En un gesto de reivindicación pública, un grupo de médicos reunido el 21 de agosto en el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias decidió solicitar a las autoridades que esa institución –el antiguo hospital para tuberculosos de Huipulco– lleve ahora el nombre de Ismael Cosío Villegas.
Fallecido el 2 de agosto, el notable neumólogo mexicano, maestro durante 39 años de la Facultad de Medicina de la UNAM, fundador de la Campaña Nacional contra la Turberculosis, fue director del hospital de Huipulco (en el que había trabajado durante 28 años) hasta el 10 de septiembre de 1965 cuando, por su solidaridad con el movimiento médico de ese año, fue cesado por órdenes del presidente Díaz Ordaz.
“Le quitaron todo; las prestaciones, sus derechos de antigüedad. Tanto en Huipulco como en la Facultad de Medicina de la UNAM”, dice su hijo el doctor Miguel Cosío. “Hubo la prohibición expresa de que no se le dejara ni siquiera pisar un hospital del Estado, que era donde él había impartido toda su vida sus clases clínicas”.
Y rememora: “Los teléfonos de su casa y de su consultorio estaban intervenidos y había vigilancia de la policía. Todo empezó cuando mi padre manifestó que presentaría su renuncia si cesaba a uno solo de los médicos residentes de Huipulco. Hubo otros directores de hospital que anunciaron su renuncia, pero a la hora de la hora sólo mi padre presentó la suya y apoyó a los médicos hasta el final. Le sorprendió más tarde que quienes le plantearon su separación del hospital fueran sus propios amigos más íntimos, y que a partir de entonces ya nunca le dieron la cara.
“En realidad no había dirigentes en el movimiento, pero a medida que algunos médicos notables iban destacando en sus muestras de solidaridad se fueron nombrando representantes, como los doctores Norberto Treviño, Bernardo Castro Villagrana, y mi padre. Ellos no tenían ya nada que ganar; eran médicos ya formados.”
“Pero la verdad es que siempre, desde mucho antes, había sido un disidente. Decía lo que pensaba, no se plegaba, daba la cara”, dice el doctor Miguel Cosío.
Cabeza del Círculo de Estudios Ismael Cosío Villegas y director de la revista Medicina y sociedad, el doctor Mario Rivera Ortiz destaca que Cosío Villegas no sólo se distinguió como científico:
“Fue también un luchador social y un hombre comprometido políticamente. Ya en 1952 formaba parte del Comité Pro Libertad de los Presos Políticos, que presidía el licenciado Luis Sánchez Pontón, y tanto en los años de Miguel Alemán como en los de Ruiz Cortines luchó por la abolición del artículo de disolución social.”
“Fue uno de los primeros mexicanos pacifistas y se pronunció contra la carrera armamentista. Estuvo en Varsovia en los años 50 como representante del movimiento mexicano por la paz y firmó el Llamamiento de Estocolmo de 1950”, añade Rivera Ortiz.
Cosío Villegas suscribió además innumerables cartas pidiendo la libertad de muchos dirigentes latinoamericanos perseguidos.
¿Cómo se involucró en el movimiento médico?
“Era director de Huipulco cuando sus médicos residentes fueron amenazados de cese colectivo por el doctor Salvador Aceves, de la Secretaría de Salubridad. Cosío Villegas asumió entonces una posición insólita. En una reunión con las autoridades les hizo ver que renunciaría si se cesaba a uno solo de los médicos, quienes en su mayoría lo secundaron. Sin embargo, muchos otros médicos lo traicionaron, como es la regla”, explica Rivera Ortiz.
“La actitud del maestro logró que se retirara la amenaza contra los residentes. Era el momento culminante del movimiento, en marzo de 1965. Aunque no era un dirigente directo, moralmente quedó comprometido. Y no lo negó nunca. Era muy valiente.”
“Curiosamente, el doctor Aceves fue el mismo que liquidó al doctor Enrique Cabrera en el Instituto de Cardiología en 1962. En 1965 fue el instrumento de Díaz Ordaz para liquidar a Cosío Villegas”, dice Rivera Ortiz.
Rómulo Sánchez Mireles, director del ISSSTE durante el gobierno de Díaz Ordaz, afirmó la semana pasada (Proceso 459) que luego de haber sido dirigente de los médicos, “fui llamado como saboteador del movimiento médico”.
“Para mí fue muy doloroso, muy penoso. Les pegué y les pegué fuerte. Yo cuando peleo peleo en serio. Con todo el dolor de mi corazón les pegué muy fuerte a los médicos”, dijo a Ortiz Pinchetti.
El doctor Mario Rivera Ortiz piensa que “Sánchez Mireles justifica el desalojo de los médicos diciendo que había que evitar el asesinato colectivo. Se ocultó entonces que fueron médicos militares quienes entraron en el hospital del ISSSTE”.
En un artículo publicado en junio de 1977, “Cosío Villegas ha ganado el derecho de morir en paz”, el doctor Alfonso de Gortari denunció la premiación con medalla de oro que a Sánchez Mireles le hizo la Academia Nacional de Medicina.
La autocrítica del movimiento por Cosío Villegas se planteaba, según Rivera Ortiz, de la siguiente manera:
“No hubo una valoración adecuada de la correlación de fuerzas al final del movimiento. Al principio fue muy justo, muy espontáneo, y contó con la mayoría de los jóvenes médicos del país. Tuvo un gran respaldo popular. Se lograron importantes aumentos y prestaciones. Pero luego en la dirección del movimiento hubo influencias que no tenían bien en cuenta la correlación de fuerzas y a esto se añadió una campaña de desprestigio a través de la prensa y de la televisión, especialmente por parte de Jacobo Zabludovsky.”
