La impaciencia de Nájera

En las inmediaciones del serrano municipio de Jilotlán de los Dolores, el 28 de octubre de 2010 fue emboscado un comando policiaco jalisciense. El saldo de la emboscada, que tuvo lugar sobre la brecha que conduce de la presa Chilatán al municipio de Tepalcatepec del vecino estado de Michoacán, fue de nueve  muertos y se habló de un desaparecido, Marcos Díaz Ponce, de 39 años, quien ingresó a la corporación en 2003. El ataque fue atribuido al grupo de La Familia Michoacana. Al igual que sus compañeros ultimados, él estaba comisionado a la policía rural. La versión fue que se tiró al río. Nadie daba señas de su paradero.

El pasado 23 de julio, unos habitantes de Tepalcatepec descubrieron el cuerpo del policía desaparecido a orillas del canal que conduce agua a la presa. Aún portaba girones de su uniforme. La fiscalía michoacana solicitó el examen de ADN a los familiares directos de Díaz Ponce para corroborar si se trataba de él. Los análisis corroboraron el parentesco. Los restos del uniformado fueron entregados a las autoridades y éstas los hicieron llegar a los familiares para que los inhumaran.

El 27 de agosto pasado, la Secretaría de Seguridad Pública estatal organizó un homenaje luctuoso a Díaz Ponce. El titular de la dependencia, Luis Carlos Nájera Gutiérrez de Velasco, pronunció el epitafio, que resultó un fervorín enjundioso y hasta irritado. Primero dijo que aquí, en Jalisco, no pasa lo que en otros estados que bajan las manos, pretextando que se trata de asuntos federales. “Aquí –expuso– se combate a todos los delincuentes, a costa del trabajo, la sangre e incluso la vida de elementos policiales. No debemos esperar a que alguien más nos cuide la casa. Tenemos el suficiente coraje y corazón para salir a proteger a Jalisco. Y lo hemos demostrado”.

Dijo más cosas, en el tono agrio que ya ha utilizado en ocasiones anteriores. Hasta la voz se le descompuso cuando criticó, sin dar nombres, a personas de dentro y de fuera del instituto policíaco, que –aseguró– han buscado manchar la imagen de la institución con dudas tendenciosas. El funcionario sostuvo que el cuerpo de Marcos Díaz, inerte ante ellos, era un claro desmentido para los que habían propalado el rumor o la calumnia de que éste había puesto a sus compañeros en la emboscada.

Aquí está Marcos; aquí está Marcos”, repitió con voz ronca y enardecida, para protegerse de la balacera, añadió Nájera, se tiró al río. Pero no escapó a la muerte. Murió cumpliendo su deber. Quiero ver a los que hablaron de él; a quienes dijeron que se había vendido, entregando a sus compañeros; que lo sostengan ahora…”

No es la primera vez que Nájera pierde la compostura en sus intervenciones públicas. Precisamente en las exequias del homenaje póstumo de las víctimas de la emboscada del 28 de octubre de 2010, también arremetió contra los reporteros. “A veces me pregunto: ¿qué quieren? –dijo–: ¿por qué escriben eso?; ¿quieren asustar?; ¿quieren obligar al gobierno a que pacte? Ante la pregunta de Adriana Luna, corresponsal de Excélsior, quien quiso saber si era cierta la versión de que el comando le cuidaba las espaldas a gente de Joaquín El Chapo Guzmán, Nájera montó en cólera:

–¿Versiones? ¿Versiones de quién? ¿De los delincuentes?… ¿Por qué darle voz a los delincuentes. Esa pregunta no se vale, no es para limpiar el nombre (de los caídos). Es para mancharlos más; trae jiribilla. Esa pregunta viene dirigida de los delincuentes (Proceso Jalisco 313).

La madeja de hechos sería parte de mero anecdotario inocuo, si no involucrara la muerte de tantos hermanos nuestros, anden en un bando o en otro. Lo peor que podemos hacer en este momento, al tocar temas tan dolorosos, es adoptar la actitud maniquea de satanizar a alguno de los grupos enfrentados. No es que vaya en gustos. Ambos bloques de caídos aportan sangre nacional. Si ya no quieren darse por enterados de que se trata de seres humanos, que entiendan que son hermanos nuestros, connacionales. Equivocados o atinados, pero pierden la vida, que es bien que no retoña.

Ese solo hecho tendría que hacernos reflexionar con más hondura de la que muestran los señores del poder cuando abren la boca. No abonan a la tranquilidad colectiva sus bravuconerías, sus recriminaciones; menos aún sus explosiones de iracundia. Lo que se impone por ahora son la reflexión y la calma para lograr atemperar los ánimos recientes, que andan tan alterados.

Habrá quien justifique que Nájera pierda los estribos cuando ve caer a diestra y siniestra los cuerpos sin vida de sus colaboradores; nos dirá incluso que es comprensible que se altere. Pero a eso hay que retobar que no le obliga ningún protocolo a ser por fuerza él quien tome el micrófono para interpelar colegas o subordinados. Semejantes gritos altaneros no tocan fibra de lealtad alguna a estos sufridos y expuestos guardianes del orden.

A los ciudadanos de a pie tampoco nos traen mensajes de paz y de concordia tales estridencias. Andamos buscando recuperar la argamasa perdida que nos vuelva a juntar a todos, sin distingos. Estupefactos, miramos a todos lados, escudriñando los espejos vivientes que nos rodean, para volver a reconocernos. No sirve de mucho mostrar el rostro iracundo y descompuesto. A este precipicio nos orilló la corrupción tolerada de tantos años anteriores. A esta pesadilla nos trajo la larga noche del PRI, reforzada con las tinieblas del PAN prevaricador. Pero no tiene sentido, por lo pronto, elevar quejas, aumentar los trenos de nuestros lamentos. Se impone un remedio urgente.

Tras cinco años de guerra fortuita, de violencia incontrolada, de matanzas absurdas, revirar con más arrebatos y explosiones de rencor sólo ahonda las heridas. Estamos exasperados. A todos nos duele y compulsa la muerte de los seres queridos que caen a nuestra vera. Tenemos que frenar ya la masacre. Tenemos que llenarnos de fortaleza para retornar a la confianza y a la vida apacible que nos caracterizó antaño.

Tenemos que abrazar el reto del perdón que reconstruya la custodia de la vida colectiva, como derecho inalienable para cada uno de nuestros compatriotas; tenemos que cortar de tajo con la estulta visión de la guerra, que los hombres del poder mantienen como doctrina de Estado y que nos inocula por todos los poros.

Demasiados atropellos, suficientes injurias, hartas y variadas las formas de odio arrojadas al rostro. Son grandes los pueblos que logran superar su ira intransigente. Son generosos los que construyen puentes levadizos para aislar la protervia, la incuria, la perversión y la contumacia desenfrenadas. Es el reto presente. No será dándole vuelo a la iracundia como hallaremos la salida del túnel. Sólo con la generosa participación colectiva podremos sujetar de nuevo a este monstruo desatado, que corroe nuestras entrañas.