Polémica dentro del FMI

Miguel Bonasso

Con timidez, con amabilidad, sin querer hacer demasiado ruido, los miembros pobres del Fondo Monetario Internacional proponen en un documento una reforma del sistema financiero mundial.
El documento del Grupo de los 24, que integran 8 representantes de América Latina, 8 de Africa y 8 de Asia, será presentado en la reunión anual conjunta del FMI y el Banco Mundial, que se llevará a cabo del 8 al 11 de octubre próximo en Seúl, Corea del Sur.
El trabajo de los así llamados “países en vías de desarrollo” (aunque bien se les podría decir: “en vías de subdesarrollo”) se atreve a proponer, por primera vez en la historia del Fondo, una reforma de ese sacrosanto sistema financiero internacional que se cimbró en agosto de 1982 cuando la crisis de pago mexicana y a cuya recuperación hemos venido contribuyendo los latinoamericanos con una exportación de capital que, en 1984, alcanzó los 40,000 millones de dólares.
El aporte de los “sureños” será examinado conjuntamente con otro que presentará el Grupo de los Diez, o sea los países industrializados. Y, en mi modesta opinión, es muy probable que al Comité Provisional del FMI le guste más el de los Diez.
En todo caso –sea cual fuere el resultado– la propuesta de los 24 de que, por primera vez, se estudie un plan de reforma del sistema financiero y no propuestas aisladas de países subdesarrollados es un paso adelante.
El documento –según ha trascendido en despachos cablegráficos– propone aumentar las reservas internacionales de divisas, engrosando las arcas del FMI y una más generosa asignación de Derechos Especiales de Giro (DEG) para aquellos países afectados por la caída de los precios de las materias primas y la carencia de nuevos créditos de la banca privada.
También propone modificaciones en el sistema de tasas de cambio para estabilizar las finanzas internacionales.
Y se atreve a decirles a los que cortan el queso que “reconozcan los costosos esfuerzos de ajuste de los países en desarrollo”, dejen de lado sus prácticas proteccionistas y prediquen con el ejemplo ajustando sus propios presupuestos y sus políticas de comercio y cambio.
Esta recomendación es particularmente necesaria para Estados Unidos que va en camino de convertirse en el mayor deudor individual del mundo, debido a su necesidad de contraer préstamos para pagar importaciones, pero sobre todo para financiar su déficit fiscal gigantesco.
En un Informe Reservado del Congreso de E.U. sobre las cuentas internacionales de 1984, se señala que estas “enormes tomas de préstamos” “han agotado completamente los activos acumulados por Estados Unidos desde la Segunda Guerra Mundial”.
Russell B. Scholl, miembro del equipo técnico que laboró en el Informe reveló: “Hemos caído de un superávit de inversiones de casi 147,000 millones de dólares en 1982, a casi nada al llegar la primera mitad de 1985”.
Es probable, aunque por ahora se desconoce, que el documento de los 24 enjuicie también los programas de ajuste impuestos por el FMI a las naciones en desarrollo, que en ningún caso ha servido para frenar la inflación. Como lo demuestran elocuentemente los casos de Brasil –cuya tasa para 1985 rondará el 400 por ciento, en comparación con 230 por ciento de 1984– y México cuya inflación oscilará entre el 65 y el 70 por ciento contra el 35 que se había previsto y el 59 por ciento que se registró en 1984.
En realidad el único programa antiinflacionario que ha dado resultado –por ahora– es el aplicado en junio último por el gobierno de Alfonsín, que congeló precios y salarios y creó una nueva unidad monetaria, el “austral”.
Pero, como está dicho, ese tratamiento de shock se parece a los primeros auxilios a un accidentado: el torniquete ha funcionado (no sin consecuencias recesivas), pero si no hay una cura verdaderamente “radical” la salud del paciente sigue en peligro.
Además, el programa de “shock” del ministro argentino Juan Vital Sourrouille fue aceptado a regañadientes por el FMI, que ahora quiere atribuirse el éxito. Entre otras cosas porque –se sabe– el Fondo recomienda congelamiento de salarios, pero jamás de precios.
Paul Fabra, un inteligente analista económico de Le Monde, señalaba las contradicciones del Fondo, que son producto a su vez de adecuaciones a los intereses cambiantes de los países industrializados.
En un extenso artículo titulado “El talón de Aquiles del Fondo Monetario” y publicado hace unos días por el vespertino francés, Fabra hace notar que el FMI “se encontró desarmado para combatir la inflación. No supo preconizar reformas monetarias de verdadera envergadura. Se conformó con continuar imponiendo –en forma ritual– objetivos de crecimiento de la masa monetaria imposible de respetar”.
El especialista también recuerda que en la segunda mitad de los 70, el Fondo alentó “de modo erróneo” a países como Argentina, Chile, México y Nigeria –entre otros– a “mantener sus monedas sobrevaluadas”, con el fin de abaratar las importaciones y deprimir los precios internos.
En agosto de 1982, cuando la crisis de pagos en México, el FMI cambió 180 grados sus recomendaciones en esta materia, propiciando una devaluación permanente por medio de los conocidos “deslizamientos” de las monedas de aquellos países en donde se buscaba limitar las importaciones y favorecer las exportaciones.
Según Fabra, cometió un error de signo inverso al anterior. Es decir: siguió equivocándose.
“El guardían –en teoría– de la estabilidad monetaria en el mundo” ha aconsejado y logrado una caída de las distintas monedas devaluadas superior al ritmo interno de inflación.
Con lo cual es el propio Fondo, a través de los gobiernos que le hacen caso, quien conspira contra toda posibilidad de alcanzar la estabilización económica de los países deudores (sobre todo los grandes) aquejados a la vez por la inflación o la hiperinflación (según los casos) y una recesión cada vez más aguda.
El planteo de “los 24”, pues, no es ocioso: el Fondo necesita una reforma “a fondo”.