Don Salvador Hernández González alternó durante 35 años sus trabajos como monosabio en la Monumental Nuevo Progreso y como proceptor en el Semefo tapatío. En el primero, donde apenas ganaba 300 pesos por corrida, vio a la muerte un par de veces; mientras que en el segundo lidió con ella infinidad de ocasiones y conoció de cerca sus causas. Hasta que el domingo 11 un astado le clavó uno de los pitones y lo arrastró 50 metros. El monosabio y proceptor apenas sobrevivió 36 horas. Hoy, el coso está de luto y comienzan a surgir los problemas en torno al fatídico redondel taurino.
Estuvo durante 35 años como monosabio en el callejón del ruedo de la Monumental Nuevo Progreso y nunca se jugó la vida; acaso algunas tardes de arena, sol y pasos dobles vio el peligro inminente en esa disputa sanguinaria y festiva a la vez del hombre y el toro. Pero en la corrida del domingo 11 un toro saltó al callejón y le clavó uno de los pitones y lo arrastró cerca de 50 metros. Don Salvador Hernández González murió a causa de las heridas la madrugada del martes 13.
Muerte trágica la del monosabio de 65 años, quien alternó sus actividades en los ruedos con su trabajo como proceptor en el Servicio Médico Forense (Semefo) donde, sin palidecer, durante tres décadas y media jineteó a diario a la muerte y en múltiples entrañas cadavéricas supo adivinar sus causas.
En su larga trayectoria de monosabio don Salvador vio dos veces a la muerte en el redondel: la de Alberto Bricio en junio de 1993 en las astas de El Fistol, fiero animal de la ganadería de los hermanos Iturbide; años después presenció la de Carlos Vargas, un torero aficionado que murió desnucado luego de que un astado lo elevó por los aires y lo dejó caer.
Después vino la suya, cuando el trágico S-11 –Chile 1973, Nueva York 2001– Norteño, el tercer novillo de la tarde procedente de la ganadería El Vergel, voló las tablas, prendió al monosabio con el pitón izquierdo desde el esternón hasta los pulmones y lo arrastró 50 metros. Apenas sobrevivió 36 horas. Murió a las 5 de la mañana del martes 13 en el hospital San Javier.
Don Salvador no alcanzó a abrir la puerta que le correspondía para que saliera el animal que había saltado las trancas y regresara al ruedo. Tal era su pasión por la fiesta brava que nunca quiso irse, aun cuando su salario era de sólo 300 pesos. La empresa taurina, propiedad de la familia Bailleres, se hizo cargo de los gastos hospitalarios.
De acuerdo con la revista Forbes, Alberto Bailleres González es el segundo hombre más rico de México. Sus propiedades son –además de la mayoría de las plazas de toros del país, con excepción de la Plaza México–, El Palacio de Hierro y los grupos Profuturo, Nacional Provincial y la minera Peñoles.
El medio de sustento real de Don Chava, como se le conocía en el medio, era su trabajo en el Semefo tapatío, donde se desempeñaba como perito B con un salario mensual que rondaba los 11 mil 500 pesos, de acuerdo con la página de transparencia del Instituto Jalisciense de Ciencias Forenses.
A poner orden en el coso
Los monosabios de la Monumental Plaza de Toros Nuevo Progreso recuerdan a su par como una persona amable y dedicada a la fiesta brava. Julio Acero, jefe de los servicios internos de la plaza y líder de los monosabios, declaró: “Todo el cuerpo de monosabios (ahora quedan 39) nos sentimos consternados por esa muerte (de Don Chava), pero ese es el riesgo que se vive en una plaza de toros”.
El miércoles 14, luego de velar el cuerpo de Don Chava, sus familiares lo despidieron con una misa de cuerpo presente en la iglesia de Santa Cecilia, al oriente de la ciudad, y le rindieron homenajes en la Plaza El Nuevo Progreso y en el Instituto de Ciencias Forenses.
Entrevistado sobre la muerte del veterano monosabio, Javier Sierra (el juez de plaza 2000-1010), comenta que pudo haber más muertes pues en el callejón del coso suelen apostarse decenas de personas que nada tienen que hacer ahí; la mayoría son invitados o colados. Dice que ni el ayuntamiento ni los empresarios taurinos han hecho nada para retirar a esas personas.
En las corridas de postín, llega a haber en el callejón entre 150 y 160 personas porque, comenta, los toreros de renombre no sólo traen a su cuadrilla, sino también a sus invitados, cuando hay 15 burladeros para 60 personas.
Por eso es común ver arremolinados en el callejón del coso a monosabios, maleteros, banderilleros, ayudantes, fotógrafos y cronistas de radio y televisión, así como colados, dice el entrevistado.
Y aclara: “En el callejón sólo deben estar los 40 monosabios de la plaza, las cuadrillas, los fotógrafos y camarógrafos. Pero no, casi siempre hay matadores y personas que se cuelan… Pero el juez lo permite”.
Sierra adelanta que en la novillada de este domingo 18 el callejón va a estar solo a causa del fallecimiento de Don Chava. Pero advierte: “Deje que empiece la temporada en octubre y volverá a suceder lo mismo. El callejón estará lleno otra vez. Por eso urge que se modifique el reglamento taurino para poner orden y evitar tragedias mayores”.
El director operativo del coso, Alfredo Sahagún Michel, admite que hay deficiencias en el callejón del ruedo. Si es necesario, se tomarán medidas para evitar el sobrecupo.
Luto en la fiesta brava
La muerte de Don Chava conmovió a la afición taurina tapatía. Tras la cornada mortal, El Occidental recogió las opiniones de sus compañeros, entre ellos la de Julio Acero, jefe de los servicios internos del coso Nuevo Progreso: “Que (la tragedia de nuestro amigo Salvador) sirva de ejemplo para que la afición no tome a los monosabios como un cero a la izquierda”.
Víctor González Camarena, jefe del cuerpo médico de la plaza comentó que “es la peor cornada que he visto y que se ha vivido en Guadalajara (en los últimos 18 años) y tal vez en México; fue de mucha gravedad”.
Tras el sepelio de Don Chava, su hijo mayor, Francisco Hernández Meza, también aficionado a la fiesta brava, declaró: “No hubiera querido una muerte así para mi papá. Nos pesó no poder despedirnos de él, pues nunca recuperó el conocimiento después de la cornada. Nos sentimos muy orgullosos de él por hacer lo que le gustaba: trabajar para la fiesta de los toros. Su trabajo como monosabio lo hacía muy feliz”.








