La realidad maravillosa: En mayo de 68 los jóvenes se imaginan tomar el poder

Pablo González Casanova

Diez años antes en América Latina la revolución toma la imaginación. El fenómeno parte de un hecho: lo cursi colonial, la falsificación sin original. Lo cursi es como un sentimiento artificial, simulado como si fuera de veras, exagerado para quedar bien, con algo de miedo, de ambición, de manipulación y con abyección. Hay en lo cursi un pensamiento manifiesto que oculta el desgano, la falta de convicción o de fe, o de amor. El entusiasmo es para el otro –amo o jefe–. La fe simulada, el amor simulado con tributos. Como teatro lo cursi es política y como política es servil.
Lo maravilloso es irreal y es falso. Lo dado se declara maravilloso: el statu quo, el régimen establecido, el sistema dominante, el tirano, el nuevo virrey, el gerente. Se oculta lo real horroroso y lo real maravilloso, todo lo real. Atenas sirve para ocultar Quito, y Versalles Managua sin que nadie imagine para nada Atenas ni Versalles o algo realmente hermoso relacionado con ellas. Lo cursi es la obligación de sentir lo que no se siente. Así como la fe en la teología de los opresores es “la obligación de aceptar lo que no se puede conocer” (Leonardo Boff), lo cursi es la obligación de someter lo que se siente a lo que se tiene obligación de sentir, y sentirlo. En lo cursi colonial el sometimiento a lo irreal es doble, se renuncia a los propios sentimientos y se aceptan los del señor sin los originales del más allá metropolitano.
Frente al formalismo y sus morbos está el realismo; pero también la realidad maravillosa y la posibilidad de expresarla como maravilla. La realidad local y universal que “se ha escapado” se encuentra aguzando la vista, el oído y el tacto. El esclavo ve maravillado la realidad emocional e intelectual que oculta el formalismo del poeta o el filósofo “des-arraigado”. La realidad maravillosa incluye el sueño que se vuelve realidad: el paralítico que se levanta y anda, el mundo que canta, como en la novela de Moriseau-Leroy, o esos campesinos de que le cuenta Emiliano Zapata a Pancho Villa: “Cuando les repartimos tierras creen que es un sueño…”
Jacques Stephen Alexis reflexiona sobre el problema desde 1956. Es negro, novelista, haitiano, “latinoamericano”, muerto a manos de los tontons macoutes cuando regresó de Cuba. Como dijo Alexis, la realidad maravillosa se vuelve “una incitación a la lucha por la felicidad”1. Esa incitación se hace desde la realidad. El idioma del pueblo la recupera, la descubre. El artista adopta ese idioma. Al escribir con él aparece la realidad maravillosa. La revolución profunda ocurre también en la imaginación. Lo dice García Márquez al definirla como “esa facultad especial que tienen los artistas para crear una realidad nueva a partir de la realidad en que viven”, o cuando habla de “las aventuras increíbles de los que creyeron” (Subrayado por nosotros). La literatura busca territorios fantásticos y reales como los conquistadores y los revolucionarios, reales por increíbles que parezcan. “Es difícil el problema de que nos crean” afirma García Márquez como cualquier guerrillero. La “realidad desmesurada de la revolución” plantea “la insuficiencia de las palabras”. El problema de la expresión pobre o nula se parece al del místico pero es enteramente profano. Está relacionado con el problema de una realidad que no se puede comparar a la “racional”, para el caso, no se puede comparar a la europea donde no hay tormentas que duren seis meses ni río ancho como en Belén de Pará. La revolución es incomparable y concreta. No es calca ni copia. Su realidad “no cabe en el idioma”. Obedece a una “libertad sin término”, a “una realidad sin Dios ni ley, donde cada quien siente que le es posible hacer lo que quiere sin límites de ninguna clase”, una vez estudiadas las leyes, y los límites y Dios. El centro de gravedad de la revolución es el Caribe. Allí está el centro de lo increíble. El gran novelista cuenta: “Yo nací y crecí en el Caribe. Lo conozco país por país, isla por isla, y tal vez de allí provenga mi formación, de que nunca se me ha ocurrido nada que sea más asombroso que la realidad…” Y un poco más lejos añade: “…no hay una sola línea en ninguno de mis libros que no tenga su origen en un hecho real”.
