Señor director:
Le agradecería publicar esta carta, en su sección Palabra de Lector, respecto al artículo de Javier Sicilia titulado El amor abstracto del presidente, que se publicó en Proceso 1819.
La referencia al “amor abstracto”, algo peor que el odio, nos lleva a preguntarnos qué es el amor –un concepto amordazado en una palabra vacía– y cómo lo debemos entender.
Yo creo que si le preguntáramos a Javier, él no dudaría en citar al apóstol Juan:
“Dios es Amor, y quien permanece en el Amor permanece en Dios y Dios en él.”
La parábola del Buen Samaritano ilustra perfectamente bien la concreción del amor en la caridad a través de la solidaridad con nuestro prójimo más cercano.
La Caravana por la Paz y la Reconciliación es precisamente un ejercicio de amor y caridad genuinos; yo la llamaría la Caravana del Buen Samaritano.
Si Javier nos dice que el presidente –y yo diría que el grupúsculo que detenta el poder político, económico y religioso en México– viene del “amor abstracto”, en cuyo nombre se han “cometido atrocidades inmensas”, este no es, evidentemente, ni el Dios ni el Amor al que se refiere el apóstol Juan. Aquí tenemos un problemita.
El “amor abstracto” se nos ofrece por diversos medios y actores, en discursos vacíos, fijos, incomunicados, descontextualizados y ajenos a la cotidianeidad que, como dice L. Duch, “… posee(n) la nefasta habilidad de conferir la muerte a todo y a todo el que entra en contacto con él (ellos)”.
Discursos anquilosados que pierden su relación crítica con un mutable y dinámico contexto.
El discurso sobre la guerra contra el narcotráfico olvida que la primera regla es que las reglas pueden cambiar.
Se cree que el discurso y la realidad se colapsan en una sola unidad, cuando corren por vías divergentes, ajenas e inconexas, perdiendo de vista el carácter complejo y sistémico de este grave problema nacional, como si se tratara de un problema de “buenos y malos” que la publicidad nos quiere hacer ver.
El vacío de la palabra, una gramática de la violencia como única opción al problema del narcotráfico, el uso de símbolos –con fines de dominación ante la ausencia del contenido del discurso–, son el preámbulo de un Estado totalitario en el que se obtura nuestra individualidad y capacidad de discernimiento, en aras de un cáncer que atenta contra nuestra identidad y sobrevivencia como mexicanos libres. Tenemos un gran problema.
Yo propongo que todos aquellos que enarbolen la lucha armada como “la solución monotemática” al problema del narcotráfico, se enlisten, enlisten a sus hijos en el Ejército y se vayan a combatir al narco.
De esa manera serían congruentes con lo que hacen, piensan y dicen. Este no es un problema, porque en la historia de la humanidad nunca ha ocurrido ni ocurrirá semejante ingenuidad.
Lo que en realidad ocurre, como dice Nietzsche, es que “usamos”al Ejército para privilegiar la ambición de las clases superiores, con la fuerza de las inferiores.
Esta es una formidable expresión del mal que se quiere vestir de bien para que creamos en él.
Atentamente
Santiago Cardoso Villegas
San Luis Potosí, S.L.P.