¿Qué participación tuvo Emilio Martínez Manautou, desde la Secretaría de la Presidencia?
“Creó un comité fantasma que se dedicaba a publicar manifiestos, propaganda diversionista”, dice Rivera Ortiz.
Gestos de reivindicación, aparte del reciente del 21 de agosto en Huipulco, ya los había habido, como afirma el doctor Miguel Cosío:
El 9 de marzo de 1977, en el Instituto Nacional de Cardiología, el doctor Ignacio Chávez, que presidió el homenaje a Ismael Cosío Villegas se preguntaba:
“¿Por qué una carrera tan noble cesó abruptamente, como cortada de tajo?”
Y añadía:
“Hace más de dos lustros, por ukase oficial, Cosío Villegas debió dejar la Dirección de su amado Sanatorio de Huipulco. Dejarla, significaba para él el fin de su carrera de profesor de clínica. Con ceguera, el país condenaba así al retiro a uno de sus altos valores en la enseñanza. En vano algunos de sus amigos intentamos parar el golpe. Varios de sus discípulos, como Carlos Noble, como Alejandro Celis, le ofrecieron acogida en sus servicios, pero fue inútil, por orden superior, según se nos dijo, todas las puertas de los hospitales se cerraron y el hombre que había vivido para la cátedra entró al silencio… La herida fue muy honda, sobre todo por la ingratitud con que el país pagaba, como es frecuente, los altos servicios recibidos.”
Al agradecer las palabras de los médicos y alumnos que le rendían homenaje ese 3 de marzo de 1977, en Cardiología, Cosío Villegas dijo:
“Cuando me cesaron de mis puestos en 1965 me aislé completamente. ¿Yo rehuí de la gente o la gente rehuyó de mí? Creo que fueron las dos cosas. Yo, porque estaba decepcionado; y ellos, tal vez por un complejo de culpa. Desde entonces, estudio en las mañanas y en las tardes doy consulta, por vocación y por necesidad.
“La mayor alegría para mí es contemplar la diferencia que hay entre el problema de la tuberculosis cuando me inicié en la especialidad y lo que es ahora.”
“Pienso y creo que el balance de este medio siglo es positivo. Recuerdo que en el patio de nuestra vieja y muy querida Escuela había una estatua con una placa que decía: `Este santo fue un médico’. Para mí preferiría una que dijera: Este médico fue un hombre, en la más amplia acepción de la palabra. Sí, un hombre digno que ha cuidado mucho el no perder la estimación y el respeto por sí mismo.”
Más tarde, en 1980, la Academia Nacional de Medicina concedió al doctor Ismael Cosío Villegas el título de miembro honorario. En diciembre de ese mismo año la Universidad Autónoma de Puebla le otorgó, en una emotiva ceremonia, el grado de Doctor Honoris Causa. Y durante la dirección del doctor Octavio Rivero Serrano en la Facultad de Medicina de la UNAM se le nombró maestro emérito de esa institución.
Al inicio de la ceremonia en homenaje a la memoria del maestro don Ismael Cosío Villegas, celebrada el 21 de agosto en la Subdirección Médica del Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias, el doctor Mario Rivera Ortiz refrendó que “vamos a impedir que se entierre la herencia política, científica y humanística de Cosío Villegas”. Y recordó que en una reunión reciente de la Academia Nacional de Medicina se soslayó la labor de Cosío Villegas como luchador social.
En la ceremonia tomaron parte, asimismo, los médicos R. Gomar Yebra, Samuel Salinas Quinard, y las doctoras J. Portilla y Graciela Mendoza Rangel.
En el primer acto celebrado en Huipulco en memoria del doctor Cosío Villegas desde el día en que fue echado a la calle, los médicos participantes disertaron sobre su participación en el movimiento médico mexicano, sus actividades contra el holocausto termonuclear, su defensa de los derechos humanos y los veinte años de marginación que padeció el distinguido neumólogo. La doctora Portilla se refirió a “uno de los autoritarismos más despóticos que hemos sufrido y cuya culminación fue Tlatelolco”.
El doctor Mario Rivera Ortiz aludió a la humildad del maestro al recordar la caja de taretan que tuvo como féretro, “cuando todos sabemos que hay funcionarios de mediano pelo que llevan un traje final de más de 200,000 pesos”.
“El día del sepelio estábamos allí quienes querían enterrarlo con todas sus ideas y todo lo que representaba y quienes no queríamos enterrar su herencia moral y política”, dijo Rivera Ortiz.
“Al maestro le gustaban las palabras fuertes”, añadió, y recordó una anécdota de un día en que comían en la fonda Santa Anita:
“Se estaba buscando quién dirigiera el Hospital de Huipulco en esos días, y Cosío Villegas dijo: “Si Ruiz Cortines no me nombra director de Huipulco, que Ruiz Cortines vaya y…’ Todos quedamos anonadados. Pero Ruiz Cortines era un hombre prudente y tolerante, no tenía nada que ver con Díaz Ordaz, y lo nombró, dicen que mientras jugaba al dominó, director del hospital. Después vino la intolerancia extrema de 1965… En fin, hemos decidido solicitar que este Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias lleve el nombre de Ismael Cosío Villegas. Es lo menos que se puede hacer”, dijo Rivera Ortiz. Y antes de concluir comentó:
“Quienes íbamos del lado izquierdo del cajón de taretan nos preguntábamos qué diría ahora don Ismael si supiera que su nombre podría estar al lado del de Gustavo Díaz Ordaz”, en alusión a la placa de bronce que a la entrada ostenta el actual instituto.








