PARIS.- “En Sudáfrica se ha vuelto corto el tiempo. No deseamos un baño de sangre. No queremos violencia. Pero cuando la gente se encuentra en una situación desesperada, acude a medios desesperados”, escribía unos años atrás Desmond Tutu, hoy el mayor símbolo de la lucha negra pacífica contra el apartheid.
Día tras día los hechos confirman sus palabras: más de 600 muertos en 8 meses. Estado de sitio. Toque de queda. Leyes de excepción. Matanzas. Motines. Furor colectivo.
El pasado 10 de julio en Duduza –a unos 40 kilómetros de Johannesburgo, el entierro de jóvenes negros asesinados en días anteriores por policías blancos estuvo a punto de provocar otra tragedia. La multitud intentó quemar un coche y sus pasajeros, acusados de ser “soplones”.
Desmond Tutu llegó a tiempo para salvarlos. No fue fácil. La gente lo rodeaba y le gritaba: ¿Por qué no nos permite tratar a esos perros como se lo merecen?
Hace quince días en King William’s no se pudo evitar nada; un policía fue muerto a golpes y su cuerpo quemado. Se acababa de celebrar el entierro de la conocida abogada negra Victoria Mxengue, también asesinada. Desmond Tutu no estaba en King William’s.
De todos modos, si el obispo anglicano de Johannesburgo hubiera estado presente ¿hubiera podido hacer algo? Tal vez ya no. O muy poco. ¿Acaso el presidente Pieter Botha no reiteró públicamente el 15 de agosto pasado su fe en el apartheid y en su política de mano dura?
“El presidente Botha dice que su discurso representa un manifiesto histórico –comentó Desmond Tutu– pero no veo manifiesto alguno. No hay esperanza para nuestro pueblo sobre esta base. No creo que él (Botha) esté interesado en negociaciones pacíficas… espero que nuestra gente no vaya a caer más en la desesperanza ahora.”
Hace tres semanas, ante la gravedad de la situación, Desmond Tutu pidió una entrevista con Pieter Botha. Este se negó: “Su agenda estaba sobrecargada…”.
El 19 de este mes Botha invitó a los dirigentes de las principales Iglesias cristianas multirraciales de Sudáfrica a “dialogar con él”.
Desmond Tutu no fue: “No veo la utilidad de encontrarlo”, explicó, “sólo un milagro podría hacer que semejante reunión desembocara sobre algo”.
No hubo milagro. Los jefes eclesiásticos salieron del palacio presidencial hablando de “diálogo de sordos”. Dijeron además que P. W. Botha estaba “totalmente cortado de las realidades del país”. Desmond Tutú tenía razón.
La Casa Blanca criticó abiertamente al Premio Nobel de la Paz por su actitud. No había hecho comentario alguno sobre la “agenda sobrecargada” del Presidente en días anteriores…
En la iglesia de Johannesburgo, el domingo pasado, el obispo anglicano explicó a los fieles: “Estamos reducidos a enunciar cosas como ésta: los seres humanos son seres humanos porque son seres humanos. Solamente esa frase, y el tener que pronunciarla, son pruebas de la locura de nuestro país…”.
“¿Es todavía posible parar esa locura?
Si la comunidad internacional ejerce una presión muy fuerte tal vez…”, insiste, casi ruega Desmond Tutu en sus últimas intervenciones públicas. El Premio Nobel de la Paz defiende desde hace años la tesis de las sanciones económicas en todos los foros internacionales, en los que participa. Eso, entre otras cosas, le valió múltiples hostigamientos policiacos y la confiscación de su pasaporte en varias oportunidades.
En 1976 afirmaba: “Si se quiere obtener algo, uno debe disponer de sanciones. Si las empresas extranjeras se van, los sudafricanos blancos lo sentirán. Sería un método perfectamente no violento que podría cambiar la situación”.
Reiteraba en 1981: “en el plano económico los gobiernos extranjeros podrían hacer mucho… creo en la eficacia de las presiones”.
Pero al mismo tiempo Desmond Tutu podría dejar de mostrarse muy escéptico: “Los occidentales –constataba– tienen intereses financieros en Sudáfrica, y se sienten amenazados por los cambios que podrían poner en peligro sus inversiones en esta parte del mundo. Uno se pregunta, pues, si existe realmente en Occidente un deseo de ver cambios fundamentales en Sudáfrica sin lucha armada ni sangre derramada”.
