“Zen”

El espíritu de la acción y el estatismo, el silencio y la palabra, lo lleno y lo vacío, nos impregna de un especial estado anímico en la obra de teatro Zen que se presenta en el Foro de la Compañía Cartaphilus Teatro, Tenis 88.

A partir del movimiento, el grupo de teatro crea y maneja su energía. El director Luis Ibar y su compañía, que dirige junto con Alma Bernal, parten del entrenamiento físico y la capacidad del cuerpo para expresar emociones. Las palabras lo atraviesan y se integran en un discurso visual y musical. El trabajo actoral es preciso y en armonía con el resto de los elementos.

La filosofía Zen es la base de la puesta en escena y utilizan el movimiento corporal para desarrollarla. Sus conceptos tienen que ver con la naturalidad, la sinceridad, el obstáculo del ego para “estar” y el deseo de recobrar la visión positiva ante la vida.  El tai chi chuan, concentrador y manipulador de la energía o el movimiento ritual de las manos como medio de expresión, nos van llevando a través de este cosmos más allá del pensamiento.

Aciertan en la forma de trabajo donde la narrativa no es anecdótica sino situacional, o como fotografías en movimiento. Pero la simplicidad de esta filosofía a veces se confunde con lo básico de la propuesta en su sentido estructural y de contenidos.  El exceso de los números coreográficos –muy bien diseñados por Alma Bernal–, tal vez influyan en eso, y también la estructura dramatúrgica basada en bloques que vuelve un tanto rígido el desarrollo. En un bloque muy largo, por ejemplo, conjuntaron las historias dolorosas de cada uno de los siete actores; aunque sorprendía su espontaneidad y su capacidad para transmitir su emoción. En otro bloque, la expresividad de un rostro oculto tras una gasa; era interesante el misterio que encerraban aquellos gestos apenas insinuados.  Y otro bloque más para manifestar, alegría, salto y baile. La selección musical, tan importante en esta obra, fue de lo menos afortunado por estar llena de lugares comunes,  predominantemente en inglés y muy comercial.

En la obra de teatro Zen se visualiza el principio de la contemplación desde diferentes ángulos. Los actores/personajes interrogan o se dirigen directamente al público. Se convierten en observadores de los que realizan algún número, manteniendo una actitud activa, en paz y volcada en el otro.  El director propone al conejo como el observador mayor y aprovecha el espacio escénico lateral, que forma y no forma parte de la escena, para que ahí esté el otro, mirando, testificando, identificándose con el espectador que también observa. Es ese otro espacio desde donde hay que saltar para atravesar el espejo y seguir a Alicia, interpretada con belleza por Carmen Baqué, para arribar a ese mundo más allá de nuestra realidad tangible.

El escenario principal está rodeado de una pintura en blanco y negro a la manera oriental, diseñada por el artista plástico Héctor Falcón. El foro es pequeño y la cercanía con el espectador brutal. Marcada aún más con esos ojos fijos clavados en cada uno de nosotros. Los actores se relacionan con el público directamente o crean una cuarta pared para concentrarse en su universo.

De los números que más nos maravilló fue el baile con abanicos de Mariana Boido  estremeciéndonos en silencio, la ceremonia del té en aquel fantástico paisaje otoñal o el estático final de aquellos todos convertidos en conejos detrás de una Alicia dormida, de regreso del espejo. Las siete  máscaras de conejo fueron diseñadas con ingenio por el también artista plástico  Fabián Garcilita.

La Compañía Cartaphilus Teatro es independiente y con más de quince años de historia que, junto con su escuela de actuación, incursiona por caminos teatrales contemporáneos y propositivos. Su espectáculo Zen de reciente estreno, es una propuesta arriesgada con  recursos surrealistas y momentos mágicos que nos llenan de alegría.