Nancarrow (II)

José Antonio Alcaraz

No fue fácil el uso de la pianola; un fabricante se negó a vender a Nancarrow la máquina para perforar los rollos. Con el auxilio de fotografías y diagramas, el compositor mandó fabricar un aparato semejante.
Una vez logrado esto, los dones creativos del músico –estimulados sin duda por las circunstancias anecdóticas que lo habían llevado a disponer, finalmente, del instrumento necesario– empezaron a aflorar en una obra tras otra. En ellas, velocidades sobrecogedoras, acordes riquísimos, y complejidades rítmicas dotadas de una fascinación inaudita (no oída antes) se entretejen para arrojar como saldo un total polimorfo, exuberante la mayoría de las veces, evidente producto de un talento non.
La pianola, ancestro de la música electrónica, el télex y la computadora, cobró así un sentido y sus funciones se vieron remozadas; por así decirlo, puestas al día.
Nancarrow pertenece así al grupo de compositores norteamericanos ferozmente individualistas, quienes han optado por la que suele etiquetarse como “zona experimental”. Dicha denominación puede considerarse veraz si comprende el rechazo a servirse de los medios habituales para la ejecución instrumental y con ella una búsqueda de soluciones acústico-mecánicas apartadas de la rutina. Este vigoroso sector comprende entre los más importantes a: Henry Cowell (1897-1965), Harry Partch (1901-1974) y John Cage (1912.) Por supuesto para ellos y su actitud –así como la de otros, emparentada a sus búsquedas, como Lou Harrison (1917) y Henry Brant (1913)– cabe asumir como fuente ostensible el trabajo iconoclasta de Charles Ives (1874-1954) y Edgar Varése (1883-1965.)
Entre los Estudios para pianola compuestos por Nancarrow hay varios que pudiendo oírse independientemente, están asimismo destinados a ser superpuestos.
Esa simultaneidad produce resultados más allá de cualquier intento de elogio. Apabullantes tempestades de sonidos, racimos coloreados en forma resplandeciente. En medio de líneas o trayectorias emitidas a velocidades inimaginables, explosiones espectaculares, relieves, artistas encontradas con violencia y contrastes de gran efecto dramático. Un mundo de sonoridades singulares, surgidas del plural.
De pronto, superficies estáticas cuya duración no muy prolongada proporciona flexibilidad métrica al conjunto, donde se perciben –de manera tan concreta como inasible– patrones arquetípicos de danza, formas plásticas modulares en perpetua rotación, sin rendirse jamás, hasta cristalizar un clima intoxicante.
En su extraña, fascinante, colección de ensayos, agrupados bajo el título Américas, Peter Garland lleva a cabo una descripción de la música de Nancarrow que resulta indispensable transcribir aquí:
“He aquí un mundo sonoro, de nuevo, nunca antes oído o imaginado, que hace años había eclipsado ya las investigaciones de hoy acerca de (ciertos) aspectos de ritmo y tiempo musical. No para el pianista, sino destinadas a su extensión tecnológica: la pianola. En los años cuarenta Nancarrow se está aventurando ya en un área –usando medios virtualmente de su propia invención– que sólo en fechas recientes se abrieron a otros compositores por el advenimiento de medios electrónicos y computadoras. La imagen de Nancarrow como un `alquimista’ musical resulta trillada pero llamativa; ahí está el aspecto intelectual de la música, altamente especulativo, pero que transformado (y que, finalmente, haciendo caso omiso de `avances’ técnicos hace a Nancarrow ser un gran compositor) en `oro’ creativo (en tanto que opuesto a mucho del `estilo internacional’ de los cincuentas…); La música de Nancarrow es asimismo intensamente física: un ambiente dinámico generalmente es de mayor volumen y más percusivo que el de un piano regular… Además su música, en un modo único trasciende su medio, su instrumentación. Más que en cualquier música para teclado, la plenitud del sonido es tan orquestal, la actividad llevada a cabo en tal multiplicidad de niveles (o capas) que el contrapunto se involucra a tal grado, y los gestos musicales tan expansivos, que uno olvida el que son solamente uno o dos pianos aquello puesto en juego y no toda una orquesta.”
Nancarrow cuenta con un ilustre, excelente, antecesor: Igor Stravinski (1882-1971.)
En 1917 Stravinsky compuso su Estudio para pianola, del que más tarde su hijo Súlima realizó una transcripción para dos pianos con el nombre de Madrid. Ya antes (en octubre de 1928) había sido orquestado por el compositor, a fin de integrarlo en sus cuatro Estudios para orquesta (1914-1928.)
El que Stravinski haya osado escribir para pianola, provocó las consiguientes, previsibles, rasgaduras de vestimentas farisaicas. No sólo por parte de algunos críticos, sino asimismo en numerosos atrilistas, quienes creían –con miopía notoria– amenazada su chamba. Para calmar sus artificiosas angustias Erik Satie (1866-1925) escribió una epístola pastoral en Les Feuilles libres, en el número correspondiente a octubre-noviembre de 1922.
Sirva la traducción parcial que ahora intento, para terminar este texto acerca de Nancarrow. Toda coincidencia es puramente intencional.
“La audición de un instrumento autómata congestiona a las costumbres, indigna a los hábitos; y una realización sonora tan nueva ofrece dificultades de todas clases (los materiales son los más inclementes, los más sonriente.) Cuán árido es el remontar corrientes creadas en nombre de pretensas tradiciones y cuya única gracia es la vetustez.”
“Hay de qué sorprenderse cuando oímos a virtuosos de talento decirnos que juzgan los instrumentos capaces de grabar como posibles competidores. Es, me parece, hacerse una injuria a sí mismo el concebir tal pensamiento, el tener tal temor.
“Ante todo, la pianola es otro instrumento, distinto de su camarada el piano con el que no tiene ligas fraternales. Igor Stravinsky, antes que cualquier otro, ha escrito realmente una pieza donde ciertos recursos propios de este instrumento encuentran uso. Que los virtuosos del teclado sepan bien que jamás podrán hacer lo que hace una pianola; pero que, por lo contrario, jamás un medio mecánico podrá substituirles.
“Y a propósito de esto; que duerman sobre sus dos orejas, si tal cosa puede resultarles agradable.”