Tal vez donde más se advierte el carácter revolucionario de la imaginación es en los textos del escritor y novelista cubano Alejo Carpentier. En su introducción al Reino de este mundo (1967) aparecen los varios pasos del descubrimiento, unos que desechan lo que no es real ni maravilloso y otros que descubren lo real y maravilloso. Después de un viaje a Haití en 1943 Carpentier siente la necesidad de enfrentar “la maravillosa realidad recién vivida” a la agotante pretensión europea de “suscitar lo maravilloso”. El escritor desecha: Uno. Lo maravilloso buscado a través de los viejos clisés. Dos. Lo maravilloso obtenido con trucos. Tres. Lo maravillosos literario, codificado. Ese tipo de maravilla se come al poeta o al pintor y éstos se vuelven burócratas o realistas “partidarios de un regreso a lo real”. En cambio la realidad es una maravilla, la realidad “es una desenfrenada creación de formas… con todas sus metamorfosis y simbiosis”. Carpentier destaca lo que sí es maravilloso: 1. La inesperada alteración de la realidad (el milagro o su equivalente), 2. La revelación privilegiada de la realidad, 3. La iluminación inhabitual, 4. La ampliación de escalas y categorías de la realidad, 5. La exaltación que presupone “un estado límite”, “una fe”. Los que creen en santos pueden curarse con milagros, los que son quijotes pueden meterse en cuerpo, alma y bienes en el mundo de Amadís de Gaula o de Tirante el Blanco. Obsérvese la enumeración: Fe de cristo, fe del Quijote, fe de Fidel. Esta última no lucha contra “tiranías imaginarias”, sino contra “tiranías padecidas”; pero como las demás “se ve el alma sobre la temible carta de una fe”. Registro, crónica y realidad maravillosa corresponden a la exactitud, a la historia y a la revolución. El registro fiel deja que lo maravilloso “fluya libremente” de una realidad seguida en todos sus detalles. La historia de América es una crónica de lo real maravilloso y lo sigue siendo con la revolución.
Ir a la realidad maravillosa desde la realidad que no es maravillosa o desde la maravilla que no es real equivale al descubrimiento del mundo, un descubrimiento al que se opone el dictador indigno: el de la alternativa a su mundo.
En “Góngora y América” cuenta Alfonso Reyes 2, que “desde 1560, el americano tiene la prohibición expresa, en principio, para escribir sobre negocios y asuntos americanos, salvo excepciones bien establecidas”. La ruptura de la prohibición comporta una lucha de cinco siglos por encontrar “la complejidad inminente de los hechos concretos” a que se refería Euclides da Cunha. En esa lucha la imaginación juega un papel importantísimo.
Freire descubre la “realidad maravillosa” como imaginación científica y como voluntad revolucionaria. En las codificaciones o figuraciones busca aquellas que representan las contradicciones, y sobre todo las que representan las contradicciones inclusivas de otras contradicciones. De las “necesidades sentidas” que despiertan el interés del hombre del pueblo, esté va hacia “lo inédito viable”, hacia lo posible que puede ser realidad. “Los individuos inmersos en la realidad, con solo la sensibilidad de sus necesidades emergen de ella y así adquieren la razón de las necesidades”3. De la conciencia real pasan a la “conciencia posible”.
La imaginación no toma el poder, lo toma la revolución; pero ésta “lleva la imaginación al poder” según Sergio Ramírez, y una vez tomado el poder siente que “es necesario seguir soñando” según el comandante Borge.
(1) Alexis, 84.
(2) Obras, VII, 240.
(3) Freire, Pedagogía, 143.