“La vida según Attenberg”

Athina Rachel Tsangari forma parte de un movimiento, apenas incipiente, de renovación del cine griego; La vida según Attenberg (Attenberg; Grecia, 2010) es su segundo largometraje. Antes produjo Diente de perro, la celebrada cinta de Yorgos Lanthimos con quien mantiene una estrecha colaboración (a su vez productor y actor en Attenberg…). Tanto uno como el otro representan una nueva generación de cineastas formados en el extranjero, pendientes de mostrar un ángulo diferente de la Grecia turística de islas en aguas turquesa y ruinas grandiosas.
Tanto así que Athina Tsangari sitúa esta fábula de iniciación a la vida adulta en Aspra Spitia, esa ciudad industrial diseñada por una compañía de producción de aluminio en los años sesenta, un tanto la Brasilia griega; el entorno es monótono, el mar gris y el cielo blanquizco. A Tsangari y Lanthimos les preocupa más el paisaje social. El padre de Marina (Ariane Labed), la protagonista, es un arquitecto condenado por un cáncer terminal y angustiado porque su hija, de 23 años, vive pegada a él y no parece interesarse por el sexo, ni por hombres o mujeres.
Bella (Evangelina Randou), su mejor amiga, intenta darle lecciones sobre sexo, pero Marina prefiere ver con su padre los documentales sobre vida animal salvaje de Sir Richard Attenborough, toda una institución de la BBC; el tiempo apremia y la chica desdeña crecer. Persuadida de ser asexual, Marina imita los rituales de fertilidad de la vida animal, actúa como gorila, y practica besos con Bella. Con una llaneza sorprendente confiesa su incomodidad sexual al padre, e indaga acerca del tabú y del incesto.
Comparada con otras cintas de iniciación en la vida adulta, La vida según Attenberg (de acuerdo con el error de pronunciación de Bella) rompe todos los esquemas, a alguno puede exasperarle la ausencia de explotación de la típica primera vez, o la ausencia de idilio y romanticismo. Athina Tsangari prefiere experimentar hasta el grado de la parodia (la influencia de Monty Python es fuerte en el trabajo de la directora) con este personaje que cree padecer una especie de autismo sexual; pero la manera de presentar la ingenuidad y el engorro de su heroína, fuera de serie, ante los rituales sexuales y lugares comunes en los que se apoya casi todo el cine comercial de Hollywood, tiene un impacto iconoclasta que habría que apreciar.
El manejo heterodoxo del tema se extiende a la puesta en escena, un largo performance de vanguardia, planos fijos y desplazamientos horizontales que funcionan como teatro. Marina y Bella juegan e improvisan, rompen códigos sexuales; Marina y su padre brincan sobre la cama e imitan a los gorilas.
Los huecos dramáticos, convencionalmente hablando, se compensan con la originalidad del tratamiento; lo que desconcierta al espectador es la forma deshilvanada de sugerir conflictos que la directora nunca termina de asumir. Tal ocurre con la fijación paterna de Marina, incapaz de relacionarse en serio con un hombre debido a la cercanía con el padre, o con el rechazo de esta puella (versión femenina de Peter Pan) a asumir su condición de mujer. La realizadora fue capaz de jugar al tiro al blanco con las convenciones del género, sin embargo su personaje quedaría a merced de sus miedos, expuesto a una sociedad hundida en una deuda colectiva. Pero quizá esta era la intención.