Marco Antonio Campos
Carlos Illescas está dentro de ese círculo de excelentes poetas –como Alí Chumacero y Ernesto Mejía Sánchez– que han escrito libros de gran importancia en nuestra lengua –valga citar Palabras en reposo (1956), la Recolección de Mejía Sánchez y Los cuadernos de Marsias (1973) del guatemalteco– y que, sin embargo, son sólo leídos y admirados en pequeños círculos. Todo lo contrario, digo, de algunos turistas de la poesía nacidos en los treinta y los cuarenta cuya proyección personal sólo ha servido para la magnificación de lo mediocre. Las causas del desconocimiento de los tres poetas antedichos pueden ser varias: timidez, falta de promoción, tirajes ridículos, conciencia de que la poesía debe ser tarea de unos cuantos y para unos cuantos.
Illescas ciertamente, es un venerador de la tradición y sus maestros, lo que hace que su poesía esté llena de ecos y reminiscencias, en Cuadernos de Marsias p.e., de quienes esté quizá más cercano sean de Góngora y Baudelaire, y allí está el uso del hipérbaton y la trabajada imagen luminosa del primero, y allí está el juego de excrecencias deslumbrantes del segundo. (Sólo Elsa Cross, hasta donde yo sé, ha hecho una excelente nota de este libro.
Paz, en una difundida declaración oral, declaraba la defunción del soneto a finales de los cincuenta; Novo, en su prólogo a los Mil y un sonetos mexicanos (1965) lo afirmaba y decía que “vivirá aparte y perdurará por siempre, en convivencia con otras formas (endecasílabas o no), aun cuando los vaivenes de las modas poéticas agosten o destierren a aquellos que en un momento (o un siglo) acompañaron al soneto.”
varios de nuestros mejores poetas han cultivado el soneto; con mayor fidelidad y felicidad lo han hecho en nuestro siglo creo, Othón, Pellicer y el mismo Novo (más en sus sonetos vejatorios). Illescas en Manual de Simios (UNAM 1977) lo vuelve en sus manos materia viva, y para ello baste citar los sonetos que componen las secciones de “Polvo enamorado” y los “Sonetos Amatorios”, que son tal vez lo mejor del libro. Los primeros, como el lector sospechará, están basados en ese amor más allá de la muerte que tanto y tan bien talló el gran Quevedo. Pongo las dos tercetas del tercer soneto:
Es, sin embargo, amor, más decidido
infierno; porque a un beso moribundo
un cálido estertor al mar indaga;
y en su fondo epitafia, trascendido,
otra llama, otra boca y otro mundo,
en sueño, en ascua, en mar, en beso, en llaga.
Se podría decir tal vez que Illescas se mueve mejor dentro del poema corto; entiendo que sí. Los poemas cortos que se hallan en el primero de los Cuadernos de Marsias, los sonetos que hay en Manual de Simios y un buen número de poemas inéditos muestran las excelencias dentro de la brevedad del guatemalteco. Me parece que sus mejores momentos no están precisamente en esos largos, solemnes y a veces monótonos poemas que encontramos en el segundo de los Cuadernos de Marsias y en el libro que reseñamos. No quiero generalizar a este respecto; sería injusto. Hay también poemas largos de magnífica factura, y puedo citar del Manual de Simios algunos como “Memoria del espejo”, “Divino argonauta innecesario”, “Sangrante toro”, “Entonces, entonces”.
El psicólogo Ernst Kris –citado por Alí Chumacero en su discurso de entrada a la Academia– decía: “Los artistas renuncian más fácilmente que otros al reconocimiento público de sus obras. Muchos de ellos no buscan la aprobación de la mayoría, sino la respuesta de unos cuantos, respuesta que es esencial para confirmar la creencia en la propia obra”. Illescas, junto a Chumacero y Mejía Sánchez, caben perfectamente en esta afirmación.








