Juan José Hinojosa
El doctor Pedro Zorrilla Martínez, gobernador de Nuevo León, es una manojo de contradicciones; de él pudiera afirmarse, en ropajes elegantes del lenguaje, que tiene personalidad conflictiva; en la llaneza de las definiciones populares pudiera describirse como el comprador de pleitos.
Vive como hombre rico; casa de lujo, barrio aristócrata, vecinos millonarios, modelo último del coche grande; adquiere para el gobierno del estado un jet ejecutivo destinado al uso personal de sus frecuentes viajes; viste bien. Y desde este espléndido escenario de “jet set” pronuncia virulentos discursos contra los ricos y se erige en defensor apostólico de los pobres.
Gobierna el estado de Nuevo León; en lección elemental, se supone que en el arte de gobernar se incluye la función esencial de la conciliación como plataforma indispensable para la eficacia, como punto de partida irrenunciable en la administración de la justicia. Y en la cresta de la demagogia echeverrista se erige en lleva y trae de los chismes para cultivar en enfrentamiento agresivo entre el poder central y los industriales de su estado.
Compra “el entero” para alcanzar en la lotería el “premio gordo” de gobernador sustituto en Tamaulipas y obtiene en reintegro la gubernatura constitucional de Nuevo León; el mosaico ciudadano lo recibe con simpatía; llega a un estado cuyo índices de alfabetismo, empleo, producción, impuestos, habitación, ahorro, laboriosidad, cultura, paz social, lo clasifican entre los mejores dentro de la convulsa geografía política del país. Y a falta de problemas reales, el doctor Zorrilla Martínez los inventa. Compra gratis los pleitos más costosos; o paga un alto precio por los pleitos sin valor. Así, busca pleito con periodistas, industriales, líderes, alcaldes, colaboradores, partidos de oposición, exgobernadores, precaristas, izquierda, derecha, amigos, enemigos; lanza en ristre contra el mosaico social.
Actúa marginalmente el PRI en el sector de los tecnócratas; aristócratas de las ideas que se llevan las porciones más grandes del botín; realiza una carrera fulgurante; promotor de la reforma administrativa, secretario general del gobierno en Tamaulipas, procurador de Justicia del Distrito Federal, gobernador de Nuevo León; tan larga militancia supone desarrollo de la sensibilidad política. Y en la noche cerrada del “tapadismo” se va con la finta del perdidoso.
Obtiene el doctorado en leyes en la Sorbona de París; goza su título; le gusta ser llamado y llamarse “doctor”; se supone que en universidad tan ilustre refinó sus conocimientos sobre teoría del estado, democracia, legitimación de origen y de ejercicios, límites del poder público, ejercicio de la autoridad. Y cuando todo este caudal de conocimientos alcanza la oportunidad de aplicación, el doctor Zorrilla Martínez, egresado de la Sorbona, resulta un torpe ladrón de votos, consuma en Nuevo León un fraude inmenso en perjuicio de la voluntad ciudadana, recurre a la ley de la selva, tortura los procedimientos en franco atropello a la ética y la moral, se exhibe como sucio tinterillo para sacar adelante su capricho. Así, César Santos, su ahijado político, obtiene la alcaldía de Monterrey.
Pero el doctor Zorrilla es hombre de contradicción, comprador de pleitos, hacedor de conflictos. Seis meses después se pelea con su ahijado, lo persigue, lo humilla, le retira el favor, el dinero y la amistad; pone en juego la mezquindad del recurso para la aniquilación política.
Y la ciudad, Monterrey, paga en carencias, en ausencia de servicios, en escándalos de vecindad, el precio del pleito que el gobernador compró. Se supone, además, que en universidad tan ilustre, el doctor aprendió las relaciones entre gobernante y gobernados para sustentar el equilibrio y acrecentar el prestigio del poder. Pero resulta que en el último pleito, uno más en la cadena interminable de los adquiridos por este comprador insaciable, Zorrilla sustenta la tesis de que los industriales tienen la obligación de invertir, crear empleos, pagar impuestos, aceptar riesgos, pero no tienen derecho a protestar contra el abuso de autoridad ni exigir el cumplimiento de la ley, ni a gestionar el equilibrio entre los desbordamientos del poder y los derechos del ciudadano. Y este egresado de la Sorbona nutre su tesis en el primitivismo de la marginación para los ricos y la promesa para los pobres.
Sólo en la frivolidad amarillista de la noticia, o en la información intencionadamente tripulada se puede hablar de conspiraciones para obtener el poder; en rigurosa perspectiva de objetividad puede afirmarse que el problema de hoy en Nuevo León, eslabón adicionado a cadena interminable, es consecuencia de un gobernador inepto, caprichoso, conflictivo, antidemocrático, aldeano, que desconoce los límites del poder, que despilfarra en infiernitos de soberbia y en pirotecnias de vanidad la riqueza ciudadana e un pueblo trabajador y laborioso.








