto Reyes

JUCHITAN, OAXACA.- El intenso clima juchiteco, las deficientes instalaciones y el abandono gubernamental, están causando el deterioro y amenazan con la destrucción de más de 450 obras de reconocidos pintores mexicanos y extranjeros, que donó el artista Francisco Toledo a la Casa de la Cultura de esta ciudad.
El salitre, el viento, el polvo, el calor y la humedad se conjugan apocalípticamente para dañar esta colección de arte contemporáneo, estimada en varios cientos de millones de pesos. Tres ejemplos: un óleo del guatemalteco Carlos Mérida, un original del catalán Antoni Tapies y una serigrafía del mexicano Vicente Rojo, resienten los efectos y piden una restauración urgente.
Obras de autores difíciles de localizar en las galerías más prestigiadas, pueden admirarse en la modesta e infuncional Sala de Arte Moderno: Carlos Mérida, Rufino Tamayo, Francisco Toledo, Edmundo Aquino, Juan Soriano, Rodolfo Nieto, Antonio Tapies, René Portocarrero, Wilfredo Lam, Utamaro, Augusto Rodin, Pierre Alechinsky, Francisco Corzas, José Guadalupe Posada, María Izquierdo, José Chávez Morado, Omar Rayo, Vicente Rojo, José Luis Cuevas, Alberto Gironella, Manuel Rodríguez Lozano, Gunter Gherzo, etcétera.
Una a una, dice el director de la institución, Macario Matus, han sido recopiladas en ciudades de Estados Unidos y Europa, en su mayoría, por Francisco Toledo, pintor juchiteco quien, sin mayor alarde y publicidad, los ha donado a su pueblo. El Fideicomiso de la Casa de la Cultura que preside Toledo “en reconocimiento a su altruista y filantrópica labor”, “sólo ha recibido amenazas de caciquez y de las autoridades locales priístas que quisieran ver destruida esta labor realizada durante más de 13 años; de parte de las autoridades del INBA y el gobierno del Estado incomprensión y un nulo apoyo. La causa, apunta el funcionario: “no plegarse a las consignas del PRI y desarrollar una amplia identificación con el pueblo juchiteco que es el que ha evitado que desaparezca este centro de cultura, que está considerado como el más importante del sureste de México”.
Una casona centenaria que perteneció a los dominicos, construida con piedra y adobe y techo de vigas con tejas que ocupa media manzana del centro de Juchitán, da albergue a las obras de arte diseminadas en las salas permanente y de arqueología, y en una biblioteca de 20 mil volúmenes –siempre repleta de lectores–. En las viejas paredes se improvisan muestras de pintores jóvenes de la región, los corredores sirven para los talleres de pintura, grabado y cerámica; dos salones se turnan mañana y tarde para las clases de música, danza, teatro y literatura. En el extremo oriente, junto al templo de San Vicente Ferrer, una Sala Permanente de Fotografía muestra obras de Rafael Donis, Graciela Iturbide, Henri Cartier-Bresson, Nacho López, Héctor García, Lola y Manuel Alvarez Bravo. En una bodega al fondo, guardados por falta de espacio, más de cien cuadros perfectamente ordenados.
Una pequeña oficina, apenas iluminada, sirve de despacho para el director. Cuadros, tapices, libros, discos, archivos y dos escritorios hacen insoportable la estancia adentro. Afuera, en el patio, Macario Matus –poeta y escritor– dice:
“Las obras se están deteriorando por lo inadecuado de las instalaciones, por el clima extremoso, por el salitre y por la polilla. La sala donde están las obras más importantes no tiene ventilación. La iluminación es mínima. El calor hace daño. Hay obras que necesitan un clima especial, si no se echan a perder. La galería carece de una composición museográfica. Durante seis años hemos solicitado al Instituto Nacional de Bellas Artes asesoría técnica, pero nunca han hecho caso. Parece que las decisiones políticas se anteponen a la atención a la cultura.”
Pese al escaso apoyo con que cuenta –600 mil pesos mensuales para pagar sueldos y mantenimiento a 30 personas– la Casa de la Cultura de Juchitán ocupa un lugar relevante entre las del país. Con esfuerzo propio y el apoyo del Fideicomiso, se editan discos, revistas y libros. La serie de cuadernos “Tortuga Transparente”, en colaboración con la Casa de la Cultura de Oaxaca, publica a poetas menores de 35 años. Edita, además, la revista Guchachi reza y canciones en zapoteco, catálogos, carteles, etcétera. Constantemente se abren exposiciones de pintura, escultura o fotografía; se mantiene un foro abierto a discusiones, mesas redondas, conferencias, recitales de música y un cine club.
A la intensa actividad cultural, las autoridades responden furiosamente, subraya Matus con desencanto. Durante más de 9 años el gobierno estatal se negó a entregar cualquier tipo de ayuda a la institución. El INBA nunca manda los espectáculos que llegan a Oaxaca, la capital del estado. La Dirección General de Bibliotecas de la SEP nunca se preocupa por el destino de la biblioteca que se nutre con donaciones de particulares y amigos. La secretaría de Educación sólo envía 3 películas cada semestre. A nivel local, el ayuntamiento priísta dispone de elevados recursos para boicotear la actividad de la Casa de la Cultura. Cuenta el director:
“Cuando presentamos un espectáculo importante, el mismo día y a la misma hora, pero en la calle, frente al edificio, se organizan eventos similares para sabotearnos.”
Inaugurada en 1972 por Luis Echeverría Alvarez, la Casa de la Cultura ha tenido tres directores que han sido removidos por cuestiones políticas: Amira Musalem, Víctor de la Cruz y Víctor Manuel Estudillo. “El más terco de todos”, Macario Matus, estuvo a punto de ser destituido en 1981 cuando el entonces director del INBA, Javier Barros Valero, ordenó su remoción. Intelectuales y pintores juchitecos, encabezados por Francisco Toledo, impidieron esta acción al tomar el edificio con el apoyo popular.
“El pueblo defiende su patrimonio y lo cuida –expresa el director–. Muchas veces grupos de priístas han pretendido desalojarnos violentamente acusándonos de comunistas, delincuentes y haraganes. El diputado priísta Teodoro Altamirano Robles (a) `El Rojo’, es el más furibundo. Hace poco, amenazó con desalojar el edifico a sangre y fuego para exterminar a los comunistas. Dijo que iba a quemar las obras y a sacarme.”
La respuesta de los intelectuales no se hizo esperar. El pintor José Luis Cuevas dijo públicamente que si esta amenaza se cumplía iba a salir a pie de la capital hacia Oaxaca para reclamar personalmente al gobernador Vázquez Colmenares este proceder. Desde entonces, “El Rojo” Altamirano cesó en sus ataques.
La urgencia de un edificio y de una sala de exposiciones pictóricas es inaplazable, dice Macario Matus. Ya tenemos un terreno en el barrio de Cheguigo, sólo falta que se decidan a empezar las obras, para que se pueda salvar el patrimonio que no sólo es del pueblo juchiteco sino de todo el país.