“Miss Bala”

El día de Laura (Stephanie Sigman) empieza bien cuando se inscribe en el concurso de belleza Miss Baja California, pero termina mal en medio de una balacera entre narcos y policías en una discoteca. Peor aún, cuando Lino (Noé Hernandez), capo supremo del cártel, fija la mirada del Drácula de Coppola en ella; ser objeto de deseo del vampiro no sólo implica sujeción sexual, sino una forma de esclavitud que la convierte en mula de transporte de armas en la frontera y señuelo para asesinar generales del Ejército.

En Miss Bala (México, 2011), Gerardo Naranjo (Drama/Mex) desarrolla una magnífica coreográfica del funcionamiento del narco y sus quereres con la policía y el Ejército; balaceras, estallidos, matanzas y persecuciones se despliegan con realismo sin que se advierta el menor intento de seducir al público con la acción, siempre resentida ésta desde el punto de vista de la aterrada chica. Inspirado en el caso de la Miss Sinaloa Laura Zúñiga, detenida en 2008, el guión del Naranjo y Mauricio Katz opta por presentar a la joven como mero vehículo de las fuerzas que la arrebatan de su vida cotidiana; el cuerpo de Laura y el alma que se asoma por los ojos se convierten en escenario de la carnicera lucha, apenas queda espacio para el estupor ante los alcances de la corrupción y la impunidad del crimen.

Laura es la nueva K del Proceso (inmortal Kafka) atrapada en el laberinto del absurdo; si no se capta el efecto sobre la víctima del poder de una organización que funciona como destino inexorable, el personaje de Laura parecería poco desarrollado. El talento de la actriz supo representar el caso de un juguete del destino de manera verosímil; Stephanie Sigman se permite perder garbo y sensualidad en el transcurso del suplicio en que se convierte el concurso de belleza manipulado por los narcos; el resultado la hace más atractiva. Pareciera también que la exigencia de representar el efecto colectivo y mediático de la maquinaria mafiosa impide profundizar en temas que apenas se sugieren. Tal ocurre con el llamado Síndrome de Estocolmo, a punto de atrapar a Laura ante la suavidad del trato del capo, o la tentación de poder que seduciría a la típica novia del gánster.

Magnífico hallazgo es la construcción del personaje de Lino, la mirada abismal que proyecta Noé Hernandez sobre su presa condensa toda una revelación del horror. Lino no es el matón déspota y sádico, tampoco es el rebuscado mafioso que se contiene para reventar de furia cuando se le contradice, simplemente es un diablo consciente de su poder que sabe que nada puede escapársele; en ese sentido, Gerardo Naranjo desarticula el estereotipo del villano.

El tratamiento del concurso de belleza sería otro de los momentos de Miss Bala donde se desmonta el glamour y se crea otra plataforma de significación. La farsa que consiste en nombrar como ganadora a la elegida del narco no permite risa porque el director nunca toma distancia del tormento y de la humillación que  representa para Laura; habría que carcajearse de la corona que se le cae de la cabeza en el clímax del triunfo, si no fuera porque pesa como el sambenito de un condenado.