Ignacio Ramírez
“Un día llegó a Huautla, me dijo que era hermano de Wasson y comimos hongos en varias ocasiones, luego ya no supe nada más de él…”, dice María Sabina, refiriéndose al doctor Salvador Roquet, el controvertido psiquiatra mexicano creador de la Psicosíntesis, el método terapéutico a base de alucinógenos que le dio fama mundial.
No faltó quien lo comparara con Freud.
Desde su época de estudiante de medicina, Roquet había dado muestras de una gran inquietud por el trabajo de investigación y experimentación. “El Mengele mexicano”, le llamaban sus compañeros, según recordó en cierta ocasión el célebre criminalista Alfonso Quiroz Cuarón.
Viajó a Oaxaca para estudiar las variedades y efectos de los hongos –conocidos más comúnmente como “Pajaritos”, “San Isidro” y “Derrumbe”– así como a diversos países del mundo, incluso Alemania, donde se entrevistó con Albert S. Hoffman, el descubridor del LSD.
En 1960 fundó la Asociación Albert Schweitzer, A.C., junto con el Instituto de Psicosíntesis. A partir de entonces, sus “sesiones” con pacientes –individuales y colectivas– empezaron a cobrar notoriedad en círculos científicos y sociales.
Según se propagaba, en la clínica del doctor Roquet –situada primero en Popocatépetl 15, colonia Hipódromo y luego en la Avenida México 199, colonia Condesa– cualquiera se podría curar, sin importar la clase de enfermedad, edad, sexo, condición social o ideas políticas o religiosas.
El tratamiento consistía en la aplicación de los psicodislépticos, que pertenecen al grupo de los psicotrópicos o neurotrópicos, llamados también psicodélicos o alucinógenos. En México, los psicodislépticos más conocidos –su nombre en griego significa “expansores de la mente”– son la LSD-25 (dietilamida del ácido lisérgico); la psilocibina, obtenida de los hongos alucinógenos; la mezcalina, derivada del cacto conocido como peyote, y los tetrahidrocannnabinoles (HTC), alcaloides genéricos de la mariguana.
“Son sustancias –dice un estudio del Centro de Trabajo Juvenil– capaces de provocar cambios de sensación, pensamiento, autoconciencia y emoción. Las alteraciones del sentido del tiempo y el espacio, las ilusiones, alucinaciones y desilusiones varían de intensidad según la dosis ingerida. Los resultados de una ingestión de estos fármacos pueden ser muy variables. Inclusive durante la misma experiencia pueden experimentarse efectos placenteros –`buen viaje’– y desagradables y aun aterradores –`mal viaje’–. En este último caso, no es raro que la experiencia termine con el suicidio del sujeto, incapaz de soportar el horror de lo que percibe bajo la influencia del fármaco.”
Las “sesiones” del doctor Roquet duraban 24 horas, cada una de ellas. Además de los fármacos, se utilizaban cintas magnetofónicas, transparencias, textos, películas y otros materiales como luces intermitentes de colores, que tenían como objeto “acelerar” la mente. De la terapia o experiencia en la “sesión”, de aquí la opinión del propio psiquiatra: “Dos horas dura esta etapa de caos” en que el cielo e infierno de Aldous Huxley se tocan y se viven paulatinamente. Después de estas dos horas, va disminuyendo la intensidad de los estímulos, van apagándose y dan paso a una nueva etapa que aún comprende y abarca a la de `la locura’… A lo largo de seis horas se deslizarán (los pacientes) llevándolos a todos a una creciente emotividad, a un pináculo de exaltación de la sensibilidad liberada y del alcance del amor”.
Y explicaba en estos términos la Psicosíntesis:
“Al actuar el psicodisléptico sobre la mente puede llevarla a su desintegración para, inmediata y posteriormente, obedeciendo a nuestra técnica y a manera de síntesis, volver a integrarla, uniendo sus elementos esenciales.”
De esta manera el doctor Salvador Roquet desintegraba y reconstruía la personalidad del individuo en un día, mientras que otros psiquiatras practicantes de la terapia ortodoxa, sin drogas, les lleva meses y aun años.
Pero empezaron las sospechas: había pacientes –que “hablaban” con Dios y con la muerte, de viajes al infinito, de… –que tenían hasta ocho años de “tratamiento”.
Era la década de los 70 y el doctor Roquet fungía como director de Higiene Mental del ISSSTE, y contaba entre sus principales colaboradores al doctor Pierre Favreau, en ese entonces director de la Facultad de Medicina del IPN.
A fines de noviembre de 1974, a raíz de una denuncia levantada en la Procuraduría General de la República, fue enviado a prisión (donde estuvo alrededor de un año) por causar adicción a sus pacientes y comercializar indebidamente con fármacos.
Hoy, dice, está dedicado a los llamados “retiros espirituales” para parejas matrimoniales.