Inclusive alcanzó acentos casi proféticos. En 1980 afirmaba: “Percibo mucha repugnancia a ejercer tales presiones y un entusiasmo excesivo ante los cambios que supuestamente están por darse bajo la autoridad del presidente Botha”.
Con cuatro años de anticipación, dio un resumen perfecto de la situación actual: veto norteamericano y británico ante la propuesta francesa de tomar serias medidas económicas contra el régimen racista de Pretoria y fe cada día menos fundada en los “cambios profundos” prometidos por Botha.
De hecho las grandes leyes del apartheid han sufrido solamente modificaciones muy superficiales en los últimos años: se autorizó a algunos negros tener acceso a hoteles y restaurantes internacionales. Desaparecieron algunos letreros y anuncios discriminatorios así como las entradas y salidas separadas (unas para blancos otra para negros) en los edificios públicos. También se permitió a los negros sentarse en los bancos callejeros y bañarse en piscinas municipales…
Al respecto, en una charla dirigida a los estudiantes de la universidad de Natal, Desmond Tutu dijo en 1981: “Ante estos cambios mucha gente, sobre todo blancos, caen casi en éxtasis. Nosotros los negros quisiéramos sentir ese mismo éxtasis, pero es imposible. Buena parte de este cambio tan celebrado consiste en realidad en restablecer las cosas tales como estaban hasta 1948, cuando los nacionalistas llegaron al poder manifestando una verdadera obsesión de segregación”.
Luego subrayó: “De todas maneras ¿qué significa para la mayoría de los negros el hecho de que algunos de sus hermanos más acomodados puedan ahora cenar en un restaurante de cinco estrellas, cuando ellos siguen viviendo en sus guettos miserables…? esos campos, los llamo `cambios cosméticos’, cosas como éstas no tienen influencia alguna sobre nuestra condición”.
Los cambios que exige Desmond Tutu, y con él millones de negros, son otros. “Personalmente –dice el obispo– soy un firme partidario de la justicia y de la reconciliación. Estoy a favor de cambios pacíficos. Pero también a favor de cambios radicales”. Y desde hace años repite la misma lista de reformas “urgentes e indispensables”. “Es preciso crear un derecho de ciudadanía único para todos los sudafricanos en una Sudáfrica unificada, abolir los salvoconductos, aún si se debe proceder por etapas para evitar el caos, renunciar inmediatamente a las deportaciones sistemáticas en los “bantustanes” (regiones exclusivamente reservadas a los negros), crear un sistema escolar único”.
Esos son los primeros pasos hacia la desaparición del apartheid. Si el pasado 15 de agosto Pieter Botha hubiera dado tan sólo uno o dos de esos pasos tal vez hubiera surgido alguna esperanza. Pero no hubo paso alguno.
“La copa de la desilusión y de la amargura está pronta a derramarse”, advierte Desmond Tutu. Y va mucho más lejos: “Será un baño de sangre que podría desencadenar la Tercera Guerra Mundial”.
Esa idea también la desarrolla el premio Nobel de la Paz desde hace años. En 1980, impedido por el gobierno de Pretoria de asistir en Nairobi a una reunión del Consejo Ecuménico de las Iglesias, Desmond Tutu envió un largo texto en el que afirmaba:
“Una guerra racial en Sudáfrica podría perfectamente provocar una Tercera Guerra Mundial. Esta amenaza debe ser tomada muy en serio.
Ya vimos como Estados Unidos y la Unión Soviética se levantaron el uno contra la otra y casi se enfrentaron directamente en Angola. Sudáfrica es un punto estratégico mucho más importante aún. Se agrega además el hecho de que, como recientemente me lo confirmaba un miembro influyente del Senado norteamericano, una crisis racial grave en Sudáfrica tendría consecuencias terribles entre grupos étnicos de Estados Unidos y sería probablemente la misma cosa en Gran Bretaña, donde las relaciones raciales ya son tensas. También se podría recalcar que varios países occidentales tienen minorías de población de cierta importancia oriundas del Tercer mundo. La situación en todos estos países sería forzosamente afectada por una explosión racial en Sudáfrica”.
