Armando Labra
Desde su nacimiento he tenido el auténtico privilegio de contar con las páginas de Proceso para seguir ejerciendo, como hasta el 8 de julio de 1976 en Excélsior, el derecho de expresar una opinión independiente –irreverente dirán algunos– sobre los hechos económicos, sociales y políticos en México.
Las páginas de esta revista honesta y comprometida con la verdad a secas, nos han permitido diseminar tesis no tanto personales como de profesionales que convenimos en reconocer y analizar la esencia antipopular de nuestra organización social, y en la necesidad de configurar opciones democráticas, populares, independientes para el país y con ello evitar entre otros deficientes políticos y económicos, el mayor deterioro y miseria de los sectores mayoritarios.
Bien sabemos que nuestro sistema no ofrecerá solución plena a las demandas justificadas de los marginados de nuestro país. A pesar de esto, hemos buscado el acicate a toda área sensible de la economía para contribuir al esfuerzo común de evitar que los desajustes de la economía corroan el tejido social y político y nos aplanen el panorama hacia el rumbo de la represión y el fascismo.
Dejamos temporalmente esta colaboración porque habremos de asumir la responsabilidad de participar activamente dentro del gremio de los economistas y ello implica deslindar con pulcritud lo personal de lo colegiado, no porque haya diferencia esencial, sino por el prurito de no exponer la presencia de los economistas como profesión a juicios que sólo pudieran ser responsabilidad mía.
No es fácil suspender el empleo de esta tribuna, quizás la más franca y rigurosa en los medios informativos, toda vez que no existen opciones variadas para quienes desean expresar con honestidad intelectual y política su versión del país. No es fácil aunque sea por algún tiempo, asimilar la nostalgia de no estar, estando, en la trinchera cotidiana que Julio Scherer nos ha abierto a los mexicanos para confrontar la realidad nacional y que, sin duda, rebasa el ámbito de Proceso.
Hoy no queda ánimo sino para economizar la irreverencia y reconocer a los pocos lectores de esta columna y a los compañeros que hacen la revista, su invaluable resistencia.








