Francisco Fe Alvarez
La mediocridad se instala otra vez entre los designados por el PRI para que ocupen un lugar en la Cámara de Diputados. La tónica es dada por don Píndaro, que preside el denominado Colegio Electoral, juez y parte para señalar a los elegidos y a los desechados.
De la legislatura que acaba ¿se recuerda algo importante realizado por los priístas que supuestamente defendían los intereses del pueblo?. (No se vale referirse a la nacionalización de la banca, decisión humoral de un presidente cuya voluntad de poder redondeó la catástrofe). Insípidos, incoloros, indiferentes; y también despreocupados, sin criterio propio, atentos siempre a las indicaciones o deseos del líder en turno, integraron una mayoría irresponsable, conducida por un Lugo Gil que fue la personificación de la mediocridad más augusta. Y los que se anuncian parecen dignos sucesores.
Llega a la tribuna don Píndaro, cuyo único indicio de personalidad parece radicar en su rimbombante nombre, y habla con las mismas frases y siguiendo las mismas ideas (es un decir) de su gran maestro, el senador y pontífice: la revolución que prosigue su marcha, las instituciones que han permitido la paz política, el desarrollo, el orden en la libertad (y la crisis, la injusticia social, la abismal corrupción que acaba con toda moral, el fraude y los engaños de cada día).
¡Oh, las grandes frases tan huecas de realidad!. Dichas por otra voz, en otros tonos, con el mismo gesto automatizado y teatral que debe despertar el aplauso entre los acarreados de la galería.
Don Eliseo, nuevo en estos trotes, se inquieta, se preocupa y se agita para que se mantenga la línea, puesto que no deben abandonarse los moldes establecidos ni las referencias que forman el substrato mismo de nuestra actuación (la de los priístas). Y detrás de los dos, don Hilarión, el senador que obra como boticario, impulsor de la llamada “alquimia electoral”, prepara las viejas fórmulas que para nada significativo sirvieron anteriormente, pero que han permitido a las pasadas mayorías hacer creer en la eficacia de un sistema parlamentario envejecido, encallado en la ineptitud y mecido por los dulces sones del presupuesto.
La Cámara de Diputados, en los regímenes democráticos, desempeña funciones de enorme importancia en la vida política del país. Es el contrapeso efectivo de la actuación del Poder Ejecutivo, ya que los diputados, conscientes de que deben cumplir el mandato que les dio el pueblo al elegirlos, actúan con criterio y responsabilidad, aun en el marco de disciplina que establezca su partido. En tal forma, inclusive contando con una mayoría aplastante, la Cámara puede ser un ente vivo, inteligente, que informe y considere ventajas e inconvenientes de aquella legislación que surja de ella. ¿Qué mayoría priísta ha ofrecido este ejemplo de atención a los deseos y demandas populares?. ¿Cuál de ellas no se ha limitado a acatar las órdenes llegadas del Ejecutivo, a inclinarse ciegamente ante los dictados del dirigente del partido, o del llamado líder de la Cámara?
Es dudoso, pero posible, que alguna de las mayorías priístas que recientemente han pasado por la Cámara, contara con diputados capacitados, talentosos y hasta decididos a realizar honradamente su tarea. Pero al parecer, la fuerza constrictiva del partido los anuló y así hemos tenido una masa amorfa, conducida por líderes sin voluntad propia, que se apegaron estrictamente a las consignas recibidas. Con razón ha insistido la oposición en la falta de autonomía del Poder Legislativo respecto del Ejecutivo.
No hay indicio alguno que permita suponer un cambio en esta 53 Legislatura. Con personas tan incrustadas en el sistema, como don Píndaro y don Eliseo, que cuentan, además y sobre todo, con las pócimas, mejunjes y ungüentos que sabe suministrar el senador para que la maquinaria funcione, aún rechinando y gruñendo, seguiremos viendo cómo la mayoría se doblega dócilmente a los dictados que lleguen de arriba. Por mucho que peleé la oposición, por razonables y lógicas que sean sus peticiones ¿de qué servirán ante la postura de obediencia ciega, servil, que muestran los integrantes de la mayoría?
Por lo menos en parte, en gran parte, ese priísmo ha sido culpable de la grave crisis en que se encuentra el país. Su complacencia y apoyo a todas las medidas dictadas por Echeverría y López Portillo, sin examen, sin medir sus consecuencias, sin los análisis serios que se imponían en cada caso, condujeron al desastre de 1982, que no ha sabido remediarse en el actual gobierno.
Esa es una enorme responsabilidad que se ha tratado de soslayar con discursos plenos de demagogia, con el disfraz de la realidad y con la fácil excusa de achacar a las circunstancias que se dan en otras partes del mundo, todos los errores, las omisiones, la forma fácil y despreocupada de la actuación propia.
Tampoco tiene vigencia ya el llamamiento continuo a un movimiento revolucionario que se ha convertido en mito y cuyo mantenimiento sólo sirve para el provecho de esa clase desorientada y confusa que busca paliativos en vez de verdaderas soluciones.
El don Hilarión de La Verbena de la Paloma dice, refiriéndose a las muchachas que lo cortejan por su dinero: “me dan el opio con tal gracia que no las puedo resistir”. Aquí tendríamos que considerar que el don Hilarión priísta es quien distribuye el opio de las prebendas y del poder a los que tiene como a sus allegados en la mayoría. Pero, por desgracia, la Cámara no es una verbena ni el opio tiene gracia alguna, aunque no se pueda resistir. El tiempo de la frivolidad, de la oratoria hueca, de los retruécanos, ha pasado hace mucho.
Saliendo a la calle todos los días, acudiendo a los mercados, hablando con los marginados a los que nunca se acercan y cuya situación no quieren conocer, los diputados priístas se darán realmente cuenta de que todo el opio adormecedor que derramaron durante sus supuestas campañas electorales, de nada ha servido ni menos les servirá desde la tribuna si siguen negándose a ver lo real como lo que es: miseria, frustración, desesperanza y, llegado el momento, desesperación capaz de cualquier acto salvaje.
Las frases más o menos rotundas, pero siempre falsas; la prepotencia en palabras y hechos; las actitudes teatrales; las promesas jamás cumplidas, todo eso, que forma parte del opio priísta, ya es basura. Cabe la posibilidad, aunque lejana, de que esos diputados de mayoría dejen de adormecerse a sí mismos. A partir de ese momento se podría esperar algo positivo de todos ellos y la Cámara de Diputados tendría razón de ser.








