Prepotencia en el Colegio

Heberto Castillo

En el Colegio Electoral se aprende lo que en ningún otro colegio. Es de privilegio estar ahí. De los 400 presuntos diputados son 100 los que califican el resultado de las elecciones. Los designa cada uno de los partidos según el número de presuntos diputados ganado por éstos. Del PMT somos dos solamente, Eduardo Valles yo.
Llegamos al Colegio desconocedores de todo, menos del anacrónico reglamento que ya casi cumple los 50 años. Compañeros de partidos fraternos nos dicen que es interesante pasar por él, aunque no se tenga capacidad alguna de decisión, porque ahí se conoce a los que van a mover el agua en la Cámara de Diputados en los próximos tres años. Los buenos, dicen los priístas, porque se viene la sucesión, “la grande”. Ya la presidencia del Congreso se decidió entre los miembros del partido oficial. Al final, después de escarceos, quedó Eliseo Mendoza Berrueto, que es gente del Presidente. No lograron meter el suyo algunos de los presuntos candidatos a la presidencia que buscaron afanosos tomar ventaja. Se supone que están en el Colegio los que van a figurar en las primeras filas, los mejores del PRI. Y los más duchos de la oposición. Los más preparados, los más lúcidos, los más “chidos”, como dirían mis ñeros de la cárcel de Lecumberri, cuando fuimos huéspedes Eduardo y yo a causa del Movimiento de 1968.
Los trabajos se iniciaron con el nombramiento de la presidencia del Colegio. El PSUM nos había propuesto que presentáramos una planilla plural. Coincidimos. El PRI no esperó propuesta alguna y madrugó distribuyendo en la sala una planilla plural, porque entre los seis miembros de la presidencia escogió a dos presuntos de la oposición como prosecretarios. Gerardo Unzeta, el promotor de la planilla plural en verdad, entre ellos. Vimos ahí, muy pronto, qué poco se puede hacer dentro del Colegio Electoral en contra de la opinión del PRI. Vimos más tarde que se puede opinar, criticar, gritar. Y hacer que las propuestas salgan a la calle, mediante los periódicos, las revistas, quizá la radio y la TV. En el PMT convinimos que Eduardo Valle fuera el que interviniera en las sesiones del CE. Eduardo fue el coordinador de la campaña electoral del 7 de julio pasado de acuerdo con su cargo en el Comité Nacional (secretario de Asuntos Electorales). El sería el que actuara en alguna comisión, si habían oportunidad. Y la hay, por primera vez en la historia, pues nunca se habían abierto el PRI a esta posibilidad. Aprendemos pronto que es el PRI quien determina todo lo importante intramuros del Colegio. Es el PRI que notifica lo que él acuerda: “Yo decido que la presidencia sea plural”. “Yo decido que en las comisiones participen los partidos de la oposición”. Y al PMT le corresponde un puesto. Valle lo ocupa. Y lo ocupa bien.
Pronto conocemos el nivel de los debates. Salvo contadísimas excepciones, los presuntos del PRI argumentan teniendo plena conciencia de que no requiere argumentos, sólo recitar los lugares comunes más arcaicos. La tribuna más alta de la patria es una frase reiterada una y otra vez por los presuntos priístas. Las voces engoladas llenan el ambiente para que los acarreados que llenan las galerías aplaudan cuando sus patrones –sin el menor recato– les pidan que lo hagan. “Vinimos a apoyar a mi licenciado”, nos dicen unas mujeres con apariencia de vendedoras de legumbres. ¿Cuál? preguntamos “Pss…, el licenciado ese, el que nos trajo”. Y las porras cambian de un día para otro, según el presunto. Monárrez, acusado de fraude, trae un grueso grupo de trabajadores de Comunicaciones. Otros días son choferes, o colonos, o locatarios de mercados. Variadito.
Abre el fuego por el partido oficial Miguel Osorio Marbán, para rechazar la propuesta de Gerardo Unzueta. Su actitud en la tribuna es de perdonavidas de los disidentes que olvidan que son minoría. La mayoría es la que cuenta. El PRI ha hecho todo en México –¿quién si no él?, hasta permitir que los partidos de oposición lleguen al Congreso. Fue el PRI quien dio el voto a la mujer, recuerda Osorio; y a los jóvenes menores de 21 años. Fue el PRI el que nos dio todo: revolución, paz, desarrollo. La crisis es circunstancial y pasajera. Y MOM gesticula, manotea, frunce el ceño y sentencia: la mayoría priísta decidió que desde ahora habrá pluralidad. Nada tiene que hacer la oposición al respecto. Las minorías son las minorías. ¡Faltaba más! Los que se quejan de poca representatividad aquí –dice levantando la voz– que le reclamen al pueblo que les negó el voto. Y con enérgico manoteo, como si con ella lanzara las críticas de la oposición al aire, abandona la tribuna con aire triunfal, en medio del aplauso de la claque.
El universitario Diego Valadés no lo hace mejor. El PRI ha luchado por los trabajadores, los campesinos, el pueblo en general. Es el defensor del sindicalismo, de los derechos de la mujer y de los jóvenes. No acepta la calificación de que son ellos una mayoría relativa ni menos, como ha dicho Valle en una de sus intervenciones, la mayoría minoritaria. Sólo cuando Eduardo pregunta a Pablo Pascual, en el uso de la palabra, quién era el Abogado General de la Universidad que pidió la intervención de la policía en ciudad Universitaria en 1979, Valadés cambia de color, cuando Pablo responde: “Diego Valadés, ese”.
