A partir del golpe de estado de 1964, Brasil adoptó un proyecto de comercio exterior intenso, que en un principio tuvo resultados positivos, pero que ha dejado de tenerlos. Se propuso adquirir bienes de capital exterior, garantizar el abastecimiento interno de materias primas y de productos intermedios, la transferencia de tecnología y el ahorro externo.
En los años 50, hasta el golpe de estado, la política económica dominante daba preferencia a la sustitución de importaciones sobre la exportación, basada en la posición periférica latinoamericana en la división del trabajo mundial. América Latina producía y exportaba materias primas, e importaba productos manufacturados.
Los militares brasileños intensificaron la política de exportación, que promovieron a base de subsidios y ventajas fiscales. En diez años, las ventas aumentaron en un 500%. Pero vino la crisis de energéticos en 1973, a la que siguieron repetidos el déficit en la balanza comercial, y eso obligó a un replanteamiento más profundo.
El alto precio de la soya y del café hace posible esperar un equilibrio en la balanza comercial brasileña, este año. Pero Brasil sigue siendo vulnerable, por su situación de inestabilidad. La crisis del petróleo hizo pensar en la alternativa nuclear; pero, entre tanto, añadida a la crisis monetaria internacional, ha contribuido a aumentar la inflación interna y las importaciones, con el consecuente desequilibrio en la balanza comercial y en las transacciones ordinarias.
Brasil tiene una rígida política de importación. Un importador tiene obligación de depositar en cruceiros, con anticipación, el valor de la mercancía que quiere importar. El gobierno le devuelve el depósito, un año después, sin corrección monetaria. Pero la energía legislativa y administrativa no parece ser la solución adecuada, entre otras razones, porque las compañías estatales y multinacionales son las principales importadoras. De 15,000 empresas importadoras, en 1976, cuando Brasil importó un total de 8 mil 300 millones de dólares, 200 compañías respondieron por el 63%, 5,000 millones de dólares. No se cuentan el petróleo y el trigo.
La deuda externa de Brasil alcanza ya los 30,000 millones de dólares y cuenta apenas con unos 5,000 millones de reserva, más unos 500 millones de superávit en la balanza comercial, que este año espera obtener, gracias, sobre todo, al café y a la soya, cuyos precios excepcionales no se repetirán el año próximo. El panorama no es optimista. El esfuerzo que Brasil haga para aumentar sus exportaciones de productos manufacturados –como el café soluble–, será cuesta arriba. Tendrá que abrir mercados, cuando los mercados sistemáticamente se cierran y se protegen. Tendrá que crear tradición para productos que no la tienen.
El panorama de inseguridad económica tendrá repercusiones políticas. El gobierno militar empieza a perder el apoyo que una vez –y durante diez años– le dio la iniciativa privada. El poder económico empieza a retar al poder político militar, y a exigirle cambios radicales, para volver a beneficiarse con otras y más adecuadas formulaciones de planes y de metas en el terreno económico.








