Esther Seligson
Quizá habría que haber enfatizado más la carga sociopolítica, denunciar más directamente el estado de corrupción en que vivimos a todos los niveles –y que los integrantes de La ópera de los tres centavos están padeciendo en carne propia–, quizá no decir Londres y ambientarlo en los barrios de La Merced, por ejemplo, ¿o hay menos contubernio entre nuestra policía y nuestros estafadores, líderes, acaparadores, intermediarios, etc.? Quizá un poco menos de preocupación coreográfica y mayor énfasis en el mensaje de cada uno de los grupos “pudientes”: la sociedad es responsable de los crímenes y vicios que engendra en todas sus capas. Pero estas son objeciones mínimas, pues la puesta en escena de esta obra de Brecht, a cargo de Martha Luna, es lo más sobresaliente dentro de la actividad teatral de estos días.
Y no podía ser menos cuando se conjunta buena parte de la crema y nata del medio artístico mexicano no comercial dando una muestra de lo que se puede hacer si lo que cuenta es el amor al arte, la solidaridad, y no el espíritu de capillitas. Miembros de todos los ámbitos y escuelas teatrales, CADAC, CUT, INBA, T.V., actores, músicos, asistentes, productores y realizadores coadyuvan al mayor lucimiento de una obra que trae detrás famosas escenificaciones y lo no menos conocida película.
En el pintoresco ambiente de las calles londinenses –atmósfera abigarrada que en unos trazos de escenografía y de luz (obras de Alejandro Luna) van a transmitir– se desarrolla la sátira musical del explotador y del explotado, del que nada tiene y del que tiene en demasía, del corrupto y del corruptor, entre bailes y canciones que parodian a una sociedad moralmente podrida en sus cimientos. Sobrio y elocuente, el vestuario (concebido por Fiona Alexander), a través del color y la forma, también va a transmitir las aspiraciones de bienestar de los personajes, pordioseros y burgueses. Cada cuadro es una sorpresa de presentación coreográfica (ideada por Guillermina Bravo) y de música (concertada por Luis Rivero, a cuya adaptación se deben los textos traducidos por Carmen Alardín, poeta de por sí), y de actuación entusiasta y creativa (Enrique Alonso, Marta Ofelia Galindo, Rosenda Monteros, Juan Felipe Preciado, Blanca Sánchez, Margarita Sanz y Gonzalo Vega, en los papeles principales) no opacado por algunas deficiencias de los actores como cantantes. La balada de Makie Navaja, la del Rufián, el Dúo de Celos, la canción de Jenny, la novia de los piratas y la de la Inutilidad del Esfuerzo Humano, son los cuadros más expresivos y logrados teatralmente. La dirección es precisa, sin desbordamientos, ágil, centrada en la necesidad de que no se pierda el texto en favor de los cantos y bailables. Y hay una manifiesta coherencia interna entre todos los elementos, una belleza plástica límpida, una actuación que no busca el vedetismo, una constante ocupación del espacio escénico que no violenta al espectador.
En suma, que la presentación de La ópera de los tres centavos es uno de esos raros acontecimientos en que el arte hace eco al momento histórico presente reflejando una situación de actualidad inmediata sin menoscabo de su valor estético: al efecto político, el efecto poético.








