Píndaro, el de Iguala, sabe de lo que escribe. La oposición debió haberlo leído antes de ir al Colegio Electoral.
Para Píndaro, el novelista, una cosa es clara: la oposición podrá triunfar y hasta conseguir que su victoria se le reconozca, pero no llegará al poder, propiedad absoluta de los caciques.
Pero a Píndaro el destino le hizo una jugada: lo colocó en situaciones similares a las que vivió el antihéroe de su novela ¡Aquí no ha pasado nada!
Así como Don Ribórico Lapuente debió confrontar un Frente Democrático Renovador que buscó acabar con su poder sin límites en Telotepec; Píndaro Urióstegui Miranda tuvo que encarar a un frente pluripartidista (PAN, PSUM, PDM, PRT, y PMT) que pretendió quitarlo de la presidencia del Colegio Electoral de la Cámara de Diputados. Ambos movimientos fracasaron.
Y así como Don Ribórico, al final de la novela, declara: “Tudencio ganó limpiamente; se respetaron los resultados de las elecciones pedidas por todos; nadie podrá decir o acusarlo de arrebatar un triunfo”; Píndaro Urióstegui Miranda, al final de cada debate, con voz solemne, declara que “se califican como válidas y legítimas las elecciones constitucionales celebradas el día 7 de julio para elegir diputados de mayoría relativa…” y “son diputados por mayoría relativa electos a la LIII Legislatura…”
En 1977, Píndaro Urióstegui Miranda, ya exdiputado federal, exdirector del Injuve y entonces gerente general administrativo de la Comisión Federal de Electricidad, publicó su primera novela. La editorial Grijalbo la presentó así:
Píndaro “ha puesto el dedo en la llaga y (de)muestra el concierto electoral en nuestro país. En el escenario de un pequeño poblado monta la farsa municipal y denuncia la ceñida escala de nuestra gráfica de poder: `el hombre fuerte’, dador de designios; `el elegido’, objeto de favores; `los intermediarios”, vehículos de los intereses del dador de los designios, los peones de avanzada”.
Otro párrafo avaló su conocimiento de causa: “El haber participado como orador responsable de otras tareas de partido, le permitió familiarizarse con la realidad política del país; lo que aunado a su preparación universitaria le ha permitido forjarse un juicio crítico de la época que le ha tocado vivir”.
La novela de Píndaro es lineal. Su tema: por supuesto, político-electoral. Dos personas centrales: Don Ribórico Lapuente –el poder– y Leopoldo Garcides –la oposición–. El escenario: un pequeño y contradictorio poblado, Telotepec, que no cuenta con agua potable entubada, pero su cacique puede hablar por teléfono con el “gober” del estado y, además, es dueño del hotel.
“Paulatinamente Ribórico fue escalando posiciones políticas y acaparando poder y riquezas; el terror fue su arma más efectiva”. Asaltante, abiego, lenón, violador, borracho, fanfarrón, soberbio, verdugo y benefactor, cuya palabra era la ley, Don Ribórico se convirtió en propietario del poder: económico, político y religioso. Imponía presidentes municipales, sin elecciones; imponía gobernadores, sin elecciones, y era capaz de bajar del altar mayor al santo patrono para imponer al de su preferencia. Sólo le importaban dos personajes lejanos: El “Máximo Jerarca” y el “Jefe de la Nación”, a quienes apoyaba porque lo apoyaban.
Leopoldo Garcides había nacido en Telotepec. Emigró a la capital de la República a estudiar ciencias políticas. Concluida la carrera, una beca le permitió estudiar en Europa. Regresó a su pueblo a vacacionar por Semana Santa. Pronto se reunió con sus viejos amigos infantiles. Un noviazgo prolongó su estancia. Esto le permitió intimar con la situación de su pueblo y sus lecturas de Karl Deutsch, Johannes Messner y Maurice Duvalier –además de Marcuse, Lefebvre, Luckács y Gramsci–, lo obligaron a involucrarse y a comprometerse:
“No me siento un Cohn-Bendit, un Rudi Dutschke o un Mark Rudd incendiando los barrios estudiantiles de París, Berlín o Nueva York; sólo asumo el deber de hacer algo”. Si Leopoldo Garcides pensó en ellos, su creador Píndaro tiene como contrincantes –que además formaron parte del frente que pretendió destituirlo– a dos personajes del 68 mexicano: Miguel Eduardo Valle Espinosa “El Búho” –miembro del Consejo Nacional de Huelga– y Gerardo Unzueta Lorenzana, preso a raíz de esos acontecimientos.