“Por lo tanto”, explicaba, “Sudáfrica sólo puede escoger entre dos caminos. Uno consiste para la minoría blanca en conservar la exclusividad del poder político y en conceder adaptaciones menores y secundarias en un sistema que le garantice la posibilidad de seguir imponiendo su ley. La otra sería que los blancos reconocieran que su salvación y su verdadera seguridad implican que compartan el poder… que negocien mientras todavía lo puedan hacer desde una posición de fuerza y mientras aún haya negros dispuestos a negociar una solución razonable y pacífica. Cada día que pasa no hace sino disminuir la credibilidad de quienes quieren discutir y da mayor fuerza a la posición de los que dicen que el único lenguaje que entiende cualquier grupo en el poder es el de la fuerza.”
Con semejantes afirmaciones Desmond Tutu exaspera cada vez más al poder blanco de Pretoria. Se ha intentado todo para callarlo. Amenazas:
“Todo hombre negro que toma la palabra en este país está amenazado. Como todos los demás, me expongo a que me prohiban salir de mi casa o hablar. También me pueden detener sin juicio e inclusive pueden asesinarme. Las amenazas anónimas, las cartas y las llamadas telefónicas obscenas a mi familia no me asustan. Solamente temo a Dios.”
Escándalos financieros:
“Hablamos de cambios pacíficos y se nos contesta con la difamación… hablamos de justicia y reconciliación, el régimen nos cubre de insultos y la prensa orquesta una campaña para atacar nuestra credibilidad acusándonos de irregularidades financieras… se demostró nuestra inocencia. El régimen volvió al ataque con nuevas acusaciones y rumores…”
Confiscación de pasaporte.
Presiones abiertas:
El presidente Botha y el ministro de Justicia acusan al Consejo de Iglesias de Sudáfrica, que dirige Desmond Tutu, de apoyar a grupos terroristas. Dice el ministro de Justicia: “Las iglesias miembros del Consejo deberían tomar en cuenta que si éste persiste en su política de enfrentamiento, el Estado podría sentirse obligado a tomar medidas…” hasta ahora no han podido comprobar sus acusaciones.
Interrogado al respecto cada vez que realiza una gira internacional, el Premio Nobel de la Paz contesta:
“En Sudáfrica, toda oposición al gobierno es en seguida calificada de comunismo. Existen en mi país definiciones muy amplias del terrorismo, de la traición, inclusive del comunismo. Tan es así que una manifestación pacífica de colegiales puede ser disuelta con metralletas por la policía… esas historias inverosímiles de agitadores y de comunistas escondidos bajo cada cama no son sino viles chismes de los portavoces del gobierno y de sus apólogos… atribuir la ira, la frustración, e inclusive el odio de las masas negras a tales elementos, significa ser peligrosamente “ingenuo” y no buscar seriamente una solución a los problemas casi insolubles de este subcontinente.”
Ultimamente el gobierno de Pretoria intentó una última presión sobre Desmond Tutu y los negros: prohibir los entierros. La medida quedó como letra muerta. Millares de negros siguen acompañando a sus difuntos y Desmond Tutu sigue dándoles su bendición: “Estoy comprometido en el movimiento de toma de conciencia de los negros. Y no me dejaré desviar de ese objetivo por órdenes del ministro de Justicia”.
Convertido de repente en líder político-moral de la inmensa mayoría negra oprimida de Sudáfrica y, por lo tanto, en el mayor dolor de cabeza del presidente Poieter Botha, Desmond Tutu perturba también profundamente a la comunidad eclesial de su país y del Continente Africano.
“Pacífico pero radical” en cuestiones políticas, el obispo anglicano de Johannesburgo lo es aún más en materia teológica. “Los teólogos que hablan de justicia y de partición equitativa de los bienes de la tierra muy a menudo se ven acusados, por personas `religiosas’, de hacer política, y se les aconseja dedicarse más bien a rezar. Ese consejo no está desprovisto de arrogancia: supone que nosotros no rezamos cuando, por lo contrario, encontramos a Cristo en la oración, la meditación, el estudio de la Biblia y los sacramentos. Es precisamente ese encuentro que nos conduce a hablar y actuar como lo hacemos. Lo que nos inspira es nuestra fe y no la política.”
