A Socorro Harring Abreu.
In Memoriam.
No hay lección de humildad comparable a la simple lectura de un texto que uno escribió hace diez años. Por más que traten de ampararse en el matiz, el “quizá”, el “probablemente”, aun los juicios más cautos y modestos son sentencias de vida o muerte. Sentencias escritas en la arena o el agua. Quedan allí, en el libro que nadie vuelve a abrir o en el abismo que Victoriano Salado Alvarez llamaba “la fosa común de las hemerotecas”. Inmóviles mientras la historia continúa. Fijas en tanto que todo cambia en su derredor.
Dos “inventarios” de 1975 reseñaron los Cantares completos de Ezra Pound en un intento de hacer justicia a su traductor José Vázquez Amaral. También lamentaron con suficiencia que su malentendimiento de la economía hubiera conducido a Pound al fascismo. Pound diagnosticó que el mayor mal del mundo es la usura, la monstruosidad de que el dinero, y no el trabajo, produzca dinero.
La usura, que parecía tan lejana de nuestras vidas en 1975, diez años después se halla en el centro de todo. A fin de alimentar la usura millones y millones de seres humanos son condenados al hambre y a la violencia. Se castiga sin límite a quien trabaja catorce horas diarias; se premia con setenta por ciento de interés a quien especuló, acaparó, explotó, robó, sacó del país dinero que ahora regresa en forma de préstamos para engendrar más miseria y más dinero (“El dinero que el banco crea de la nada”. Canto XLVI.)
La crítica de Pound a la usura es más actual que nunca. Aunque esto en modo alguno signifique creer como él que el remedio se encuentra en el fascismo. Ahora que se aproxima el centenario de Pound (octubre 30) conviene repasar su “Canto XLV” y un poema muy anterior que habla acerca de adónde puede conducirnos una situación tan intolerable como la actual.
El mejor libro de Pound en su conjunto es Cathay (1915) que en este centenario cumple sus setenta años. Cathay, el libro más personal e impersonal de Pound, podría llevar como firma la que él recuerda de las iglesias medievales: Adamo me fecit: “Me hizo Adán, me escribió la humanidad”. Sin Pound, sin esa persona concreta nacida en Hailey, Idaho, en 1885, y muerta en Venecia en 1972, no tendríamos Cathay, la obra que ha determinado la forma occidental de traducir la poesía oriental durante el siglo veinte. Pero al mismo tiempo Cathay es la traducción inglesa, basada en las notas de Ernest Fenollosa, de una antología japonesa de traducciones chinas, sobre todo poemas de Ri-ha-ku, el nombre nipón de Li-Tai-Po, Li-po, en la nueva transliteración, Li Bo.
“Lamentación del guardafronteras” es uno de los grandes poemas contra la guerra que se han escrito en cualquier tiempo y lugar. Traducción de una traducción de una traducción de una traducción, cambiada, alterada, deformada por el paso del agua de los siglos, y por todos sus transmisores, por las épocas y los idiomas, el poema sigue intacto; habla de China, el “Reino Central” devastado por la guerra en algún año entre el 701 y 702 cuando vivió Li Po; habla de Flandes y sus grandes mataderos humanos con gas paralizante de mostaza en 1915; habla de Centroamérica y Medioriente en 1985. No importa quién lo escribió. No importa si Pound ignoraba o sabía el chino y el japonés. Adamo me fecit. Y nuevamente Julián Hernández: “La poesía no es de nadie: se hace entre todos”. Adamo me fecit.
I
CANTO XLV
Por la Usura
Por la usura
nadie puede tener casa de buena piedra,
con sus bloques pulidos y bien dispuestos
a fin de que el diseño encubra su cara.
Por la usura
no ha paraísos pintados en los frescos de las iglesias,
laúdes y arpas,
ni lugar en que la Virgen reciba la Anunciación
y un halo se proyecte de las cabezas.
Por la usura
no puede ver Gonzaga a sus herederos ni a sus concubinas;
ningún cuadro está hecho para durar,
ni acompañar la vida entera,
sino para venderse lo más pronto posible.
Por la usura, pecado contra la naturaleza,
tu alimento se vuelve cada vez más un harapo sucio,
tu pan se va secando como el papel;
no hay trigo de montaña ni buena harina.
Por la usura la línea se hace torpe,
por la usura los límites se borran
y nadie encuentra sitio para vivir.
Por la usura
el tallador se aleja de su bloque de piedra,
el tejedor de su telar.
POR LA USURA
No hay lana en el mercado,
no hay ganancia en la oveja por la usura.
La usura es una plaga, la usura
mella la aguja en manos de la hilandera
y embota su destreza. Pietro Lombardo
no trabajó para la usura.
Duccio no trabajó para la usura,
ni tampoco Piero della Francesca,
o Zuan Bellin, ni “La Calumnia”
fue pintada para la usura.
Ni Fra Angélico ni Ambrogio Praedis
trabajaron para la usura,
ni se hizo para ella ninguna iglesia
de piedra cincelada cuya única firma
era Adamo me fecit (“Me hizo Adán”.)
San Trófimo no fue obra de la usura,
San Hilario tampoco.
La usura oxida el cincel,
oxida el arte, oxida el artesano,
corroe los hilos en la rueca,
hace que nadie sepa bordar con oro;
en el azur pone una llaga cancerosa,
impide que se borden ya brocados.
El color esmeralda no encuentra a un Memling.
La usura mata al niño en el vientre materno,
mata el amor adolescente,
instala en el lecho la impotencia,
se interpone entre el hombre y la mujer.
CONTRA NATURAM
Llegan putas a Eleusis
los muertos se disponen al banquete
por orden de la usura.
(Nota de Ezra Pound) Usura: gravamen al uso del poder adquisitivo, impuesto sin relación alguna con la producción, a veces sin relación alguna con las posibilidades de la producción. Por eso quebró el banco de los Médicis.
II
LAMENTACION DEL GUARDAFRONTERAS
En la Puerta del Norte
El viento gime enarenado, solo.
Desde el principio de los tiempos,
Caen los árboles,
La hierba se marchita bajo el otoño.
Subo a las torres
A vigilar el territorio bárbaro;
Castillos desolados, firmamento,
Vastedad del desierto.
No queda muro en pie en toda la aldea.
Mil heladas blanquearon las osamentas,
Bajo arbustos y hierbas se deshacen
Los montones de huesos.
¿Quién es el responsable de esta ruina?
¿Quién despertó la cólera imperial
Y atrajo a huestes enemigas
Con atabales y tambores?
Fueron los reyes bárbaros.
La dulce primavera se transformó
En el otoño ávido y sangriento.
En el Reino Central ardió la guerra.
Murieron trescientos sesenta mil.
Vino como la lluvia el sufrimiento.
Duele al partir, nuestro regreso duele.
Desolados los campos desolados,
Ni un hijo de la guerra queda en ellos,
Nadie para atacar ni defender.
Ah, si ustedes supieran cuánta tristeza nos aflige
en la Puerta del Norte,
Olvidamos el nombre de Ribokú,
Somos pasto del tigre los guardianes.