Además de sus reflexiones político-académicas, dos hechos terminaron de convencer a Leopoldo para que actuara contra el cacique: la violenta irrupción de Don Ribórico a una fiesta de quince años, donde el opositor era chambelán y el recorrido de cercas –para robar– en la propiedad de su padre.
Leopoldo y sus amigos decidieron actuar la última noche del año. Comenzaron a repartir y pegar volantes anónimos exigiendo que el presidente municipal saliente informara de su actuación, elecciones y cuestionando el poder y el autoritarismo del cacique y hasta ofreciendo datos de sus corruptelas y de sus protegidos. Y comenzaron a contar el apoyo de sus padres, amigos y amigos de los amigos, de afectados.
Hubo respuesta, pese al anonimato de los opositores:
“–¡Desgraciados… me están haciendo perder la paciencia!… ¡Teódulo, convoca hoy mismo a elecciones, pero ya sabes cómo eh!”, dijo Don Rubórico. Y: “–¿Con qué quieren elecciones…, eh?; ¡bueno, pues vamos a dárselas, nada más que como yo las sé hacer!”.
Mientras tanto, los jóvenes opositores decidieron formar el Frente Democrático Renovador y postular a Leopoldo como su candidato.
“Desde hacía varias noches, en casa de Tudencio, se alteraban listas de empadronados y se colmaban las urnas con boletas apócrifas donde los criados de Ribórico inventaron firmas de votantes o estamparon sus huellas digitales suplantando las de los analfabetos.
“La consigna general: ganar `la primera casilla’. El bando que lo consiguiese manejaría en buena parte el resultado final de las elecciones…”
La votación comenzó un domingo en la mañana. A punta de pistola, Don Ribórico y sus seguidores intentaban apoderarse de las urnas. Los partidarios del FDR las defendían también con armas. Hubo violencia. Y el cacique decidió reprimir. Leopoldo regresaba del último plantón en la capital del estado. Los esbirros caciquiles dispararon, finalmente, sobre las oficinas del FDR. En total hubo 20 muertos. Leopoldo fue alcanzado por cuatro balazos, en sus oficinas.
Desangrándose alcanzó a oír a Librado Tierrablanca, su correligionario:
“–¿Leopoldo, qué te hicieron esos desgraciados?, mira mi hermano cómo te dejaron esos infelices. Leopoldo… Leopoldo mira –le mostraba unos papeles que llevaba–, ganaste las elecciones, les diste en la madre a esos sinvergüenzas… Leopoldo… Leopoldo… ¿me oyes Leopoldo? ganaste mi hermano, nadie podrá arrebatarte este triunfo que es tuyo y de toda la gente, ¡mírala está contigo y no te abandonará jamás!” Los miembros de FDR también alcanzaron a quemar la casa del cacique y con ella a su esposa, hijos e hijas.
Pasado un tiempo conveniente llegó la toma de posesión del nuevo presidente municipal. La ceremonia estuvo encabezada por Don Ribórico. “Un miembro del comité (que calificó las elecciones) leyó el acta. Se reconocía el triunfo de Leopoldo Garcides y –en su ausencia– se declaró presidente municipal a Tudencio Ruano, quien recibió las aclamaciones del público asistente”.
La novela –que, como se dice, sus semejanzas con la realidad son meras coincidencias– de Píndaro, el político, está respaldada –según una de las solapas del libro– por su familiaridad “con la realidad política del país”.
Píndaro Urióstegui Miranda preside largos debates en el Colegio Electoral. La oposición habla, se queja del fraude electoral, presenta pruebas, grita, protesta. Nada. Píndaro regula, intenta aplicar el reglamento, se equivoca. La oposición se indigna, exige su destitución. La mayoría priísta lo saca adelante. Siempre.
Su función es similar a la de la última frase del discurso de Don Ribórico:
“–Señores: olvidemos el pasado. ¡Aquí no ha pasado nada! (aplausos nutridos, vítores y porras ensordecedoras)”.
Como en la cámara, con sus galerías.