Y como Osorio y Valadés, muchos más. No son ellos la excepción, los malos del grupo, los prepotentes. La mayoría actúa así. Se saben triunfadores no por el voto popular, sino porque tienen el poder, los instrumentos, los recursos, las leyes. La mayoría. ¿Para qué convencer a nadie?
Muchos saben que serán diputados porque se cuenta con el aparato del gobierno para imponer la voluntad de sus jefes, o de su jefe. Cometen todo tipo de fraudes, se presiona a los ciudadanos para que voten por ellos, se roban las urnas si es necesario. Antes, se falsean los padrones. Ahora más fácilmente, porque se cuenta con procesadoras de datos (computadoras electrónicas) que se equivocan fácilmente para ayudar al PRI. Los ciudadanos inventados por las computadoras que aparecieron viviendo en nuestras casas, la mía y la suya, lector, son sólo equivocaciones de esos aparatos modernos, nos dicen. ¡Máquinas tarugas, tramposas o descuidadas! Por más que los funcionarios de la CFE las vigilaron, hicieron de las suyas. Pero esos errores se corrigieron oportunamente, argumentan una y otra vez los presuntos del partido oficial. El padrón corregido estuvo en las casillas. Las listas que se entregaron a la oposición días antes del 7 de julio estaban equivocadas. Pero a tiempo se corrigieron. Como a todos nos consta. Excepto a las minorías, que no quieren aceptar sus derrotas y por eso se inconforman, por desconocer los padrones reales.
Los priístas saben que pase lo que pase cuentan con 60 de los cien votos. Y esto extremando la situación, considerando que pasará lo increíble, que el PST y el PARM votaran en su contra, a pesar de que de hoy en adelante los subsidarios saben, y los priístas también, que el gobierno puede aumentar el número de sus incondicionales haciendo que los priístas voten por el PRI para diputados por mayoría relativa y para plurinominales por los partidos de la oposición inteligentes que sepan que para parar a la derecha hay que entregar a la izquierda.
La conciencia de su invencibilidad hace prepotentes a los priístas aunque de naturaleza sean humildes, como Osorio Marbán o como Valadés. Para ellos los errores no cuentan. Pueden decir en la tribuna la burrada que quieran, que tendrán 60 votos cuando menos. Y además los aplausos de sus porras. No tienen que oír razones ni argumentos de los opositores. ¿Para qué? No oigo, no oigo, soy de palo, parecen decirse a ellos mismos algunos de los oradores priístas encaramado en la tribuna más alta de la patria, como declaran solemnes.
Como la muerte, el Colegio Electoral une a presuntos universitarios y politécnicos con presuntos poco ilustrados. A todos gana la insensibilidad, la torpeza. Si la prensa los exhibe, hay mala fe y enemigos emboscados, si los halaga, los periodistas venales son comprensivos e inteligentes. El jurado, el Colegio, la mayoría, están de su parte de todos modos, pase lo que pase, o casi. Nadie los vencerá si el PRI no lo acepta. Es este partido el que decide quien tiene la razón. Y por ahora se da el lujo de “conceder” algunas victorias. Una, hasta el momento de escribir estas notas, en el estado de Durango.
No se puede inhabilitar a ningún presunto priísta así sea el peor espécimen humano. Se pueden presentar documentos mostrando que son delincuentes de todo tipo, que si de arriba no se decide que el caso se congele, nada pasa. O casi. Como ocurre con Monárrez, de Comunicaciones.
Algunos compañeros de la oposición aprovechan el Colegio para presentar tesis. Nadie, creo, desconoce que hacer otra cosa es lanzar luces de bengala para contrarrestar cañonazos. Los más oteamos, observamos, medimos. La Cámara puede ser una buena caja de resonancia para hacer oír nuestra voz fuera de ella, con el pueblo trabajador. Pero de manera alguna el sitio donde disputar de igual a igual triunfos al PRI, al sistema. Podemos conocer ahí los cuadros dirigentes del PRI, determinar mejor sus capacidades, establecer contactos, precisar discrepancias.
Por ahora, los primeros días, sabemos ya que los miembros del institucional, en su inmensa mayoría, son insensibles a la realidad que les rodea. Viven en otro mundo. Un mundo que les es grato, con el pueblo miserable muy lejos. Para ellos el pueblo que cuenta son los acarreados que llenan las tribunas. Los campesinos chiapanecos en huelga de hambre en el Zócalo y los trabajadores de Sicartsa en huelga en Lázaro Cárdenas son otra cosa. Engañados por agitadores. Antisolidarios, dirán los priístas. Nada tienen que ver con su trabajo parlamentario, con su histórica misión, “con los altos intereses de la patria”.
Y así, hora tras hora, sistemáticamente, la fraseología hueca retumba en la sala, llena el ambiente, asquea.
Y cuando se ha agotado la lista de oradores, lo de siempre: se aprueba el dictamen.
Luego vienen los abrazos, las sonrisas. ¡Hermano! ¡Exito! Y las porras.
Es probable que los priístas no lo entiendan, pero a nuestro entender todos ellos, desde el más alto hasta los presuntos y no presuntos diputados, parecen no advertir siquiera el rumor de la historia, parecen haber perdido el horizonte político de México. Su mundo es una fracción. Más bien una facción. Quizá una ficción.
Sin embargo, se mueven satisfechos encima de un polvorín.