Comunicación y poder

Enrique Maza

La subasta de la comunicación instala un torbellino en los espíritus. La televisión, ahí dentro del rebaño trashumante, juega un papel significativo. Todo el asunto de la televisión y el futbol no puede quedar en el olvido.
Los hechos son breves. Los partidos de futbol correspondientes a la eliminatoria regional de que México forma parte, cuyo objeto era producir un equipo triunfador para el campeonato mundial de Argentina, fueron transmitidos por la televisión en forma peculiar. Transmisión simultánea y exclusiva, para una minoría abonada al sistema de Cablevisión. Transmisión diferida, para las mayorías, con el objeto de llenar el estadio de gente y el programa de anuncios comerciales. En una palabra, dinero. El mayor dinero posible del mayor número posible de fuentes, sin tomar en cuenta los derechos e intereses del pueblo receptor de ese servicio “público” que es la televisión monopolizada. Es decir, tocamos el meollo mismo de las relaciones entre comunicación y poder.
Una minoría se levanta con el monopolio de la comunicación. Algunos gritan contra ese golpe a los sueños de una sociedad libre, contra la contaminación mental. El estado de las conciencias no es mejor que la atmósfera de la ciudad. Nadie les hace caso. No hay un terreno común y objetivo donde puedan encontrarse el poder y la libertad, la tecnología y la democracia, el dinero y la moral. El pueblo ha quedado fuera –con todo lo que dice, con todo lo que hace, con todo lo que sueña– en la morgue de las competencias, en la incertidumbre de los dirigentes, en la ferocidad de los individualismos, en la indiferencia general, donde la inteligencia se ve forzada a engullir los tranquilizantes que le recetan.
Sólo unos pocos gritan –nunca son los incendiarios los que dan la alarma– entre el polo de la masa y el polo del poder. El poder que unos surgen y que otros utilizan. Y ahí está el pueblo, entre la formación educativa, esterilizada de todo compromiso, y la formación utilitaria, que quiere labrar ciudadanos gobernados de antemano, impartida precisamente por el poder y sus servidores, la maniobra que es dueña monopólica de toda la comunicación. Y la única respuesta que dan es que la acogida del público es favorable.
Nos dicen que la televisión comparte los beneficios de la instrucción entre todos los ciudadanos, que ofrece nuevos medios para percibir y conocer mejor al hombre, para universalizar la cultura, para influir y actuar sobre la sociedad, para llenar el ocio. Sólo nos queda creer en las ideas que conducen al mundo, y cerrar los ojos para no ver a dónde lo conducen. Sólo nos queda abandonar el gran pueblo –las orejas vacías y los ojos nublados– en manos de los mercaderes de la ilusión, para que la mentira política, la impudicia intelectual, la pretensión de cultura, se instalen impunemente en el desierto humano de la competencia.
Y decimos que estamos en una democracia. Pero no abandonamos nunca los escrúpulos –o lo intereses– que nos impiden asumir seriamente nuestra responsabilidad social. El problema de esta sociedad no es sólo redistribuir la riqueza, sino redistribuir el poder, la tareas, las funciones, los dominios y los monopolios. Una comunicación, una información, sin liberación intelectual es un esclavizamiento, y está esclavizada a su vez. El ciudadano, frente a la comunicación de esta sociedad, es impotente queda dividido, permanece incierto, sigue solo.
Es cierto, la televisión ha avanzado. ¿Pero hacia dónde? Ha avanzado como tecnología pero para acelerar la uniformización humana, según el prototipo único y opaco que tiende a crear y que propone, laminado en lo político y en lo moral, homogéneo en lo cultural, manipulado en lo económico, indeterminado en lo humano, arruinado en lo social. Si el objeto de la televisión es el hombre, debería ser una ciencia humana totalmente distinta y distintamente fundada.
Pero su objeto, ahora, es el hombre y el hombre colectivo, únicamente como depositario, como receptor, como masa, no como inspirador, como actor, como participante y como pueblo. Hoy sólo es una saturación de informaciones generalizadas que producen la indiferencia resignada del hombre sobrepasado o la dudosa pretensión del hombre vulgarizado. Por más que se intente, no es posible negar la vulgaridad y la vulgarización, cuyo resultado es el consumidor inerte y no el sujeto consciente. La pantalla chica prepara ya al consumidor, para que cumpla su destino. La máquina y sus siervos. Y los irresponsables –o los interesados y fieles a la máquina– que la alimentan de víctimas, para mejor servir a su designio, siempre arcaico y siempre nuevo, el poder y el dinero, en lo que el hombre se ocupa, cuando no se ocupa del hombre.
La televisión es la síntesis de la programación a que se nos destina, como seres sociales, en esta sociedad. “Nadie reina inocentemente”, había dicho Saint-Just. Pero, además, es la representación del palacio colosal, en el que el pueblo sólo ocupa la perrera, sin poder siquiera ocupar –ya no la alcoba– sino su propio espíritu, su propio cuerpo, su propia historia. Prisión del sueño colectivo, cuya única evasión es la luna inalcanzable de algunos superhombres; cuyo único cultivo es la desesperanza. Pero, sobre estos espacios sin gozo, sobre este destino que escapa, sobre este sentimiento de una inmensa manipulación, se perfila siempre, vigilante y alerta, la sombra omnipresente de las antenas de televisión.