Gran admirador de la Teología de la Liberación, Desmond Tutu no pierde una oportunidad de defenderla. Múltiples son sus declaraciones al respecto. Entre tantas, algunas:
La Teología de la Liberación invita a las otras teologías a preguntarse si son realmente bíblicas… y a ser más fieles al Misterio de la Encarnación, ocupándose del hombre en su totalidad, cuerpo y alma”.
“La Teología de la Liberación quisiera ser admitida al mismo título que las teologías que hacen parte de la herencia muy rica y diversificada de la Iglesia. Sin embargo sus teólogos están comprometidos en una tarea demasiado urgente para esperar la aprobación del Occidente o de los que adoptan ciegamente los “criterios de admisión” impuestos por el Occidente.”
Esta distancia con el Occidente es sin lugar a duda el eje del pensamiento religioso del teólogo anglicano, que afirma identificarse absolutamente con la Teología Negra surgida en Estados Unidos y estar en busca de una Teología Africana realmente adaptada al continente “más sufrido del orbe”.
“Las Teologías Africana y Negra constituyen una violenta crítica de la tendencia a elaborar la teología sobre todo en la parte del mundo que ocupa el Atlántico Norte. Los Occidentales reclaman generalmente una Teología ecuménica y universal que identifican a menudo con su propio tipo de teología. Pero eso está totalmente equivocado. La Teología Occidental no es más universal que cualquier otra… La teología sólo puede encontrar el tono justo cuando se dirige a una comunidad cristiana particular, determinada en la historia, en el espacio y en el tiempo, y debe tener la humildad de aceptar el escándalo de su particularidad así como su naturaleza particular.”
“Desoccidentalizar” el pensamiento general del hombre negro, y su pensamiento religioso en particular, es una de las principales tareas que se ha impuesto el secretario general del Consejo de Iglesias de Africa. Inmensa labor:
La humanidad de los negros que viven en países gobernados por una minoría blanca está definida en los términos del hombre blanco. Para ser considerado como verdaderamente humano el negro debe verse y ser visto hasta un cierto punto como un blanco color chocolate. El ha sido disminuido en su humanidad. Es contra esa situación deplorable que reaccionan la Teología Africana y la Teología Negra”. “Creemos absolutamente en la importancia vital del movimiento de la conciencia negra que proclama a los negros que son hijos de Dios y que no deben ni necesitan disculparse de ser lo que son. Dios no se equivocó al crearme negro. No soy una copia al carbón. Soy un original. Todos somos originales”.
El hombre negro debe convencerse que no es un “blanco fracasado”. También debe aprender a no pedir permiso para pensar: “La integridad de la Teología Negra debe ser respetada… No pedimos autorización. Ni siquiera buscamos que se nos acepte. Que el Occidente acepte o rechace dar credenciales a la Teología Negra no tiene importancia, no cambia nada el fondo del problema. La Teología Negra es algo demasiado serio para tener que esperar la aprobación de los demás. Sencillamente: es”.
En Roma el tono de Desmond Tutu no agrada del todo. Y si bien Juan Pablo II condenó el apartheid en su gira africana –tras un silencio largo, demasiado largo, según todos los observadores–, no ha hecho público su apoyo al Consejo de Iglesias Sudafricanas, y menos aún a su polémico secretario general. ¿Pero acaso El Vaticano no está ubicado en Occidente?
Entonces…
Entonces Desmond Tutu sigue intentando reconciliar al negro sudafricano consigo mismo y con Dios. Pero cada vez le parece más lejana la posibilidad de reconciliarlo con el hombre blanco: “En la República Sudafricana, como en Namibia, los negros consideran haber agotado todos los medios pacíficos que estaban a su alcance. Se ven contra su voluntad forzados a recurrir a métodos violentos para oponerse a un sistema que utilizó y sigue utilizando la violencia legalizada e institucionalizada para intimidarlos y oprimirlos. Mi pueblo es fundamentalmente pacífico. Es, inclusive, demasiado paciente. Pero no ve para él otro recurso que el de la violencia”.








