Ballet Nacional en Bellas Artes. El próximo 5 de septiembre Ballet Nacional de México abre su breve temporada en el Palacio de Bellas Artes. Habrá dos funciones el 7 y una más el domingo 8.
La antigüedad de una compañía de ballet no es por sí sola garantía para la presencia viva de ese conjunto en la zona más bullente y renovadora de la cultura de un país. Ballet Nacional de México (danza contemporánea) tiene el doble privilegio de sus treintaisiete años de existencia, desde su fundación por Guillermina Bravo en 1948, de estar considerado, por todas las razones de su trabajo incesante y riguroso, como el grupo en el cual se han generado las más destacadas aportaciones para un espectáculo balletístico de hoy, reconociblemente mexicano.
El público puede preguntarse: ¿cuántas funciones ha presentado a lo largo de treintaisiete años Ballet Nacional?, ¿en cuáles países, en cuántas ciudades?, ¿con qué repertorio?, ¿cuántos bailarines, coreógrafos, músicos, escenógrafos, luminotécnicos y otros colaboradores muy especializados en tareas específicas de la danza teatral, han coincidido en conceptos, estilo, esfuerzos, disciplina y entusiasmo para sostener el difícil ritmo de la constante renovación? Las preguntas a todos estos interrogantes serían abrumadoras en números, en resonancias, en influencias, en la pasión sin mezquindades por la causa de la invención artística y de la comunicación cultural.
Atento siempre a los cambios de lenguaje en el arte y a las convulsiones de la realidad, sobre todo de la nuestra, la mexicana y la latinoamericana, Ballet Nacional de México existe como una entidad identificable pero no esclerosada. No están en sus normas ni la reiteración, ni la autocomplacencia, ni la esquematización estética, ni la uniformidad entre sus elementos. Se elaboran realismos o abstracciones, divertimentos o dramas, sarcasmos o tragedias. En su laboratorio se equiparan exigencia y libertad. Y esto es posible porque su estructura interna es ejemplarmente democrática. Ni siquiera la maestra, la gran maestra Guillermina Bravo, por todos respetada, tiene la última palabra. Son cuerpos colegiados, elegidos por todos los miembros de la compañía, quienes realizan el análisis crítico interno y toman las determinaciones. Gracias a ello Ballet Nacional ha podido eliminar para siempre la autoridad arbitraria de directores autócratas, así como los desplantes caprichosos y temperamentales de intérpretes y coreógrafos. La finalidad suprema es la coherencia del conjunto frente al público, un público al cual se le solicita comprensión hacia un repertorio cambiante, porque en su dinámica esta compañía no se aferra a sus éxitos, que los ha tenido y muy notables, tanto dentro del país como en el extranjero.
Con su lenguaje dancístico plural Ballet Nacional aspira a estar siempre en el corazón de los intereses espirituales y las tensiones sociales del presente. Cada coreógrafo elabora sus propios signos dinámicos, que pueden ser simbólicos de nuestro tiempo. En el talento de cada bailarín descansa la palpitación y el alcance de la metáfora.
Dalia Monroy en la Galería “José Guadalupe Posada”. A partir del próximo jueves 29 se podrá ver en la galería del Centro Cultural “José Guadalupe Posada” (Dinamarca y Hamburgo) un conjunto de trabajos de Dalia Monroy, pintora muy activa en el medio de la pintura joven mexicana, con destacada participación en salones y concursos.
1985 está resultando para esta artista de treinta años, un tiempo decisivo por la variedad e intensidad de sus vivencias como ser humano y como artista; tiempo de fecundidad y de cambio. En enero, tras concluir estudios de posgrado en la Facultad de Bellas Artes de Belgrado Yugoslavia, presentó en la galería de esa Facultad una exhibición de sus pinturas catalogables todavía en el aformalismo, tendencia a la cual se adscribió hace un decenio, convencida de que texturas, colores y signos daban oportunidad al logro de las mejores tensiones expresivas. Sobre el color construido como materia terrosa o cerámica agregaba el ritmo sincopado de caligrafías y esgrafiados.
Ya en México, en el pasado junio, nació su hijita. Dalia vive por primera vez la experiencia de la maternidad. Pero esa deliciosa plenitud se vio interferida por un compromiso pendiente al que deseaba y moralmente necesitaba dar cumplimiento: desde su regreso había solicitado hacer una presentación en la galería del Centro Cultural “José Guadalupe Posada”. La fecha se había fijado: agosto. Para no desaprovechar la oportunidad había de trabajar intensamente, y así lo hizo, presionada, por una necesidad espiritual de cambio.
Desde principios de los setenta se había metido voluntariamente en el laberinto del pintor catalán Antonio Tapies. La influencia había sido benéfica, pero debía librarse de ella y dejar fluir su propio temperamento. En Belgrado vislumbró la salida, aunque sólo los nuevos productos del trabajo le darían la confirmación.
El temperamento de Dalia Monroy, como lo prueba su obra más reciente, está más cerca de la estructura construida, si bien esa estructura no responda al rigor geométrico de la ortodoxia del neoplasticismo. Persisten las resonancias psíquicas, las meditaciones en acto en torno a lo sensorial y la invención plástica en superficies bidimensionales. Lo nuevo, más maduro y más artístico, está constituido por resonancias de la memoria. Lo percibido –paisajes, seres, arquitecturas– queda esencializado en formas poseedoras de ciertas sustancias tangencialmente reales.
Eso en la pintura sobre papel; porque en esta exposición Dalia mostrará por primera vez, maderas recortadas, superpuestas y pintadas, su adhesión al neoconstructivismo. Tras revisar lo hecho hace más de siete, seis o cinco décadas por el cubismo, el dadaísmo o el emplasticismo, se atrevió Monroy a romper con la regularidad del contorno rectangular, primero, y después con la continuidad interna de la superficie. No sólo la escultura puede trabajar con el hueco y modular las formas de manera concreta en el espacio.
Para imponer una realidad diferente en tanto objeto, la pintura puede independizarse del marco regular y, a la vez, darle cierta autonomía a las formas que la integran interiormente. La pintura-objeto las partes del discurso visual asumen una especie de independencia relativa; se ha roto la continuidad del soporte aunque los elementos, las partes, siguen lo suficientemente interrelacionadas como para conformar una unidad.
Para alcanzar un ritmo integrado, el tratamiento del color en la pintura-objeto debe ser elaborado de manera diferente, sólo así la armonía dentro de la nueva estructura se vuelve verosímil. La función colorística debe responder a las necesidades del nuevo lenguaje plástico, uno de cuyos atributos sobresalientes es un ritmo de gran vitalidad, que en su geometría libre nada tiene de orgánico.
Al romper con parámetros tradicionales de la pintura (límites regulares, superficie del soporte tersa y continua), Dalia Monroy no invade los terrenos de la escultura. Son las suyas pinturas en relieve, pinturas-objeto. Con ellas la artista amplía su campo de acción, enriquecido ya por los valores sutiles de sus trabajos en papel.








